domingo, 11 de junio de 2017

El guardián



Pon atención, seguía diciendo, escucha con los oídos del alma y no apartes un solo instante sus benditas palabras y pensamientos que llegan para dar vida y sustancia al espíritu; ellos son como letras que quedan grabadas con piedras preciosas para poder guardarlas con el mayor celo posible; de ellas procede la vida, la revelación celestial, la mejor doctrina; es como la lumbre que resplandece en un lugar oscuro; es la mejor herencia que un padre puede dejar a un hijo. De esos pensamientos o palabras, se puede hacer un bello libro para tenerlo siempre delante y que no sea necesario tener ningún otro. Hay que guardar su enseñanza en el corazón como el guardián hace con el palacio. El guardián lo cerca poniendo tres refuerzos en él: la castidad contra la carne; la limosna contra el mundo y lo más hermoso que existe, el amor, la compasión, la misericordia, la caridad y tantas otras virtudes, contra el demonio, que siempre está al acecho para derribarlo. Así es como el guardián protege su palacio.
Seguía hablando, con cara de preocupación ésta vez; hay que ser como esos guardianes. Ser la defensa férrea, el guardián antipático y fastidioso; proteger con bravura hasta el pasadizo para que nadie ose entrar.
Ese oculto palacio no es otro, decía con ardor, que el corazón.
Mucho cuidado con el pensamiento, prosiguió, que es como la raíz del árbol; si el árbol es bueno, el fruto será bueno; si fuese malo su fruto sería más malo que el mismo diablo. Se requiere mucha atención y tener bien abierto los ojos contra esos espíritus dañinos; hay que cerrarles las puertas con empeño, mucho empeño.

Si el palacio tiene alguna rendija abierta que sea para recibir el aire divino y que se puedan escuchar sus benditos silbidos.



+Capuchino de Silos




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