viernes, 13 de octubre de 2017

En el parque




-Qué afortunadas somos. Me lo decía mi amiga mientras caminábamos por el parque en un día realmente precioso.
Nos fuimos a “las palomas” recordando otros tiempos de uniformes de colegio cuando íbamos al Parque de María Luisa los jueves por las tardes si no llovía. Siempre, desde niñas, nos gustó sentir el revoloteo de las palomas y el picoteo de sus picos en nuestras manos al darles de comer arvejones que nos vendían en los puestos de chuches.
-Qué felicidad poder disfrutar de tanta belleza y delicia.
Mira: ellas hacen su oficio. Vuelan, anidan entre palmeras, viven entre árboles, comen y duermen. Son santos animales que cumplen su misión cada día. Viven para Dios.
Cuando empiezas a hablar nadie te calla, le dije.
-Me gustaría tener ojos de paloma para no mirar maliciosamente a nadie; no mirar los males ajenos; ni siquiera imaginar los males que tuviere. Caemos, con frecuencia, en esas debilidades porque los hombres no somos como los ángeles; nos hacemos jueces de todo y todos en lugar de fijarnos en lo que nos puede aprovechar si lo hacemos con ojos de paloma. Todos los hombres tienen algo bueno que podemos aprovechar como virtud para nosotros. Deberíamos mirar sólo lo bueno y ponerlo sobre nuestro cielo particular como verdaderas estrellas. Unos tienen la virtud de la humildad, en otros brilla la pobreza, en otros la discreción, el respeto, en otros el menosprecio de sí mismo o la diligencia, en otros la ternura o la compasión. Todas las virtudes se verán repartidas como se presentan en las mejores joyerías las piedras preciosas. Todos y cada uno de ellos pueden ser verdaderos maestros para nosotros e imitarlos. Si sólo miramos los vicios y defectos de los demás, no sólo quedaremos ciegos, sino que dejaremos el caudal de las virtudes que pueden enriquecer nuestras almas.

-¡¡¡Ufff!!! Muy buena lección. ¿Algo más?
- No. Vamos a tomarnos un refresco.

+Capuchino de Silos




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