El día de hoy me lleva a salir de casa.
Es un día cargado de luz, luz blanquísima que lo ilumina todo,
que lo hace apacible y sereno con la
calidez rozando la cara para saborear los minutos sin mirar el paso del tiempo
que llevo en mi muñeca.
Sin darme cuenta llega la fantasía de mis sueños y me dejo caer
en sus brazos sin brasero, sin nubes que acechen lluvia, porque aunque enero
sea un mes lluvioso y frio, espero al Sol que viene a avivar el fuego, que a veces,
no consuela.
Es un mes de un sol entre nubes y lluvia; pero hoy, el aire es
cada vez más cálido, más blanco, oliendo a calor de chimenea con labor de punto
o un libro entre las manos.
En
el regreso, al atardecer, el aire se vuelve más frio, más añil, más malva, más
manso; todo, se refleja en las paredes del jardín de la casa; celosamente lo
guardo en mi pensamiento como la calidez de la invernal y blanca mañana,
mientras mi espíritu, que nunca permanece inmóvil, sigue atravesando los mismos
pasadizos de siempre buscando el descanso del cuerpo y del alma.