Quisimos salir muy temprano porque la temperatura solía ser más
que agradable. Así en las primeras luces de la mañana no nos sofocaríamos a las
horas de calor. Ya los árboles a esas tempranas horas parecían pintados y las
hojas más pequeñas parecían escaparse como hacen los niños cuando juegan.
Todo era perfecto. Un bellísimo cuadro lleno de misterio. La
mañana brillante, el cielo, los árboles, el silencio, la quietud; todo, hasta
el rumbo que tomábamos. ¿Alguien podía saber lo que iba a suceder ese día? Era un
auténtico misterio lleno de sorpresas por resolver.
En esa navegación de nuestra vida, comenzó a decir..., las velas
serán nuestros deseos que deben ser muy puros y muy limpios, porque…sólo los
limpios de corazón verían a Dios, y con ese deseo llegar a nuestro puerto
final. El mástil de nuestro navío el amor divino, tan fuerte como un árbol de
cedro incorruptible, hermosísimo y perfecto. A ese mástil se le atan las
cuerdas de la amistad y la concordia. No perder de vista la manecilla de la brújula que es la fe por
la que se maneja el timón que manda y gobierna nuestro navío. La
cuerda que lo tantea es la prudencia que nos asegura el bienestar del viaje para
que sea sereno, reposado, tranquilo.
Sin embargo…, llegando a éste punto, hizo una pausa, se quedó muy
seria y dijo: pero no habrá lugar para los miedosos.
Temblé cuando terminó la frase.
No, no temas, dijo de repente en tono alegre. Nos dice que,
en toda ocasión, estará en medio de nosotros. Ahora hablaba muy convencida: nos advierte, que, si el hombre es asustadizo, apocado y de poco corazón…,
que vuelva a su casa.
+Capuchino de Silos
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