jueves, 30 de enero de 2014

El llamador.




Y es que, la mayoría de las veces, la vida se llena de trabajos inútiles que no van a ninguna parte.  Hay demasiadas ocupaciones que hacen no prestarle atención a ese otro gran tesoro que llevamos con nosotros.

Ese tesoro similar a un joyero, lo tengo guardadito muy celosamente, y... ¡es tan débil y... tan frágil su envoltura!... que hasta lo puede romper un simple suspiro.

¡Lo he pulido y limpiado tantas veces...! y lo quiero tener tan resplandeciente que hasta lo puedo empañar con mi propio aliento.

¡Muchas veces me olvido que está! Y está cargado de sueños, de ternura, de cariño, de cosas muy buenas, de cosas buenas y no tan buenas, de debilidades, de penas, de alegrías... 
...de ¡tantas cosas!

¿Qué podría hacer más con él? 
Seguir mimándolo amorosamente tirando a la basura todo lo que no sirve.

+Capuchino de Silos


lunes, 20 de enero de 2014

Escuchando a Brahms



Suena Brahms que es una de mis debilidades, y lo escucho atentamente abriendo una ventana en el alma que da al cielo; y es, entonces, cuando mi casa se llena de luz; y rezo sin rezar, y pido amor y gracias como lo haría San Ignacio; y mi cansancio y  mi tristeza los dejo aparcados para que no me dejen sin amparo ni defensa; y me dejo emocionar por su dulce y deliciosa melodía que llena el paisaje del alma más enamorada. Mentalmente regalo mi corazón y deseo sólo ternura para que el Señor pueda mover los hilos que sujetan mi hogar y es, en ese momento, cuando todo se llena de aroma y de trinar de pájaros  que llegan hasta mi ventana. Así estoy más cerca de lo grande, de lo hermoso, de lo inmenso.


+Capuchino de Silos



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viernes, 17 de enero de 2014

Al borde de la orilla


Caminaré risueña y de tu mano.
Y me entregaré obediente ante tus ojos.

   Meditaré sobre los frutos que me has dado.
Destruyendo las hojas que estén  secas.

Despertaré en la mañana y dormiré tranquila,
sabiendo que siempre me tenderás tu mano.

Esperaré sentada al borde de la orilla
suplicando la fruta hasta que llegue.

En ti tengo, Señor, la eterna ayuda.
Dirígemela tú desde lo alto.


+Capuchino de Silos 





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martes, 14 de enero de 2014

Tengo al ángel


 

En este tiempo que me ha tocado vivir…

Quisiera que la violencia no acune en mi morada matando la virtud.
Que el desasosiego no destruya ni aleje la danza de mis sueños.
Que mis ojos no enrojezcan por el llanto y por los miedos.
Que el dolor no apague el rosa de mi boca.
Que mi alma halle plantaciones perfumadas.

Y…cuando piense en el hoy…

Quisiera un pensamiento
que me hablase de todo lo que hoy mi corazón anhela. 

+Capuchino de Silos 


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miércoles, 8 de enero de 2014

La devoción: las flores de Dios




"La devoción es la dulzura de las  dulzuras y la reina de las virtudes, porque es la  perfección de la caridad. Si la caridad es la leche,  la devoción es la nata; si es una planta, la  devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo  precioso, la devoción es el aroma,  el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a  los ángeles"

+.F.de Sales 



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lunes, 30 de diciembre de 2013

En la octava de Navidad

Visiones del Nacimiento de Jesús

He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no era ya visible. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.
Vi a nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla.
La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho.
Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.
Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra.
Se acercó, postergándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.
María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi al, María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"
He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía.
Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.
José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada.
+Ana Catalina Emmerick
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