martes, 28 de marzo de 2017

Palabra con mayúscula.




“Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así mi Palabra que sale de mi boca: no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumplirá la misión que yo le confíe (Is, 55, 10-11)
“Lo peculiar de esta palabra viva es que se trasmite de padres a hijos. (…) Esta es la vía normal para llegar al despertar del corazón y a la oración. No se la aprende a solas. Se la aprende de otro, se la percibe sobre un rostro, se la oye palpitar en un corazón, que vive, irradia vida y despierta a otros a la vida.
En esta dirección espiritual, la tradición alcanza su punto culminante, pues aquí se hace con toda verdad transmisión existencial: espíritu y vida engendrados en otro. Este contacto vivificante con un padre espiritual en el sentido pleno de la palabra –entiendo por tal un padre que esté el mismo llevado por el Espíritu Santo y que pueda él mismo asistir y acompañar a los otros en el Espíritu Santo- , es un momento esencial en el camino que conduce a la plegaria. Es, a la vez, testimonio y diálogo. Testimonio, porque el padre espiritual da cuenta al hijo de la vida que el Señor ha desarrollado en él: dice la palabra de Dios y la transmite. También diálogo, porque el hermano, a su vez, da cuenta a su padre de sus propios deseos espirituales.(…) El padre espiritual es el lazo viviente con la tradición. A su vez interpreta la Palabra. En la transmisión de su experiencia, la Palabra encuentra una vida nueva. En ella comprendemos nuestra vocación y la voluntad de Dios sobre nosotros. La oración queda así preservada de la ilusión. Según los antiguos textos, el padre espiritual debe ser pneumatóforo, es decir, portador del Espíritu. En el Espíritu Santo capta el misterio de la plegaria. Está familiarizado en el más alto grado con las palabras de la Biblia, que para él son ya “espíritu y vida”: nos ayuda a percibir en nuestro corazón el eco de esta Palabra. Lleno de amor y respeto por la obra del Espíritu de Dios nos sensibiliza a sus instigaciones interiores, y, pacientemente, las hace dar fruto en nuestra vida. A la vez es padre y madre, y también hermano, al mismo tiempo que el más precioso amigo, que sabe sufrir con nosotros y llevar el peso de las tentaciones que-según la descripción de Pablo- sufre dolores de parto hasta que Cristo es formado en nosotros. Es alguien cuya pacífica fe desata nuestras dudas y dificultades: es, en fin, el lazo vivo entre Cristo y nosotros, testigo, a nuestro lado, de su amor.
(…) …ejercer una Paternidad-según-el-Espíritu es transmitir la Palabra y acompañar su crecimiento. No hay que subestimar la importancia de esta transmisión de esa Palabra porque es la que hace llegar hasta nosotros la Palabra de la Creación que dio el ser al universo entero. Ella es el eco de la primera palabra que Dios profirió sobre el mundo, el día que la luz de los comienzos apareció en las tinieblas. Todavía hoy es Palabra original y Palabra del Génesis. Dichoso el que de la boca de su padre espiritual ha podido oir como resuena en sus propios oídos la palabra original: este lleva ya el mundo nuevo en su corazón.”


André Louf. 


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