Los espíritus celestes despertaban con sus aleteos mi alma entumecida del sopor
del invierno casi ya pasado. Sostenida por ellos llegaba humildemente a ese nuevo y bendito misterio
que envolvía todo el halo en muda obediencia, bondad y lágrimas de
agradecimiento. Esas lágrimas eran como gotitas que se asientan
suavemente en la tierra y limpian las hierbas sucias y el forraje del mal
tiempo que nadie espera; mi campo se calaba y regaba sin dañarlo.
Dentro, muy dentro, aparecía la gracia hermosísima del Amor más grande, más
sublime y noble, que no espera nada de nada;la ternura que acaricia y
sana el alma más dormida de la tierra; blanda, calma; la hierba brillante en su mismo lugar de siempre.
La respuesta era recogimiento, adoración, oración de súplica de piedad y perdón.
Y…el aliento de tu Espíritu junto a mí más cerca que mi propio ser.
+Capuchino de Silos

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