martes, 8 de junio de 2010

Entre Paul Newman y Anthony Hopkins


A Esperanza le gusta Paul Newman. Lo sé.
A mí, gustarme, gustarme, me lo tengo que pensar. Me atraía más antes porque no imaginaba, lo que imagino ahora que me he vuelto tiquismiquis. Ahora, cuando lo imagino, por guapo que sea, sentado con los pies encima de la mesa, en el porche de su gran rancho muy americano él, comiendo hamburguesas con patatas fritas en cartucho, y al lado de su cursilona esposa, Joanne Woodward, tengo que decir que me cae mal todo él. Porque los americanos comen hamburguesas con patatas en cartuchos y ponen los pies encima de la mesa, y para colmo, el pobre, se pone unas corbatas horrorosas y unos sombreros tejanos espantosos.
Decididamente, no, no me gusta. Los ojos, son muy bonitos.


El que a mí me alucina, me encanta, me embelesa, me cautiva y…mucho más, es Anthony Hopkins. Mmmmm. Llena la pantalla con sus formas y sus poderes mágicos. Y como es inglés me convence más.
Si, si, sé que le gusta el whisky, que le vamos a hacer. Nadie es perfecto. A mí también, un chupito, de cuando en vez. Es una bebida espirituosa y baja la tensión, por eso me gusta.
Él, el whisky y los mayordomos como Stevens que sacrifican su vida al servicio de su señor. Lo que más.





+C

domingo, 6 de junio de 2010

La estatua viviente


La mejor señal de felicidad de que algo bueno va a sucederte por la calle, es que estés deseando una llamada y en ese momento suene el móvil, que sea la persona deseada, y a voz en grito le digas: - ¡qué alegría, estaba esperando tu llamada! Y comienzas a hablar sin ton ni son. No la dejas hablar.
Y los que cruzan, te miran sorprendidos por tu tono elevado; otros, hacen un gesto, te sonríen, y siguen su camino; otros, simplemente giran la cabeza. Y tú sigues y sigues; esta vez, dirigiendo la vista hacia una estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro, que repara en la alegría que te inunda. Él, delicadamente, te ofrece un libro que tú aceptas.
De repente, te das cuenta que estás en plena calle y que la otra persona no ha articulado palabra alguna todavía.
Pero tu alegría y alboroto no molesta ni asusta a nadie.
Ahora, todos te miran. Eres la protagonista con la estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro, que en quietud total, se ha convertido, en escultura bien modelada, mirándote fijamente, mientras tú ojeas el libro y te asombras.
Todo es real, pero parece falto de toda realidad. Estás en una calle cualquiera, a una hora cualquiera, con un libro cualquiera que te ofrece una estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro.
Abres el libro y encuentras la frase que siempre guardas y recuerdas de Juan Ramón Jiménez. “intelijencia dame el nombre exacto de las cosas”.


+Capuchino de Silos


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viernes, 4 de junio de 2010

Retazos

Pintura de Fernando Zóbel

"...la cristiandad católica [ ] es una enorme asamblea de seres humanos con intelectos testarudos y pasiones intensas, reunidos en unidad por la belleza y la majestad de un Poder Sobrehumano, en lo que podríamos llamar un gran reformatorio o escuela de entrenamiento, no como en un hospital o en una cárcel, no para mandarnos a la cama, no para ser enterrados vivos, sino [ ] reunidos en una suerte de fábrica moral, para fundir, refinar y modelar mediante un proceso incesante y ruidoso la materia prima de la naturaleza humana, tan excelente, tan peligrosa, tan capaz de responder a los propósitos divinos..." Cardenal Newman

"¡Admirable oración, el Rosario! En ninguna otra como en ella triunfa el íntimo espíritu del clasicismo -aquel que no sabría agotarse en una evocación erudita determinada, sino que es capaz de dar en todo tiempo valor a toda vida, por la soberanía normal y continuada de la Voluntad... -El Rosario es la repetición hecha rezo. Es el rezo del insistir y del recomenzar. Es el ritmo severo. Es la elocuencia de la simetría. Corresponde, en el arte, con la excelsa pureza de las líneas, desnudas, con las escalinatas y columnatas, con la monocromía, con el orden matemático -que las almas vulgares encuentran frío, pero donde las almas escogidas adivinan y templan la fogosa pasión”. Eugenio d'Ors

“Por lo demás, hermano, tú que aún no tienes muy segura tu propia salvación, tú que aún no posees la caridad, o es tan flexible y frágil como caña sacudida por el viento, porque da fe a toda inspiración, zarandeada por cualquier ventolera de doctrina; tú que te entregas a una caridad tan sublime que sobrepasa la ley, amando a tu prójimo más que a ti mismo; mas por otra parte, la diluye cualquier favor, decae ante cualquier temor, la turba la tristeza, la contrae la avaricia y la dilata la ambición, la angustian las sospechas, la atormentan las injusticias, la consumen los afanes, la engríen los honores, la derriten las envidias. A ti que experimentas todo esto dentro de ti mismo, a ti te pregunto: ¿qué clase de locura te domina para ambicionar o admitir la dedicación a los demás?” El Cantar de los Cantares


+C.


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miércoles, 2 de junio de 2010

Conversación con Dios


HOMBRE: Padre Nuestro que estás en los cielos...
DIOS: Si... Aquí estoy...
HOMBRE: Por favor... no interrumpa. ¡Estoy rezando!
DIOS: ¡Pero tu me llamaste!..
HOMBRE: ¿Llamé? No llamé a nadie. Estoy rezando.... Padre Nuestro que estás en los cielos...

DIOS: ¡¡¡Ah!!! Eres tú nuevamente.
HOMBRE: ¿Cómo?
DIOS: ¡Me llamaste! Tú dijiste: Padre Nuestro que estás en los Cielos. Estoy aquí. ¿En qué te puedo ayudar?
HOMBRE: Pero no quise decir eso. Estoy rezando. Rezo el Padrenuestro todos los días, me siento bien rezando así. Es como cumplir con un deber. Y no me siento bien hasta cumplirlo.
DIOS: Pero ¿cómo puedes decir Padre Nuestro sin pensar que todos son tus Hermanos, ¿Cómo puedes decir que estás en los cielos, si no sabes que el cielo es paz, que el cielo es amor a todos...

HOMBRE: Es que realmente no había pensado en eso.
DIOS: Pero... prosigue tu oración.
HOMBRE: Santificado sea tu nombre...
DIOS: ¡Espera ahí! ¿Qué quieres decir con eso?
HOMBRE: Quiero decir... quiero decir... lo que significa. ¿Cómo lo voy a saber? Es parte de la oración. ¡Solo eso!
DIOS: Santificado significa digno de respeto, santo, sagrado.
HOMBRE: Ahora entendí. Pero nunca había pensado en el sentido de la palabra SANTIFICADO. 'Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo...'
DIOS: ¿Estás hablando en serio?
HOMBRE: ¡Claro! ¿Por qué no?
DIOS: ¿Y qué haces tú para que eso suceda?
HOMBRE: ¿Cómo qué hago? ¡Nada! Es que es parte de la oración, hablando de eso... sería bueno que el Señor tuviera un control de todo lo que acontece en el cielo y en la tierra también...
DIOS: ¿Tengo control sobre ti?
HOMBRE: Bueno... ¡Yo voy a la Iglesia!
DIOS: ¡No fue eso lo que te pregunté! ¿Qué tal el modo en que tratas a tus hermanos, la forma en que gastas tu dinero, el mucho tiempo que das a la televisión, las propagandas por las que corres detrás, y el poco tiempo que me dedicas a Mi?
HOMBRE: Por favor, ¡Para de criticar!
DIOS: Disculpa. Pensé que estabas pidiendo que se haga mi voluntad. Si eso fuera a acontecer... ¿Qué hacer con aquellos que rezan y aceptan mi voluntad, el frío, el calor, la lluvia, la naturaleza, la comunidad....
HOMBRE: Es cierto, tienes razón. Nunca acepto tu voluntad, pues reclamo por todo. Si mandas lluvia, pido sol... si mandas sol me quejo del calor, si mandas frío, continuo reclamando; pido salud, pero no cuido de ella, dejo de alimentarme o como mucho.
DIOS: Excelente que reconozcas todo eso. Vamos a trabajar juntos tú y yo. Vamos a tener victorias y derrotas. Me está gustando mucho tu nueva actitud.
HOMBRE: Oye Señor, preciso terminar ahora, esta oración está demorando mucho más de lo acostumbrado. Continúo...'el pan nuestro de cada día dánoslo hoy'...
DIOS: ¡Para ahí! ¿Me estas pidiendo pan material? No solo de pan vive el hombre sino también de Mi Palabra. Cuando Me pidas el pan, acuérdate de aquellos que no lo tienen. ¡Puedes pedirme lo que quieras, deja que me vea como un Padre amoroso! Estoy interesado en la última parte de tu oración, continúa...
HOMBRE: 'Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...'
DIOS: ¿Y tu hermano despreciado?
HOMBRE: ¿Ves? Oye Señor, él me criticó muchas veces y no era verdad lo que decía. Ahora no consigo perdonarlo. Necesito vengarme.
DIOS: Pero... ¿Y tu oración? ¿Qué quieres decir con tu oración? Tú me llamaste y estoy aquí, quiero que salgas de aquí transformado, me gusta que seas honesto. Pero no es bueno cargar con el peso de la ira dentro de ti ¿Entiendes?
HOMBRE: Entiendo que me sentiría mejor si me vengara.
DIOS: ¡No! Te vas a sentir peor. La venganza no es buena como parece. Piensa en la tristeza que me causarías, piensa en tu tristeza ahora. Yo puedo cambiar todo para ti. Basta que tú lo quieras.

HOMBRE: ¿Puedes? ¿Pero cómo?
DIOS: Perdona a tu hermano, y Yo te perdonaré a ti y te aliviaré.
HOMBRE: Pero Señor... no puedo perdonarlo.
DIOS: ¡Entonces no me pidas perdón tampoco!
HOMBRE: ¡Estás acertado! Pero solo quería vengarme, quiero la paz Señor. Está bien, está bien: perdono a todos, pero ayúdame Señor! Muéstrame el camino a seguir.
DIOS: Esto que pides es maravilloso, estoy muy feliz contigo. Y tú... ¿Cómo te estás sintiendo?

HOMBRE: ¡Bien, muy bien! A decir verdad, nunca me había sentido así. Es muy bueno hablar con Dios.
DIOS: Ahora terminemos la oración... prosigue...
HOMBRE: 'No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal...'
DIOS: Excelente, voy a hacer justamente eso, pero no te pongas en situaciones donde puedas ser tentado.
HOMBRE: y ahora... ¿Qué quieres decir con eso?
DIOS: Deja de andar en compañía de personas que te llevan a participar de cosas sucias, secretas. Abandona la maldad, el odio. Todo eso te lleva al camino errado. No uses todo eso como salida de emergencia.
HOMBRE: ¡No te entiendo!
DIOS: ¡Claro que entiendes! Has hecho conmigo eso varias veces. Vas por el camino equivocado y luego corres a pedirme socorro.
HOMBRE: Tengo mucha vergüenza, perdóname Señor.
DIOS: ¡Claro que te perdono! Siempre perdono a quien está dispuesto a perdonar también. Pero cuando me vuelvas a llamar acuérdate de nuestra conversación, medita cada palabra que dices. Termina tu oración.
HOMBRE: ¿Terminar? Ah, sí, 'AMEN!'
DIOS: ¿Y qué quiere decir 'Amén'?
HOMBRE: No lo sé. Es el final de la oración.
DIOS: Debes decir AMEN cuando aceptas todo lo que quiero, cuando concuerdas con mi voluntad, cuando sigues mis mandamientos, porque AMEN quiere decir ASÍ SEA, estoy de acuerdo con todo lo que oré.
HOMBRE: Señor, gracias por enseñarme esta oración, y ahora gracias también por hacérmela entender.
DIOS: Yo amo a todos mis hijos, pero amo más a aquellos que quieren salir del error, a aquellos que quieren ser libres del pecado. ¡Te bendigo, y permanece en mi paz!
HOMBRE: ¡Gracias Señor! ¡Estoy muy feliz de saber que eres mi amigo!
DIOS: ¿ES QUE ACASO LO HABÍAS DUDADO?
¿NO HAS COMPRENDIDO TODAVÍA QUE SOY TU PADRE, TU CREADOR? ¿QUE ME DEBES TODO Y QUE TODO SERÁ PARA TI?

Autor deconocido

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lunes, 31 de mayo de 2010

Un mal recuerdo


Acababa de comenzar el curso. Estaba en cuarto de Composición Pictórica y fui elegida como delegada, a dedo, por él mismo. Él, el mismo, era un medio hombre que tenía la sartén por el mango y que se calificaba solito con sus “puestas en escena”.
Desde el primer momento me di cuenta cómo aquel individuo, chiquilicuatre y mequetrefe, me iba hacer la vida imposible a mí y a tantas como yo, pero a mí, en particular. ¡Cómo disfrutaba con sus malas hazañas, el desgraciado!
Y qué alegría poderle decir desde aquí: ¡chiquilicuatre!, ¡zascandil! Con las ganitas que tuve durante todo el curso, y que por educación, jamás le dije.
Yo venía de Procedimiento, asignatura preciosa de tercer año, que nos daba un magnífico profesor, del que aprendí muchísimo y disfruté de lo lindo. Este espléndido profesor, según supe, fue compañero de carrera del mequetrefe este, y las diferencias entre uno y otro, por lo visto, fueron notables y considerables a lo largo de toda la carrera. Distinciones entre ellos: todas. Había, para empezar, una diferencia considerable de estatura, inteligencia, saber el oficio, educación y lo más importante: categoría humana y moral. Al “amigo” le faltaban todas y cada unas de estas cualidades, y lo que nunca iba a tener: deseos de mejoras.
Nada más comenzar el curso, me preguntó que quién me había dado clase de Procedimiento. Con mi contestación le di motivo más que suficiente para amargarme el curso. Odiaba hasta el tuétano, a ese profesor; y alumno que procedía de él, lo hacía fosfatina, el muy cretino. Y, ¡pobre de mí!, venía de ese grupo.
Los formatos para los ejercicios de pintura de Composición Pictórica, eran del tamaño de una persona más o menos o quizás algo mayor, y me hacía cambiarle el fondo de color, cada vez que se le antojaba. Que el fondo era azul, lo quería rojo, o verde o negro, sólo –porque me gusta más. Aquello no tenía sentido, pero como era su deseo, yo, sin rechistar cambiaba el fondo y dejaba sin fondo el bolsillo. ¡Creeetino!
En otra ocasión me preguntó a voz en grito, que qué hacía yo allí; que tenía que estar fregando y barriendo mi casa, que yo ni tenía aptitud ni actitudes. Esto a toda pastilla en medio de una clase de setenta alumnos. Me sentaba…, bastante mal, la verdad; pero callaba como una difunta.
Opté por cambiarme de sitio y coloqué mi caballete en un rincón de la grandísima clase, entre otras cosas para no verlo o verlo venir, y que no me molestase por detrás, pues era predilección suya mofarse por detrás de los alumnos. ¡Creeetino!
Hasta que un día me llamó para ponerles poses a los modelos (femenino y masculino) que, generalmente, se hacía entre los dos por ser yo la delegada. Y no se le ocurre otra mejor idea que tumbar a los dos modelos en la tarima que estaba a unos sesenta cm del suelo, encontrados, bocarriba y con las piernas abiertas, a lo que me negué en rotundo. Le dije que aquella no era postura ni digna ni decente para nadie, ya que los dos estaban completamente desnudos y nadie podría hacer un buen trabajo con aquella gansada. Que yo no estaba en la facultad para, desde mi perspectiva, sólo pintarle la planta de los pies y los testículos a nadie. Me coloqué delante de mi caballete en posición de descanso; se me acerca hecho una fiera y empieza a vociferarme. Y en esta ocasión, en lugar de quedarme calladita, como una niña buena, cogí todos los pinceles y brochas, que eran del 26 o 28, (no recuerdo), llenos de pinturas, y los estrellé con todas mis fuerzas contra la pared que había a mi izquierda, dejando sobre ella una de las mejores pinturas contemporáneas del siglo XX. Salí disparada para la puerta, pegué un portazo y lo dejé pegando voces en medio de toda la clase.
Dejé pasar los días y volví a la semana. Estaba más suave que un gatito de angora.
A las pocas semanas, me asomé al tablón de notas, con más miedo que vergüenza, se me acerca, por detrás, que era lo suyo, y me dice: “no tengas miedo, tienes una buena nota”. Era cierto.
¡Creeetino!


+Capuchino de Silos


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jueves, 27 de mayo de 2010

La crisis explicada fácil



"Ejemplo:
• Un señor se dirigió a una aldea donde nunca había estado antes y ofreció a sus habitantes 100 euros por cada burro que le vendieran. Buena parte de la población le vendió sus animales.
• Al día siguiente volvió y ofreció mejor precio, 150 por cada burrito, y otro tanto de la población vendió los suyos.
• A continuación ofreció 300 euros y el resto de la gente vendió los últimos burros.
• Al ver que no había más animales, ofreció 500 euros por cada burrito, dando a entender que los compraría a la semana siguiente, y se marchó.
• Al día siguiente mandó a su ayudante con los burros que compró a la misma aldea para que ofreciera los burros a 400 euros cada uno. Ante la posible ganancia a la semana siguiente, todos los aldeanos compraron sus burros a 400 euros, y quien no tenía el dinero lo pidió prestado. De hecho, compraron todos los burros de la comarca.
• Como era de esperar, este ayudante desapareció, igual que el señor, y nunca más aparecieron.
Consecuencias:
• La aldea quedó llena de burros y endeudados.
• Los que habían pedido prestado, al no vender los burros, no pudieron pagar el préstamo.
• Quienes habían prestado dinero se quejaron al Ayuntamiento diciendo que si no cobraban, se arruinarían ellos; entonces no podrían seguir prestando y se arruinaría todo el pueblo.
• Para que los prestamistas no se arruinaran, el Alcalde, en vez de dar dinero a la gente del pueblo para pagar las deudas, se lo dio a los propios prestamistas. Pero éstos, ya cobrada gran parte del dinero, sin embargo, no perdonaron las deudas a los del pueblo, que siguió igual de endeudado.
• El Alcalde dilapidó el presupuesto del Ayuntamiento, el cual quedó también endeudado.
• Entonces pide dinero a otros Ayuntamientos; pero estos le dicen que no pueden ayudarle porque, como está en la ruina, no podrán cobrar después lo que le presten.
El resultado:
• Los listos del principio, forrados.
• Los prestamistas, con sus ganancias resueltas y un montón de gente a la que seguirán cobrando lo que les prestaron, más los intereses, incluso adueñándose de los ya devaluados burros con los que nunca llegarán a cubrir toda la deuda.
• Mucha gente arruinada y sin burro para toda la vida.
• El Ayuntamiento igualmente arruinado y sin poder pedir dinero a los prestamistas para no endeudarse más.
Solución:
• Para solucionar el problema económico y salvar a todo el pueblo, el Ayuntamiento decidió bajar el sueldo a sus funcionarios.
• ¿Os suena de algo?"


+&


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Dedicado a mi esposo

Desde mi casa. Fotografía Capuchino de Silos

POR ESO LA POESÍA

La novela lo malo es lo que exige:
requiere un adulterio, asesinatos,
viajes larguísimos, curiosa coincidencia,
y un sinfín de avatares.
Los cuentos son más cortos.
Pero tienden a hacer de los protagonistas
insectos esquemáticos, pincharlos
con su alfiler a un corcho y colocarles
ingeniosas cartelas.
En cambio la poesía, la poesía lo da todo
sin pedir nada a cambio. Es increíble
lo poco que hace falta en un poema.
Que estemos juntos, por ejemplo,
en una tarde tonta, igual que tantas,
y que digas, de pronto:
“Qué suerte estar contigo” y que yo piense:
“Oírtelo decir es un milagro”.

Enrique García Máiquez



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viernes, 21 de mayo de 2010

Bellos recuerdos


Recuerdo mis días de colegio. Tenía yo nueve años entonces, amigas con secretos, y cromos, y chicle rosa de globos grandes bazookas, cuando en un patio inmenso, que parecía más una piscina sin agua que un patio, porque era un hueco enorme hacia abajo con escalera, jugábamos a no sé qué juego, dos bandos muy enfrentados. Enfrentados gracias a las dos monjas que jugaban con nosotras a la hora del recreo.


Yo pertenecía al bando de la hermana Anita. Abierta y comunicativa, de carácter alegre, con un enérgico temple, apasionada y entusiasta, intrépida y voluntariosa. No era muy alta ni tampoco muy guapa, sí, de mucha personalidad. Sus encantos atravesaban el hábito nada más mirarla y oírla. Por los pocos poros que dejaba ver a través de la toquilla, se adivinaba la alegría, espontaneidad y el carácter luchador, que hacía de nuestro equipo siempre el ganador. Por eso me gustaba ella. Los gritos, ¡ay Señor, esa pelota se escapa!, los tengo clavados en mi memoria. Gritando, corriendo y saltando sin parar, con el hábito balanceándose a la vez que se sujetaba la toquilla con las manos para que no se le cayese. La quise con la locura de niña pensando en ser monja. Por eso la escogí, porque quería ser como ella.


La hermana Adriana era diferente. Una Audrey Hepburn de gafas con hilos dorados sujetos a su sentido auditivo debajo de la toquilla. Intelectual, de cutis inmaculado, blanquísimo, de andares silenciosos, pausados y ademanes aristocráticos. Era toda dulzura y femineidad. Juntabas sus manos implorando al cielo en oración cuando el peligro amenazaba, pero ni corría, ni saltaba en busca de pelota alguna, ganando el cielo y perdiendo el partido. El otro equipo, o sea, nosotras, disfrutábamos ante la maldad de la derrota.


Se sabían queridas por nosotras porque moríamos por ellas. Los celos que les teníamos a nuestras monjas eran de aúpa. Raro era el día que no había bronca entre los dos bandos por defenderlas. Eran nuestras referencias para llegar a ser algún día como aquellas divinas mujeres de toquilla blanca, hábito marrón y escapulario.


Hoy me quedan muchas alegrías mostradas por ellas y la nostalgia de aquellos felices años de juegos y más cosas.


+Capuchino de Silos


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miércoles, 19 de mayo de 2010

El sueño de los domingos


El sueño de los domingos es cálido como el dicho en colorido, tranquilo y apacible, un exceso, como las tortitas de nata con miel.
El domingo te entregas al sueño como si se tratara de un primer beso. Los relojes se paran y no existen horas para dejar de soñar con los que se hallan en estado de inocencia. Gozas del sueño como si de una visión plácida se tratase y conviertes en nubes, los algodones y mantas que te envuelven.
Ya no hay plantas que regar, ni lienzo que pintar, ni cocina que barrer. Siguen con mi mismo sueño, soñando con un nuevo amanecer, sin prisas, no hay horas, hasta ir más allá del domingo, que es otra semana.
Antes, rezas a las almas del purgatorio para que no te despierten y con voz oculta en tu alma, le hablas al Dios de tus sueños y de tu sueño, qué alegría.
Y vas sintiendo como tus ojos son cerrados por alguien que te ama; y te ofreces como esclava suya rindiéndote enamorada y fiel, y te duermes en un estado de reposo y ensoñación, sabiendo que a Dios le gusta tu sueño.


+Capuchino de Silos


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sábado, 15 de mayo de 2010

Los escaparates de María


Nova Roma fue una pastelería-cafetería de Sevilla del, desprovisto de toda belleza, barrio de Los Remedios, dónde viví desde los seis o siete años hasta que me casé. En sus buenos tiempos, hacía las delicias de todos y se abarrotaba de señoras oliendo a chocolate en aquellos salones tapizados de madera con estrellitas doradas, y de señores a licor o café en mostradores de cristal, que hacían de vitrinas, atiborradas de deliciosa y apetitosa pastelería. Todos los lados y ángulos de las vitrinas, estaban revestidos de metal dorado (un “lujo” feísimo de la época), como los escaparates, a ambos lados de la puerta, a la calle Asunción, dónde se podía leer en letras, del mismo metal: Nova Roma

En la puerta de esa pastelería-cafetería, había una parada de taxis, una gitana que se iba a su casa en uno de ellos cada día, (eso decían los empleados de la cafetería), y un perro negro que dormía bajo las estrellas, de un aspecto de abandono espantoso, limosneando y vagabundeando igual que la gitana. Ninguno de los dos faltaba a su cita cada mañana.


Mi amiga María, que es decoradora, tenía enfrente de la confitería una preciosa tienda de decoración. El lugar de la tienda no podía ser mejor y además, tanto ella, como yo, viviendo en aquella época en Los Remedios, podíamos vernos casi todos los días a tomar café, a desayunar o tomarnos una cerveza en Nova Roma.


Un día de tantos, me pidió que la acompañase a un anticuario pues quería cambiar el escaparate central de la tienda que comprendía dos grandes ventanales haciendo esquina. La acompañé, y entre ella y yo, escogimos todo lo que nos iba hacer falta para decorar el dormitorio que posteriormente iría en ese escaparate. Colcha y dosel y cortinas de encajes, cajitas de cristal, joyero, cuadros, alfombras, portarretratos, lámparas. Objetos de decoración de todo tipo, de una calidad extrema y de muchísimo valor.

Era un sábado por la mañana, cuando por fin terminamos la tarea de la decoración del escaparate que quedó de auténtico dulce con las cortinas y la cama con dosel y colcha de delicadísimo encaje de Bruselas. Encontramos hasta una pequeñita mecedora antiquísima con cojín de brocados en tonos melocotón desvaídos que iba que ni al pelo y que entonaba con las suaves y primorosas alfombras gastadas por los años de pequeñas pinceladas color oro. Los cuadros y abaniqueras, lámparas y demás detalles, quedaron amorosamente colocados y nosotras felices con aquél romántico y lujosísimo espacio.


Fuimos a celebrar nuestra victoria a Nova Roma y al entrar, se nos acercó el mugriento y hambriento perro que nos miró con cara de súplica hambrienta y de apariencia y aspecto nada recomendable. Nos miramos mutuamente y sin articular palabra alguna, fuimos a comprarle dos latas de comidas que devoró en el acto en el cuarto de baño de la tienda. Lo sacamos de allí como pudimos, pero el animalito no se separaba de nosotras siguiéndonos a todos lados en señal de gratitud.


Nos olvidamos de él, se cerró la tienda a la una y media, hasta que el lunes, llegando María a la hora de abrir, no dio crédito a lo que sus ojos veían. Nunca los escaparates habían estado tan llenos de gente y pensó en el éxito que la decoración había tenido. Pero su sorpresa fue otra: el perro, mugriento y sucísimo, estaba a sus anchas durmiendo plácidamente en aquella cama con dosel, rodeado de encajes de Bruselas, con la barriga llena, dejando en la cama toda la suciedad que su cuerpo portaba y ajeno a lo que ocurría en el exterior.


María lo prohijó.



+Capuchino de Silos


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