No me escuchaba, y a
mí me llegaba un susurro muy tenue. Bajaba los escalones de prisa para salir al
jardín. Nos sentamos en el banco como solíamos hacer mirando las gauras blancas
y el macizo completamente florecido.
- No he oído lo que
has dicho, comencé a decirle.
- “Venga, Señor, el
tu reino; ven, Señor, por mí o manda llevarme a ti. Eso más o menos era lo que
te decía; lo leí y paré en seco porque tuve para todo el día. Eso era. Si te
das cuenta, todo en Él es bueno, no hay nada malo. Lo malo, lo terrible, lo
funesto, lo mortecino está en nosotros mismos. Él nos dejó todo un reino cuajado
de la más exquisita y delicada belleza; fuera de él, de ese maravilloso reino
no hay nada bueno que se pueda admirar con verdadera dulzura y ternura. No se
puede llamar buen cristiano el que de todo ese divino reino que nos dejó en
herencia, esté falto. Ese gran deseo, ese suspirar por tener esa riqueza que
está en su reino nace en el mismísimo jardín del alma; bien por conocer las maldades
del mundo y haberlas hecho volar para que se pierdan para siempre, o por haber gozado
de los deleites del mismo Cielo. Por eso te digo que, si tienes esos goces, ya
tienes lo que tanto deseas por esa gracia que de Él te llega.
-Tienes razón, le
dije. Mira esas flores. Todo es un misterio de color, sabiduría y amor. Con
esta delicia comienza todo un Tratado de ese maravilloso mundo que nos
pertenece. Si esta belleza la podemos saborear, ¿cómo será su Reino?
+Capuchino
de Silos
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