
Hoy no quiero guardar
un rato para el Señor por obligación, por ser domingo. Hoy deseo estar con Él, quiero
quedarme con Él, orar con Él. Mirarle, amarle en esa soledad donde siempre nos
espera, me decía mientras íbamos a comprar unas patatas fritas para el
aperitivo camino de casa. Quisiera vivir, continuaba, en auténtico recogimiento
espiritual como si viviese un día sólo para Él. Meditar, meditar, meditar con verdadero
recogimiento de la mañana a la noche, cómo hacía Él. ¿No era su costumbre alejarse,
retirarse y orar al Padre celestial?
Aparentaba debilidad
al decirlo. Yo sabía que era imposible con todo el trajín que tenía en su casa,
precisamente ese día. Sintiéndome valiente y animada le pregunté: ¿te hubiese
gustado ser monja?
Somos amigas desde muy
pequeñitas. Nos conocemos perfectamente. Sabemos muchísimos la una de la otra.
Nos hemos contado nuestra vida en activa, pasiva y perifrástica, pero por
prudencia y discreción nunca le hice esa pregunta tan directa.
Tardó tiempo en
contestar. Respiró hondo y luego pausadamente empezó a decir:
Cuando estábamos en el
colegio, al prepararnos para hacer la Primera Comunión sentí muchísimos deseos
de serlo y después, cuando nuestras comuniones fueron más frecuentes muchísimo
más. Se me quedó el alma allí, en la preciosa y devota capilla del colegio. Muchas
veces lo he pensado a lo largo de mi vida. Aquel día tan inmensamente especial
para las dos y tan importante, sentí un deseo enorme de quedarme en aquel lugar para siempre.
Creo que aquel día reconocí algo mucho más bello que nuestro precioso traje
blanco y nuestra pureza de alma.
Reconocí a nuestro Dios y Señor.
A ti, pienso, que también te
marcó.
+Capuchino de Silos
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