jueves, 8 de junio de 2017

La misma Voluntad.



Trabajar para el Señor, me decía, era trabajar sin límites de horas. 
Todas las horas debería dedicárselas a Él en paciente y cuidadosa artesanía. Esas horas se llenarían de gozo espiritual, poniendo todo, todo, en sus benditas manos; sabiendo, que, su ayuda, haría nuestro trabajo más bendito y virtuoso. Que su ayuda nos acompañaría en todo instante y sería como un sueño para despertarnos después, en la Eternidad.
Me dijo, que deberíamos estar siempre bajo sus órdenes como buenos soldados, que es lo que somos, ante el superior, el Jefe. Él, sería nuestro Caudillo al despertar, y nuestro colofón, al descansar; obedientes sólo a Su bendito corazón. 
Era la Academia militar Divina; los pasos, como buena hija de militar que soy, siempre, bajo Sus santas y justas órdenes. La abnegación, los sacrificios, los deseos caprichosos que fuesen guardados; bien guardados y olvidados. La recompensa era: una vida muy superior a las demás y la verdadera felicidad en este mundo y LA VIDA ETERNA. No vivas, me dijo, nada de fantasía, que eso sería caer en un pozo muy negro y vivir una auténtica locura. Si la cumbre era muy alta que tuviese que subir y subir, habría que seguir al Jefe obedeciendo sus consejos que, sin dudar, eran los mejores. Lo más importante sería hacer su divina voluntad, amarla y cumplirla lo más rápidamente posible en una sumisión perfecta; así recogería las flores más preciadas, delicadas y exquisitas que humildemente brotaran de la misma rama.

“Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace”..., para formar una sola voluntad. Que en eso consistía la virtud del alma.



+Capuchino de Silos





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