
Venía
hacia mí casi corriendo y nada más sentarse a mi lado dijo: “El que no recoge
conmigo, derrama”
Qué
querrá decir, me pregunté. Estaba sentada en la arena mirando como jugaban unos
niños en el mar, y lo que menos podía imagina es que saliera con aquello;
pero siguió hablando y hablando sin parar.
Lo
recogido que es el recogimiento, siguió diciendo. No es para que uno pierda las
fuerzas, ni llegue a desmayarse, sino para que se ciña de fortaleza; para que el brazo, la mano y los dedos aprieten bien el lienzo y se cojan las hebras de una en
una. Es un ejercicio; ir recogiéndote, poco a poco tú y esos
deseos buenos que están dentro de uno.
Ahora
te estoy entendiendo, le dije. Es como recoger el corazón. Sería la mejor señal
que la gracia que se recibe, va depositándose en el alma y va lanzando al aire
lo superfluo y lo inútil. Sí, se debe frecuentar la meditación o recogimiento (como tú lo llamas), porque
en lo más íntimo de nuestro corazón sale el goce, la alegría, la delicia, la misma gloria.
Nadie se hace experto en ningún arte si no lo frecuenta y cuanto más se frecuenta, más entendido se hace, porque la ciencia nunca acaba de llegar.
Eso.
Si queremos edificar la morada de la meditación se debe hacer ese intento que
aprovechará mucho el alma. Decía el libro, que en el monte de Betel, (que
quiere decir casa de Dios), hay muchas moradas y la más baja es la de cada uno.
Hasta
en la labores de casa y manualidades, podemos estar recogidos, como están los
monjes cuando están de rodillas en lugares alejados y secretos. Es lo mejor
cuando estamos con menos devoción. Recogerse en cualquier lugar, pues se gana
fortaleza y poco a poco te vas volviendo ángel.
Entendí sus primeras palabras. Eran del Señor.
+Capuchino de Silos
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