Fue lo más dulce que
había conocido, lo más suave y apacible, lo más sosegado y cálido que derretía mi
alma. Era como un delicioso pastel recubierto de milhojas. No me atrevía a
moverme para no poner fin aquel encantamiento que nacía espontáneamente, sin esperarlo,
y que rompía todas las reglas de la cordura. La magia me encandilaba y me absorbía
sin usar palabra alguna y me obligaba a guardar quietud como queriendo que todas
las horas fuesen aquella. No soñaba. Las ondas iban deshilachándose despertándose
en la sombra y dejaba, por un instante, de ser dueña de mis propios pensamientos.
Un nuevo universo en el que él y yo... dejábamos el camino libre a esos puntos
suspensivos.
+Capuchino de Silos
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