sábado, 5 de diciembre de 2015

Adorando





Deseo estar allí en ese instante de única emoción. Lo desea mi alma que espera dulcemente el momento más hermoso. Y llega cuando aparece pausadamente haciéndose Cristo y brillando sobre el altar lleno de ángeles que se inclinan adorándolo.  Cuando se hace presente entre nosotros me quedo helada de ardor, y sin pensar me inclino emocionada por estar tan cerca de ese Cielo estrellado que en un instante irradia más luz que el propio día.  

+Capuchino de Silos



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miércoles, 11 de noviembre de 2015

En la gloria de la iglesia.



El mes de noviembre se presta a pensar en la muerte; y en los difuntos; y en tus propios que los tienes más presente en tus rezos un día tras otro.
Pensando en ellos estaba, cuando de repente me vi muerta. Me vi en ese último día de mi vida en el que el Señor me llamaba para presentarme ante Él. Es curioso, no me dio miedo morirme; sin embargo, había una cosa que me entristecía bastante. Me veía muerta pero no quería verme de por vida en un cementerio. ¡No! No quería verme en un cementerio. Oh ¡qué horror!
Ya hace años sembré un ciprés en el jardín de casa por si llegaba el momento; pero no... Nunca me pareció sensato quedarme en ese lugar.  El ciprés creció y creció y está precioso, está  grandioso, subiendo las dos plantas de la casa; pero no. La casa con el tiempo se vendería y a lo mejor me tiraban a un estercolero. ¡Qué sé yo! No era el mejor lugar. No.
Y es que un cementerio es tristísimo; es muy triste de por sí, por eso no quiero ir allí; además, un cementerio es muy gris y el color gris nunca me gustó. Blanco o negro, pero gris, nunca. Había otra cosa: el que visita un cementerio llega sin vida o el que llega con ella, llega llorando acompañando al difunto; y me daba mucha tristeza, ¡mucha! ver el sufrimiento de mi gente que sufriría, digo yo, al separarse de mí. ¡No! Al cementerio: no.
La cosa es que no me veía de esqueleto deslucido durmiendo el sueño de los justos en un lugar tan triste.
Y como soñar no cuesta nada, quise de momento, que me llevasen para siempre a una iglesia.
Una iglesia era un perfecto lugar para quedarme de por vida porque es alegre. En ella hay Misas, bautizos, comuniones, bodas, confesiones, y lo más importante: siempre estás con Dios nuestro Señor.
También había una cosa más: yo no sé dónde voy a ir cuando muera: ¿al Infierno?, espero no ir ni de visita. ¿Al  Purgatorio? ¡Eso es lo más posible!; pero en una iglesia tenía la seguridad de estar con Dios siempre, siempre, siempre, a no ser que se hundiera o la quemasen como antaño, pero iba a estar al lado de Dios gustase o no a San Pedro.
Sería incinerada, eso sí, para no ocupar espacio. El espacio, hoy día cuesta mucho dinero que yo, ahorrado, no dispongo. Tengo un sueldo pequeño mensual que me da mi marido y con él tengo un pequeñito ahorro. Lo entregaría íntegramente y mi sueldo seguiría corriendo a la parroquia mes a mes hasta que muriese el párroco. Eso lo tendría que puntualizar bien en el testamento y con la opinión del cura párroco que, generalmente, es duro de roer.
Tendrían que levantar una loseta, delante del altar del Niño Jesús y cuidadosamente me guardaran en el hoyito; que echaran cemento encima y sólo bastaría terminar el trabajo con una cruz griega si la loseta fuese cuadrada y si rectangular, con cruz latina. Sin más. Así de fácil.
Feliz estaría de pensar que de cuando en cuando alguien al “pisarme” rezara un poquito y yo, mientras tanto, feliz con el Señor en la gloria de la iglesia.




+Capuchino de Silos



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viernes, 30 de octubre de 2015

Cómo iba a dejar de amarlo...



¡...si llegaba el consuelo reparador como un regalo caído del mismo cielo! ¿Para qué desear lo terreno si se podía alcanzar lo más alto?  Era un bálsamo que purificaba las rendijas más íntimas; llegaba, y ninguna cosa más quería. Todo quedaba limpio y nada más faltaba; así que no había que desesperar. Sí, esperar, confiar y seguir esperando y sirviendo; ¿hasta dónde?  Hasta lo más insignificante que nos pudiera parecer. Era alcanzar lo que creías no podías ganar nunca. No era difícil, pues alguien empujaba y empujaba, y te ayudaba hasta conseguir la meta deseada. Nada era más fácil.Todo se ganaría si todo lo dejábamos en sus manos. Cualquier cosa, por importante que fuese, sería nada si no contábamos con Él para recibir ese prodigio divino que nos llega como regalo. Si desechábamos todo, ganábamos  lo que creíamos que estaba fuera de nuestro alcance para ganar lo más grande.  
El Sol sale para todos igual, pero, ¿nos paramos un minuto para darnos cuenta que el Sol sale para todos igual? ¿Nos damos cuenta que brilla con todo su esplendor iluminando nuestros más íntimos recovecos? Con ese sol, el auténtico Sol, todo se hace claridad; queda nuestro hogar transparente y nítido como el cristal más hermoso recién hecho; con tanta luz que brilla como el mismo oro. Es su amor que se derrama a manos llenas para que entendamos ese bello milagro y sus más profundas verdades. ¡Bendito sea!



+Capuchino de Silos
 


miércoles, 21 de octubre de 2015

¡Cómo iba a dejar de amarte!



No quería más que su infinita gracia para hacerlo. Al paso iría recogiendo todos esos pequeñitos tesoros que van apareciendo en mi jardín para entregárselos. ¡Qué horrible hubiera sido no haberle podido dar  nada! Deseaba recibirle en mi pequeña casa toda limpia y desempolvada; retirando y desechando lo inútil e innecesario. Que fuese un lugar diferente y radiante. Quería desligarme de todas las cosas terrenas, cosa bastante difícil para una pobre soñadora de deseos todos mundanos. Lo más insignificante puede ser especial para mí. Oh Dios mío, cómo podría depositarte mi casa, mi jardín para hacerlo firme como una roca y que no pudiera hundirse en el fango y en la miseria.
Todo fue serenidad, sosiego, silencio y dulzura cuando lo recibí; nada entorpecía esos deliciosos minutos. Cuando se obedece, todo llega y deleita como el mejor manjar.




+Capuchino de Silos


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viernes, 2 de octubre de 2015

Hoy no



No quiero encontrarme apegada al suelo y distraída en las cosas del mundo para dejarme arrastrar por él como me ocurre otras muchas veces. Hoy no. Revolotea sobre mí mi ángel custodio con las alas tan extendidas que su aleteo me induce a que le escuche: ten cuidado, me dice,  que el que vigila tus pasos no se va lejos; ve todos tus buenos y malos pasos. Tendrá, digo yo, muchos espíritus celestes que puedan culparme por si hay algo de qué me tienen qué acusar. ¡Celoso es de que nos apartemos un sólo instante de Él! Si así lo hacemos nos aísla para que lo busquemos desesperadamente. Quiere tenernos a su lado como fieles esposas para que no nos dejemos arrastrar por nada ni por nadie y esperemos paciente su deliciosa visita que llega. ¡Claro que llega! Llega como un dulce navideño cargado de exquisito sabor.
¡Cómo dejar de amarte!

+Capuchino de Silos



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