sábado, 2 de diciembre de 2017

Nuestra memoria BIEN ocupada.


Me decía que en Dios todas las cosas viven, y en nosotros parece algunas veces, como si muriesen o estuviesen muertas. Somos olvidadizos de nuestra alma. No retenemos; no nos interesa retener; ni siquiera parece que fuésemos imagen misma de Dios vivo. Somos como el que tiene el estómago enfermo y vomita el mejor manjar que come; es como si no retuviésemos en el estómago de nuestra memoria el manjar de su buena doctrina; poco provechosa y rica será ella.
Deberíamos, me decía pensativa, volver a vivir aquel precioso día en el que elegimos ser mejor, con mayor perfección, y acordarnos de atesorar aquellos bellos momentos dejando el mundo y su vanidad atrás; volver con Él, morir con Él; creceríamos de virtud en virtud, engrandeceríamos en méritos delante de Dios y cumpliríamos su mismísimo deseo. No debiéramos ser imagen falseada, cosa que es muy habitual.
La memoria debería ser para nosotros, el lugar donde está el tesoro de los que saben lo que quieren, la caja donde se guarda la verdad, el libro más vivo que no debe ser matado por el olvido. Dios no puede caer en nuestro olvido nunca y… ¡es tan fácil que lo olvidemos!
Con las palabras de S. Pablo podemos sentirnos aliviados: “Sólo Dios tiene inmortalidad y en Él viven todas las cosas” Nosotros tenemos la memoria muy débil.
Tengamos más en ella el deseo verdadero de Dios y no fingido, el que es grande y no pequeño, para que nuestro corazón pueda llegar a conocer que el Señor desea el alma que lo ama. Él continuamente la llama y nunca la olvida.
Ese debería ser el principio de nuestra alegría y de nuestra vida.
Desearlo y suspirar siempre por Él; ahora más que nunca; dentro de muy poco se hará pequeño.
No olvides que mañana empieza el Adviento y entra un tiempo precioso de esperanza



+Capuchino de Silos




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