martes, 20 de agosto de 2019

Mañana será otro día



Muy querida amiga:
Cuando me levanté hoy  y miré al cielo como hago todos los días, -decía la carta de mi amiga María,- los algodones blancos y pesados de las nubes que cubrían el cielo tan temprano, parecían que iban a caer todos sobre mi cabeza de lo que me pesaba. No he podido quitar de ella la pesadez y el mal de ayer. Todas aquellas nubes, parecían caer no solo sobre mi cabeza. Todo se desordenaba. Todo se balanceaba. Pensé que el Señor me estaba amonestando. Me encontraba sin fuerzas, cansada, sin constancia para correr la carrera de la perseverancia. Me quedé sin la silla de la virtud y quedaba sin poder sostenerme. Estaba vestida de harapos y sin el vestido de las alturas porque esa imperfección no era otra cosa que la debilidad de las mejores cosas de arriba. Los que van de virtud en virtud son los que pasan y vuelan con la mejor prenda. Sí, con la bella prenda de los ángeles. Pero no era el caso de la vestimenta de los ángeles ni la fortaleza del diamante que permanece fiel a su muralla y no le afectan los golpes. Me he parado en seco. Parece como si hubiese dejado de conquistar el árbol de la perseverancia para arrebatarle sus frutos.
Así me encuentro hoy.
Mi padre diría: “estás intercadente”


+Capuchino de Silos


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