sábado, 9 de febrero de 2013

El día que fue.




Fue un día para recordar. La Santa Misa preciosa. Comenzó con la procesión, alrededor de la iglesia, con los cirios encendidos recordando cómo María, llevando al Niño en brazos lo presentaba al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Iba a entrar en el templo, por primera vez, el Rey de la gloria.

Pensé que la Virgen había preparado jubilosa su corazón con anterioridad para presentar a su Hijo y ofrecerse ella misma llevando al Niño en brazos  poniendo sus vidas en manos del Altísimo; y ofrecí, mentalmente, yo también, mi pobre corazón con la vela encendida hasta que se fuera consumiendo, porque la luz era símbolo de vida y esa luz significaba que mi amor por Él estaba encendido como aquella velita que irradiaba mucha luz. Luz que ilumina y Verdad que me salvaría de toda oscuridad para seguir estando en vela y participar de esa luz maravillosa que ahora brillaba y brilla, más que nunca, en mi alma. Que quería entregarme al Señor sin condiciones ni límites. Que pronto llegaría la Cuaresma, que faltaban tan sólo días y tendría que poner los preparativos necesarios encima del altar para ofrecérselos al Señor y poder así vivir a tope ese tiempo de entrega.


+Capuchino de Silos


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3 comentarios:

  1. Hermosisima entrada, en buen tiempo para comenzar a prepararnos.

    Gracias!

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  2. Buenos días Capuchina. Una entrada para leerla una y otra vez y admirar la luz y los reflejos, los matices y las sombras del arte de amar el oficio de servir.Un abrazo.

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  3. Hola Capuchinos, vengo a visitarte y como siempre mi alma se llena de luz al leerte. Es cierto que la cuaresma se acerca, con todos los recuerdos de lo que significa, pero a mi me gusta más pensar en un Jesús resucitado con los brazos abiertos, que verle en la cruz. Ya bajó de ella y camina entre nosotros.

    Te dejo mi abrazo con estrellas de felicidad.

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