Fue un día para recordar. La Santa Misa preciosa.
Comenzó con la procesión, alrededor de la iglesia, con los cirios encendidos
recordando cómo María, llevando al Niño en brazos lo presentaba al Señor a los
cuarenta días de su nacimiento. Iba a entrar en el templo, por primera
vez, el Rey de la gloria.
Pensé que la Virgen había preparado jubilosa su
corazón con anterioridad para presentar a su Hijo y ofrecerse ella misma
llevando al Niño en brazos poniendo sus
vidas en manos del Altísimo; y ofrecí, mentalmente, yo también, mi pobre
corazón con la vela encendida hasta que se fuera consumiendo, porque la luz era
símbolo de vida y esa luz significaba que mi amor por Él estaba encendido como
aquella velita que irradiaba mucha luz. Luz que ilumina y Verdad que me
salvaría de toda oscuridad para seguir estando en vela y participar de esa luz
maravillosa que ahora brillaba y brilla, más que nunca, en mi alma. Que quería
entregarme al Señor sin condiciones ni límites. Que pronto llegaría la Cuaresma,
que faltaban tan sólo días y tendría que poner los preparativos necesarios
encima del altar para ofrecérselos al Señor y poder así vivir a tope ese tiempo
de entrega.
Hermosisima entrada, en buen tiempo para comenzar a prepararnos.
ResponderEliminarGracias!
Buenos días Capuchina. Una entrada para leerla una y otra vez y admirar la luz y los reflejos, los matices y las sombras del arte de amar el oficio de servir.Un abrazo.
ResponderEliminarHola Capuchinos, vengo a visitarte y como siempre mi alma se llena de luz al leerte. Es cierto que la cuaresma se acerca, con todos los recuerdos de lo que significa, pero a mi me gusta más pensar en un Jesús resucitado con los brazos abiertos, que verle en la cruz. Ya bajó de ella y camina entre nosotros.
ResponderEliminarTe dejo mi abrazo con estrellas de felicidad.