No era fácil para mí aceptar lo ocurrido,
le dije. Me pasé mucho tiempo meditando y llorando después de aquello. El escarmiento
me embargaba. Ya eran muchos.
He pasado, como tú, me decía, por
momentos muy difíciles en mi vida y no termino de aprender por lo boniata que
soy. Siempre me han dado “el palo” en el mismo sitio, y, lo peor es, que me lo
siguen dando. Ya, lo único que hago es leer buenos libros y, que sean ellos los
que me lleven a la meta para llegar sana y salva.
Te decía ayer que había que ser buen
discípulo y saber escoger un buen maestro; pues bien. La llave de oro, la mejor
de todas las llaves que existen, es encontrar un buen maestro que nos ayude a
conocer y llegar a nuestro Destino. Un buen maestro, no hay duda alguna, que
saca buenos alumnos; ellos mismos fueron, en su día, buenos discípulos. Saben
cómo han de sembrar la simiente en el corazón de uno para que brote y cómo han
de orar a Él con pureza de alma. Si el crecimiento de esa semilla no es bueno, difícilmente
será bueno su desarrollo y todos los demás fines sin este, serían de muy poca
utilidad. Si el espíritu de la piedad tiene una buena base es que el que
instruye sabe sembrar para que de buenos frutos la planta. De ellos depende
todo el bien que podamos recibir. La cosa en que más se puede desacertar o atinar
es esta. No hay otra. Mal hace el que mal erra, que es lo que te ocurrió el
otro día. El hombre no sabe cuál es lo mejor o peor y va dañando en lugar de ir
enseñando virtudes. El pobre se fue formando sobre arena en lugar de cimentar
su casa sobre roca que hace que ésta sea ninguna cosa buena y en lugar de
adoctrinar daña el negocio propio y el ajeno. Digno de lástima es.
Recemos por él y su congregación.
¡Qué diría Santa Teresa!
+Capuchino de Silos
