Llegábamos
a casa. Eran las cinco y media de la tarde y no se llegaba a los 18 grados de
temperatura, que, para una ciudad como ésta parecía casi un milagro.
A María
la encontramos regando el jardín; había cortado algunas rosas que descansaban
mustias a sus pies. Al vernos llegar soltó la manguera de agua que al volverse
la mojó enterita.
Entramos
todos los paquetes, pero María después de secarse un poco se quedó conmigo
ordenándolos. Observé que tenía signos de tristeza en su rostro.
-No soy
capaz de olvidar, comenzó a decirme con la voz entrecortada. Las consecuencias
que tienen algunas conversaciones sobre mí permanecen cada día que pasa. Por
mucho que ocupo mi memoria en mil cosas, saltan como teniendo un resorte que las
empuja para ocupar el mismo lugar de antes.
Según Séneca, me decía, algunos malgastan la vida, pues no piensan en las cosas pasadas. Otros, los sabios, que viven las cosas que ya han pasado, las que están muertas, que reposan en el lugar donde se guarda el tesoro y el arca de la verdad; para otros, es un libro donde el hombre guarda los recuerdos para que no los mate el olvido.
En mi caso, prometo, quisiera sólo guardar las cosas de y para Dios; no otras que permanecen en este libro mío que voy escribiendo día tras día y que, algunas, no son las que hubiese querido vivir. En él vive todo; y no es, precisamente, el libro perfecto que los ángeles leerán porque el mismo Dios querrá que todos sepan. Vive todo: lo bueno y lo menos bueno; y, cuando miro atrás, no veo en él la imagen viva de Dios que debiera representar. Bien es verdad que en Dios todas las cosas viven. Gracias a Él hay un pensamiento que me hace estar bien y es, que, si en mí fuesen olvidadas muchas, sería muy contraria a Dios y eso ni lo quiero, ni lo deseo. Leí, no sé dónde, que el estómago enfermo no retiene alimento ni manjar alguno; que poca vida espiritual tendríamos si en el estómago de nuestra memoria no retuviésemos el manjar de la verdadera doctrina divina. Eso me tranquiliza y me lleva a San Pablo que vive sólo para Cristo; apartando y dejando a un lado la vida profana y mundana que tuvo para volver de nuevo a lograr la virtud y el merecimiento delante de Dios. Eso me hace renacer.
Según Séneca, me decía, algunos malgastan la vida, pues no piensan en las cosas pasadas. Otros, los sabios, que viven las cosas que ya han pasado, las que están muertas, que reposan en el lugar donde se guarda el tesoro y el arca de la verdad; para otros, es un libro donde el hombre guarda los recuerdos para que no los mate el olvido.
En mi caso, prometo, quisiera sólo guardar las cosas de y para Dios; no otras que permanecen en este libro mío que voy escribiendo día tras día y que, algunas, no son las que hubiese querido vivir. En él vive todo; y no es, precisamente, el libro perfecto que los ángeles leerán porque el mismo Dios querrá que todos sepan. Vive todo: lo bueno y lo menos bueno; y, cuando miro atrás, no veo en él la imagen viva de Dios que debiera representar. Bien es verdad que en Dios todas las cosas viven. Gracias a Él hay un pensamiento que me hace estar bien y es, que, si en mí fuesen olvidadas muchas, sería muy contraria a Dios y eso ni lo quiero, ni lo deseo. Leí, no sé dónde, que el estómago enfermo no retiene alimento ni manjar alguno; que poca vida espiritual tendríamos si en el estómago de nuestra memoria no retuviésemos el manjar de la verdadera doctrina divina. Eso me tranquiliza y me lleva a San Pablo que vive sólo para Cristo; apartando y dejando a un lado la vida profana y mundana que tuvo para volver de nuevo a lograr la virtud y el merecimiento delante de Dios. Eso me hace renacer.
-Razón
sobrada tienes, para que tengas memoria y recuerdes todo lo que Él ha hecho y hace
por ti y por mí en cada segundo de nuestra vida. Quiso elegirnos para sí, por
su sola gracia y no porque le sirvamos mejor o peor.
Eso sí
que no debemos olvidar nunca.
+Capuchino
de Silos
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