sábado, 17 de junio de 2017

Con temor y temblor.




Quisimos salir muy temprano porque la temperatura solía ser más que agradable. Así en las primeras luces de la mañana no nos sofocaríamos a las horas de calor. Ya los árboles a esas tempranas horas parecían pintados y las hojas más pequeñas parecían escaparse como hacen los niños cuando juegan.
Todo era perfecto. Un bellísimo cuadro lleno de misterio. La mañana brillante, el cielo, los árboles, el silencio, la quietud; todo, hasta el rumbo que tomábamos. ¿Alguien podía saber lo que iba a suceder ese día? Era un auténtico misterio lleno de sorpresas por resolver.
En esa navegación de nuestra vida, comenzó a decir..., las velas serán nuestros deseos que deben ser muy puros y muy limpios, porque…sólo los limpios de corazón verían a Dios, y con ese deseo llegar a nuestro puerto final. El mástil de nuestro navío el amor divino, tan fuerte como un árbol de cedro incorruptible, hermosísimo y perfecto. A ese mástil se le atan las cuerdas de la amistad y la concordia. No perder de vista la manecilla de la brújula que es la fe por la que se maneja el timón que manda y gobierna nuestro navío. La cuerda que lo tantea es la prudencia que nos asegura el bienestar del viaje para que sea sereno, reposado, tranquilo. 
Sin embargo…, llegando a éste punto, hizo una pausa, se quedó muy seria y dijo: pero no habrá lugar para los miedosos.
Temblé cuando terminó la frase.
No, no temas, dijo de repente en tono alegre. Nos dice que, en toda ocasión, estará en medio de nosotros. Ahora hablaba muy convencida: nos advierte, que, si el hombre es asustadizo, apocado y de poco corazón…, que vuelva a su casa.


+Capuchino de Silos



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