sábado, 1 de julio de 2017

Esas gracias...




Esas últimas palabras llegaron a mí con claridad luminosa y un ardor convertido en ternura.
Sí, dije yo. Esas gracias producen algunas veces, un gran descanso y amor; amor en retiro monacal; otras veces alumbran el ingenio; otras, una gran alegría; otras, abren las fuentes de los ojos que emanan aguas dulces de las fuentes del Señor; así, tantas y tantas gracias que gustan tanto que uno no puede resistir de emoción. Parece como si despertases de un bello sueño muy placentero. Si se comparasen con otros tiempos, estos, parecieran que fuesen muertos o manchados con trazas de carbón.
¿Te acordarás retener lo que te voy a decir? Me miró como si recordase algo importante.
Cuando sople ese aliento del Espíritu Santo, encendido con el amor de nuestro Dios deberíamos tener presente cuatro cosas. Cuando leí lo que te voy a decir se me quedó grabado para siempre.
Hay que formar muy bien las aficiones, limpiar las vivencias diarias, pulgar las palabras para que por ellas broten nuevos tallos y filtrar los pensamientos que son los que peores secuelas dejan en el alma.
Hallaremos entonces, muchas imperfecciones en todas nuestras obras, tanto exteriores como interiores que se han de ir depurando. Las intenciones se harán más rectas y las virtudes más refinadas y delicadas. Las palabras al prójimo más amables, y los pensamientos mucho más limpios y puros. Si queremos tener el medio, examinaremos el interior con Dios y el exterior con los hombres. 
Buenos, ¿no? Añadí yo.
Sí, claro. Así dispondremos nuestro entendimiento y nuestra voluntad para con todas nuestras obras; las tendremos presente como un precioso despertar de nuestras emociones diarias repletas de sangre que se cuelan por todos los poros, de calor, como una amenaza persistente en combate, y de luz que romperá el aire sombrío y lúgubre.



+Capuchino de Silos



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