La llamita roja que antes ardía,
volvía a encenderse en la oscuridad, en el silencio de la noche, en aquella
soledad de la iglesia.
Me
llamaba y salí rápidamente a su encuentro. Allí estaba esperándome lleno de
infinita bondad y misericordia.
Escuchaba
su voz amorosa que me invitaba para que me dejase ayudar por Él.
¡Jesús
había vuelto, Jesús vivía, estaba a mi lado; ahora, ahora mismo! Lo noté, lo
sentí y lo amé hasta no poder más.
Desapareció
la tristeza, la desolación, el desaliento de aquella dolorosa noche del viernes.
Él regresaba para devolverme la fe, la esperanza. Yo, recobraba la alegría. Me
dejé abrazar abriéndole mi alma y le dije, agarrándome fuertemente a Él, que quería
estar siempre atenta a su llamada para no perderme.
Que me
iba a encontrar con dificultades era cierto pero que quería serle fiel hasta en
los más pequeños detalles, responderle cada vez que me llamase, meditar y
profundizar en ese fatídico viernes donde encontró la muerte para no olvidarme
jamás.
Ya, con
mi Señor vivo, cualquier momento se me vuelve oración para acompañarle en la
soledad del sagrario.
En ese
rinconcito sombrío del altar me encuentro con Él a solas, de rodillas, a sus pies,
para reconocer mi pequeñez, para buscar su mirada, su perdón...
Capuchino de Silos
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