domingo, 15 de septiembre de 2013

Conversaciones



Hace unos días hablaba con esa amiga mía del alma, a la que tanto quiero, de la pureza del alma y de cómo poder mantener ese maravilloso manantial del espíritu puro y limpio para que de su interior cualquiera pudiese beber cuando fuese necesario; que merecía la pena, le decía, un pequeño esfuerzo por conservar sus aguas siempre limpias e inmaculadas. Guarda tu corazón más que toda otra cosa, porque de él brotan los manantiales de la vida”, le decía que decía el proverbio.Que debíamos vivir con entera delicadeza y desechar hasta el más ínfimo “bichito” para que no pudiese enturbiar el agua de nuestro precioso manantial. Que siempre mantuviésemos sus aguas con esa calidez y clima de verdadera mejora defendiéndolas de cualquier impureza. Que conservarla limpia y pura significaba cuidar su propio estado y vigilarla muy de cerca para que nada y nadie pudiese hacer ninguna mezcla en ella que pudiese ensuciarla. Que nuestro deseo debiera ser siempre ese. Poder conservar nuestra fuente pura y cristalina con el agua más que limpia, ¡limpísima! Ponerle, si hacía falta, un filtro; un filtro que no dejase pasar el más mínimo germen.
¡Qué alegría! ¿No? Poner un gran empeño en algo que iba a requerir mucha atención, mucho sueño, mucho cariño. También, por qué no, mucho esfuerzo en algo tan bello como nuestra más preciada y amada fuente de amor.
Ella me miraba en silencio, callada y sin parpadear. De repente, levantó suavemente la mirada y dio gracias por ésta y tantas buenas y largas parrafadas, por un verano tan lleno, por tantos y tan plenos momentos vividos, por tener un hogar tan dulce, por poder comentar cuánto nos gusta el aire, por amar la pureza del alma, por la naturaleza, por sus manantiales; y porque muy pronto, amiga mía, me decía, el otoño cuajaría de colores sus árboles, ese otoño que tanto nos gustaba, que todo se llenaría de luces y de sombras, de alegría y de gozo porque tras el otoño llegaría lo más deseado: el invierno.

+Capuchino de Silos

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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Un pincel cargado de oro





El día de hoy es único. No se repetirá y eso me hace meditar para no perder un solo instante. Irá revestido de gracia que me conduce, como siempre, apoyada de acá para allá en ese bastón, que invisible me lleva, para que no pueda caerme. En este día no hay oscuridad, veo la luz que trazo en mi mente con el pincel cargado de oro, con un solo trazo dorado, lleno de luz que nada tiene de desierto oscuro. No hay engaño, ni disimulo. Hay trabajo y una amistad única, especial y verdadera llena de una felicidad que termina con ese bello camino que lleva al sueño lleno de agotamiento y debilidad.
Del cielo nos llega la lluvia, ese maravilloso regalo que cultiva los campos y que está cargado de estrellas, con luna y sol, frío y calor; heladas con noches de oscuridad y días cargados de luz. Todo invita a alabar a nuestro Dios y Señor, invita a amarlo por encima del cielo.

Toda mi vida quiero que sea como ese trazo dorado de incienso lleno de amor.

+Capuchino de Silos

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martes, 10 de septiembre de 2013

Salmorejo cordobés



INGREDIENTES

½ vaso de aceite de oliva virgen

1 k de tomates maduros.

250 g de pan (mejor del día anterior).

1 diente de ajo, (al gusto).
1 cucharadita de sal, (al gusto).
PREPARACIÓN

Se limpian bien los tomates, se cortan en trozos y lo trituramos con la batidora hasta que nos quede hecho un puré. 



Se corta el pan en trozos pequeños y se lo añadimos a los tomates, dejándolo  reposar hasta que el pan se ablande.



Añadimos el ajo.

Echamos el aceite de oliva y la cucharadita de sal. Lo pasamos todo por la batidora hasta que nos quede un puré muy, muy fino. Siempre es bueno rectificar de sal por si los tomates fuesen dulces.



Meter en la nevera y dejar que enfríe. Se debe tomar muy frio.

Acompañar con jamón y huevo duro muy picadito.

¡¡¡Muy rico!!!

+Capuchino de Silos


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jueves, 5 de septiembre de 2013

El mar siempre conmigo



Ya mis ojos no miran ni se van al mar cuando me levanto. He llegado a la Sevilla de siempre con, todavía, espíritu de verano; pero ese mar inmenso y grandioso me lo he traído escondido en la retina con el mismo poder mágico.

Ya hoy amanece como mucho antes, con el mismo color vaporoso que oculta el azul más allá de las pequeñas nubes que diviso en mi ventana. 

Ya el amanecer no es tan fresco como aquel, pero sigue  
manteniendo el secreto del cambio de temple que tendrá a lo largo del día hasta que el mundo se vaya durmiendo. 

Ya lo guardo para mí, lo protejo celosamente en mi recuerdo  para que nadie pueda cambiarlo. Aquí, dentro, muy dentro, me lo vuelve a entregar como si no hubiese pasado el tiempo.

Ya me espera otro sol, otro color, otro secreto. 

Mientras, Él, mi Señor, mi Dios, me sigue esperando esté dónde esté. 

+Capuchino de Silos 


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