Como me había dicho el
día anterior, a mí también me marcó y mucho; tampoco se lo había comentado, pero no se le pasó por alto.
Si te soy sincera, le
dije, preferiría que hablásemos de lo que acabamos de leer que parece muy interesante.
Prosiguió hablando con
sus ojos vuelto hacia sí.
Dejando a un lado a los
malos hombres que su tarea y oficio es frecuentar e inventar nuevos pecados
para ofender a Dios, hay otros, que resisten a sus trabajos y molestias como expiación
y penitencia por los muchos pecados del mundo; así, muchos, se educan en
exclusividad para formarse en el recogimiento apartándose de los hombres y de tanto pecado. Ellos están muy cerca de los ángeles y viven sólo para
Dios.
Fue lo que más me
atrajo del colegio, prosiguió. Ver en esas monjitas un celo especial y grande para estar con el Señor día y noche; con tanta quietud de ánimo y tranquilidad
que supuse que tocaban la felicidad con solo entrar en la capilla y correr
alegres con sus tocas al vuelo por aquellos corredores del colegio o cuando jugábamos con ellas en el recreo. Era una auténtica alegría verlas y saberlas felices. Tenían lo
mejor que se puede esperar de este mundo. No había nada mejor. Eso era
indudable, y yo, lo quería para mí.
Él no se hizo hombre por
sí, continuaba diciéndome; se hizo hombre por todos nosotros; razón más que
suficiente para enclaustrarte y darle lo mejor de ti. Era como un monte muy
alto que había que subir, de muy alta perfección, que se les mostraba para que
tomasen ejemplo y provocar en ellas el poder seguirLo, frecuentar el
recogimiento y ensayarlas en su uso.
Era una vida escondida
y el secreto escondimiento, se lo enseñaba todo un Maestro.
¡Cuánto se le quiere!
+Capuchino de Silos
.








