domingo, 25 de junio de 2017

El panal




Las calles viven solitarias. Hay mucho silencio. El sol cae sordo, mudo y seco con un calor de justicia como único amigo. No deja respirar y sientes apretar mil ideas que fluyen de un lado a otro como perdidas en una piedad inexistente. La ilusión en peligro. Pero..., nada puede gustar más que no poder respirar en ese momento, sabiendo vas a compartir ideas que aprisionas con esa amiga firme como una roca para poder beber esa última gota del último libro que tiene entre sus manos y las mías.
La veo llegar sofocada y jadeante. Entramos en su portal que es todo arte en estado puro, fresco y sombrío.
Con un recogimiento que me llega emocionante, cierra los ojos para volverlos abrir; me mira y susurra dulcemente: la ternura, la delicadeza y el deleite de las cosas celestiales, es uno de los dones del Espíritu Santo que guarda para sus amigos. Si entre todas las virtudes, la caridad es la principal, la sabiduría se cuenta entre los dones como el más importante. Es la que da de comer a las almas que viven suspirando por la vida eterna. Reconforta y tonifica el alma. El gusto de esas cosas espirituales que da el Espíritu Santo es señal de vida eterna, es señal de su gloria. Es un pequeño desayuno reconfortante a los que trabajan para el Señor como gota de miel -me mira y guiña un ojo- con el palo de la cruz para pelear entre las bestias y animales feroces que nos encontremos. Ese gusto espiritual es el reino de los cielos, el cual debemos comprar con buenas obras. Vemos como vende Dios para luego pagar. Nada más nos dará; nada más, hasta que acabe nuestra vida terrenal. Será suficiente, nos bastará; eso es seguro. Sería como un panal; proseguía: la cera para alumbrarnos y poder ver a Dios. La miel, que tanto gusta, que nos mantendrá, corresponde al deleite, a ese gusto espiritual…Los vasitos de la miel donde se retiene la miel. Si estos vasitos se rompiesen la miel se iría con ellos. Me miró. Esa gota de miel que tanto gusta se la da el Señor a quien la merece, a quien la solicita, a quien la ruega.
Nos sentamos. 
Ese rato, sabíamos, no nos pertenecía a ninguna de las dos.


+Capuchino de Silos


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