viernes, 16 de junio de 2017

Seguir navegando.





En mi antigua casa, que es la de hoy, había un balcón tan lleno de flores que su caída era un manto de elogios. Alcanzaba la transparencia marina donde los niños jugaban sin ahogarse. Cuando estaba en reposo se llenaba de puntos de colores que flotaban sobre el agua inmóvil mientras el sol se balanceaba sobre su ladera haciéndole guiños a los árboles.
Fue tan real la historia, como el sueño inventado por la niña que fui cuando inventaba historias de niña.
Estaba escribiendo esto cuando ella llegó con su pelo recién lavado y tirante en la nuca con una cola.
Seguiremos navegando como ayer, me dijo con autoridad de soldado.
Sabemos que hay barcas que navegan por aguas dulces y otras que lo hacen por aguas saladas, como las mismas realidades que vivimos. Algunas son dulces y derraman lágrimas dulces como el almíbar, y otras tan penosas que derraman lágrimas como las almendras amargas.
Siempre, navegarás mejor en las aguas saladas, pero son más comprometidas que las dulces. Tienen muchos peligros y tanto mayor, cuántas lágrimas tiene su mar.
“Se hicieron ricos todos los que tenían naves en el mar”, apuntaba ella y el Apocalipsis.
En la barca que llevamos en nuestro viaje descansa Cristo, y mientras reposa y duerme, el mar se vuelve violento probando así nuestra confianza como hizo con los Apóstoles y la tempestad no cesa hasta que Él lo ordena como hizo con ellos.
Lo más juicioso es pedir socorro al Señor, como también lo hicieron ellos, y que nos salve poniendo serenidad y paz con el viento soplado por el Espíritu Santo.
Todo es como la cercanía de un viaje. La cercanía de todos los viajes que hacemos en la vida


+Capuchino de Silos