lunes, 25 de septiembre de 2017

Colores del verano.



Muchos años, quizás desde antes de nacer, decía mi amiga algo turbada por el comentario, estuvo rezando sin parar de rezar mirando fijamente a nuestra Señora y a su Santísimo Padre. Siempre los tuvo en su corazón con los ojos bien abiertos y ese recogimiento que debe tener todo cristiano que se precie. Ese recogimiento lo aprovechaba y lo aprovecha cada día y lo guardaba y guarda para sí muy bien escondido. Hoy, calla y esconde esa gracia porque sabe que a los que reciben esa gracia deben esconderla como un gran tesoro y cubrirla con los siete sellos para que nadie pueda abrir ese gran caudal. Sería de ser ingrato mostrar esos bienes celestiales y revelar las obras que regala Dios. Es mucho mejor guardarlos para sí.
Ese es el recogimiento que quisiera para mí, le contesté.
Si, pienso igual. Él va siempre delante de nosotros y regala esos granos de trigo que nace de la buena tierra bien abonada para que el fruto se multiplique en otros.
Por eso nos da Dios la gracia de hablar, la desenvoltura de las manos, la fuerza del cuerpo, y la claridad del entendimiento, para que usemos esos dones que es bueno para nuestra salud y el provecho del prójimo.
Tanta fue la caridad del Señor, siguió diciendo, que nos regala lo que conviene para el bien y la salvación de nuestras almas.
Con esas palabras seguimos caminando contándome todas las historias del sereno y luminoso verano.

+Capuchino de Silos