Debemos
guardarnos con toda cautela de los malos pensamientos, que son abominables al
Señor, según se lee en los ProverbiosSe llaman así, porque como dice el santo
Concilio de Trento, los malos pensamientos, especialmente los que son contra el
nono y décimo precepto, causan tal vez más daño al alma y son más peligrosos
que el mismo pecado consumado. Son más
peligrosos por muchas razones:Porque los pecados de pensamiento son
más fáciles de cometerse que los de obra. A los de obra les falta la ocasión
muchas veces; pero los malos pensamientos se tienen aun cuando no haya ocasión.
Además, cuando el corazón ha vuelto las espaldas a Dios,
está continuamente queriendo el mal que le deleita, y así comete
pecados sin número.
A
la hora de la muerte no se pueden cometer pecados de obra, pero pueden
cometerse de pensamiento, y es fácil que los cometa quien durante su vida se
acostumbró a fomentarlos en su imaginación. Y mucho más entonces, cuando son
más violentas las tentaciones del demonio, el cual; viendo que le queda poco
tiempo para engañar a aquella alma, la tienta con mayor fuerza y furor, como dice
San Juan en el Apocalipsis. Estando San Eleazaro en peligro de muerte, cuenta
Surio, que tuvo tales tentaciones y malos pensamientos, que dijo después de
haber sanado de la enfermedad; “¡Oh, qué grande es la fuerza del demonio a la
hora de la muerte! El santo venció las tentaciones, porque tenía la costumbre
de rechazar los malos pensamientos; pero ¡hay de aquellos que se han habituado
a deleitarse con ellos! El padre Segneri refiere, que hubo un pecador que se
acostumbró mientras vivió a deleitarse con los malos pensamientos: viéndose
próximo a la muerte, confesó sus pecados con verdadero dolor; pero se apareció
después de su muerte a una persona, diciéndole que se había condenado. Y
confesó, que su confesión había sido buena, y que Dios le había perdonado ya;
pero que antes de morir, el demonio le representó que sería una ingratitud si
curaba de aquella enfermedad, abandonar a cierta mujer que le amaba mucho, Él rechazó
esta primera tentación: vino la segunda, y consintió en ella, y ésta fue la
causa de haberse condenado para siempre.
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