miércoles, 25 de octubre de 2017

El buen maestro




No era fácil para mí aceptar lo ocurrido, le dije. Me pasé mucho tiempo meditando y llorando después de aquello. El escarmiento me embargaba. Ya eran muchos.
He pasado, como tú, me decía, por momentos muy difíciles en mi vida y no termino de aprender por lo boniata que soy. Siempre me han dado “el palo” en el mismo sitio, y, lo peor es, que me lo siguen dando. Ya, lo único que hago es leer buenos libros y, que sean ellos los que me lleven a la meta para llegar sana y salva.
Te decía ayer que había que ser buen discípulo y saber escoger un buen maestro; pues bien. La llave de oro, la mejor de todas las llaves que existen, es encontrar un buen maestro que nos ayude a conocer y llegar a nuestro Destino. Un buen maestro, no hay duda alguna, que saca buenos alumnos; ellos mismos fueron, en su día, buenos discípulos. Saben cómo han de sembrar la simiente en el corazón de uno para que brote y cómo han de orar a Él con pureza de alma. Si el crecimiento de esa semilla no es bueno, difícilmente será bueno su desarrollo y todos los demás fines sin este, serían de muy poca utilidad. Si el espíritu de la piedad tiene una buena base es que el que instruye sabe sembrar para que de buenos frutos la planta. De ellos depende todo el bien que podamos recibir. La cosa en que más se puede desacertar o atinar es esta. No hay otra. Mal hace el que mal erra, que es lo que te ocurrió el otro día. El hombre no sabe cuál es lo mejor o peor y va dañando en lugar de ir enseñando virtudes. El pobre se fue formando sobre arena en lugar de cimentar su casa sobre roca que hace que ésta sea ninguna cosa buena y en lugar de adoctrinar daña el negocio propio y el ajeno. Digno de lástima es.
Recemos por él y su congregación.

¡Qué diría Santa Teresa!



+Capuchino de Silos