Seguimos hablando
sin parar mientras íbamos ordenando.
De vez en cuando caía sobre su cara alguna lágrima que con su mano
la hacía desaparecer como no queriendo que la viese. Se apreciaba que estaba perdida
como buscando algo que no encuentra. Me dio tanta pena que la abracé tanto,
como queriendo ser un poco el Cristo del Kempis; al apartarme me dijo:
-Debe ser deseado y amado. Y yo lo amo, pero no lo deseo. Esto me
causa mucha tristeza; por eso lloro. Sé, me decía, que, con sólo decir, ¡Ay Dios
mío de mi corazón...! sería suficiente para que olvidara todas mis deficiencias
y pecados, pero yo no me quiero quedar con sólo eso. No. Quiero tener un
verdadero recogimiento a lo largo del día, pues si digo esas mismas palabras
muchas veces, Él las clavará en mi corazón para que no sean olvidadas nunca; ¡pero
a mí se me olvidan! ¿qué te parece? En ese momento comenzó a llorar como sintiendo
que algo grande había muerto en ella. Debería acostumbrarme a decirlas de algún
modo o manera. Si no son esas palabras, otras parecidas. Al principio parecerán
fingidas; pero después conoceré que se han estampado en mi corazón. Quiero y
deseo llamar a Dios con verdaderos amor entrañable, dulce y amoroso para ser
verdadera hija de Dios. Nos necesita siempre, pero más aún en estos momentos
tan difíciles para la Iglesia. Me falta esta gracia, o será que Dios no me
llama para que lo llame; o quizá sea que quiere que me dedique a más oración
que tampoco rezo.
-Tu entendimiento nunca alcanzará lo que verdaderamente desea Dios
de ti. Nunca sabremos realmente lo que hemos de darle al Señor. Debemos
pedírselo con verdadera humildad. Poner en sus manos todo nuestro ser, todo lo
que es de Él. Somos sólo de Él. Nada nos pertenece. Él es dueño y Señor de todo
nuestro ser y debemos ponerlo a su servicio para hacer siempre, siempre, su
santa voluntad.
Reza el Padrenuestro y medítalo. Te hará mucho bien.
+Capuchino de Silos
.









