Me pregunto si el hombre
del tiempo debe confesar sus mentiras.
El otro día aseguraba que,
a primeros de semana, el frio llegaría y la lluvia regaría la tierra con sus
primeras gotas. Pues nada de nada. El sol brilla más que nunca a mi lado y la
tapia blanca del jardín pinta gloriosa limpia y lúcida. Es un sol, del sol.
Ya al atardecer irá
cambiando ese color y se volverá zafiro de Inmaculada pura de
inigualable belleza, y las pequeñitas flores blancas del jazmín, con el estirón
que ha dado en verano, irán dejando su delicado aroma contrastando con el azul
de la sombra.
Empiezo a imaginar el final;
el principio del final del día con ese color y olor que emborracha. Ya lo voy viendo
y oliendo. Sólo de un modo imaginario y artístico como para pintar un cuadro
que hable de yerba, de cielo, de azul, de tarde sin frio y sin lluvia que pueda
despintar mi ropa.
Mi imaginación se rasga
como el cielo cuando llueve, pero hoy permanece devota al precioso día.
Cuando llegue la tarde me
sentaré en el banco de piedra donde florecen los plumbagos y las glicinias con la
misma calma de sus flores y, como siempre, quedaré ensimismada por el misterio
que cada día nos envuelve.
Capuchino, yo creo que el hombre del tiempo quería ir a coger setas y no encontrarse con nadie por el monte. Habrá que empezar a sospechar.
ResponderEliminarUn saludo.
¡Qué relato tan poético, Capuchina! Me ha gustado mucho. Se nota tu contacto diario con la naturaleza, y tu alma de artista que ama plasmarla.
ResponderEliminarUn abrazo.