viernes, 30 de junio de 2017

La gracia, esa fruta dulce.




Venía hablando y andaba deprisa; el silbar del viento hacía imposible oírla. Las últimas palabras sí pude escucharlas. Tengo poco tiempo; a media tarde médico y comprar ciruelas. Era casi telegráfico. Lo dejamos para mañana, le dije. ¡Imposible! El Señor está antes que nada y este momento le pertenece.
Graciosamente, como si se tratase de una exquisita bailarina, se colocó en el tronco del árbol que había en el jardín invitándome a sentarme.
Los deseos de la divina dulzura convierten a muchos pecadores comenzó a decir, pues no hay nada imposible para nuestro Dios y Señor. Inclusive, hoy, muchos de ellos estarán en el infierno, aunque, anteriormente, hubiesen sido amigos y hayan tenido grandes goces, su caridad y su gracia.
¿Me quieres decir, continué yo, que Dios me puede enviar al infierno pues lo merece la multitud de pecados cometidos a lo largo y ancho de mi vida? Me quedé muerta.
A mí, le dije, Dios me da cada día nueva gracia, pero sin conocimiento alguno. Esa gracia es como si fuese un melón sin catar, me lo deja guardado secretamente para que solamente me llegue su aroma. Imagino que eso mismo hará con tantas almas que finalmente caen entre las llamas del fuego eterno porque no saben qué hacer. Te las tienes que averiguar tú sola. Su ayuda es el melón que te ha dejado lleno de pepitas, que, además, tienes que tirar a la basura y no tienes a nadie que te ayude a seleccionar cuál es buena y cuáles no. Son muchos los melones y muchas las pepitas.
Mientras más te murieres y perecieres, tanto mejor, dijo resuelta. Es entonces cuando tu alma se encontrará aliviada del peso, aunque el cuerpo pueda desfallecer. Todas las cosas que ocurren vienen de la mano del Señor y no queramos saber qué cosas son las que causan más o menos cansancio en nosotros. Debemos confiar plenamente en Él y soportar el peso de los melones. Él llevó la cruz mucho más pesada. Además, tenemos su ayuda que, en ningún momento, nos faltará. Si esto no lo hacemos así, perderemos toda la gracia que nos deja cada día. Debemos poner en ella los ojos para conocerla, nuestras manos para abrazarla, nuestros oídos para obedecer, nuestra boca para gustarla y nuestro cuerpo y nuestra alma para recibirla.


+Capuchino de Silo


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