lunes, 30 de octubre de 2017

Buscando la gracia




Continuábamos, esta vez, muy cerca de casa, y se paró sin prisa alguna para seguir hablando de los sabios maestros.
-Desde muy pequeña me enseñaron a buscar la gracia que da el Señor a los que son buenos sacerdotes. Se aprecia de lejos. Las buenas y sanas costumbres que tengan lo suplen todo; suplen hasta las canas. Todas esas gracias cubren el halo del que es buen maestro de vocación. Lo decía con desparpajo y sin temor alguno. Yo estaba de acuerdo. Ella continuaba: han de dar muy estrecha cuenta a Dios de todos sus actos y lo saben plenamente. ¿comprendes? Cada día reciben bendiciones especiales del Altísimo y el que lo ama de veras, lo ama en cada aliento de su cuerpo. Saben enseñar. Están colmado de la gracia más santificante.
Le respondí muy bajito: es como el que no sabe pintar; difícilmente puede enseñar a hacerlo. ¿No?
SÍ. El que nunca tuvo silencio o vivió el recogimiento plenamente, puede dar consejo sobre él; al contrario, hará mucho daño y hasta dirá una cosa por otra, como te ocurrió a ti con aquel que me comentaste. Si la boca no habla de la abundancia que hay en el corazón, jamás podrá aconsejar al corazón de nadie.
Continuaba sin prisa alguna y casi sin escuchar.
Muchas veces, la mayoría, te puedes sentir perdida y has de buscar y rebuscar entre tus libros las respuestas que el corazón pregunta, o tener en ese momento a mano al maestro que diga como el Apóstol: “No oso hablar cosa que Cristo no obra en mí” Rom 15, 18.
Verdad es, que unos tienen unas virtudes y otros tienen otras. Pero el sabio, el que está “tocado” de la mano de Dios es diferente. Es de Dios y se aprecia, se nota. Otros, en su humildad más tímida, te pueden decir: esto mejor lo sabes tú. Pero el alumno deseoso de Dios tiene su alma siempre abierta para recibir de su maestro todo consejo y pone en él toda su confianza, pensando que si sigue esas lecciones sabias recibirá de Dios los mismos dones que tiene él.
¿Crees que esto último es de alabar o de criticar?
De alabar, sin la menor duda. ¿Lo pones en duda?



+Capuchino de Silos



.





miércoles, 25 de octubre de 2017

El buen maestro




No era fácil para mí aceptar lo ocurrido, le dije. Me pasé mucho tiempo meditando y llorando después de aquello. El escarmiento me embargaba. Ya eran muchos.
He pasado, como tú, me decía, por momentos muy difíciles en mi vida y no termino de aprender por lo boniata que soy. Siempre me han dado “el palo” en el mismo sitio, y, lo peor es, que me lo siguen dando. Ya, lo único que hago es leer buenos libros y, que sean ellos los que me lleven a la meta para llegar sana y salva.
Te decía ayer que había que ser buen discípulo y saber escoger un buen maestro; pues bien. La llave de oro, la mejor de todas las llaves que existen, es encontrar un buen maestro que nos ayude a conocer y llegar a nuestro Destino. Un buen maestro, no hay duda alguna, que saca buenos alumnos; ellos mismos fueron, en su día, buenos discípulos. Saben cómo han de sembrar la simiente en el corazón de uno para que brote y cómo han de orar a Él con pureza de alma. Si el crecimiento de esa semilla no es bueno, difícilmente será bueno su desarrollo y todos los demás fines sin este, serían de muy poca utilidad. Si el espíritu de la piedad tiene una buena base es que el que instruye sabe sembrar para que de buenos frutos la planta. De ellos depende todo el bien que podamos recibir. La cosa en que más se puede desacertar o atinar es esta. No hay otra. Mal hace el que mal erra, que es lo que te ocurrió el otro día. El hombre no sabe cuál es lo mejor o peor y va dañando en lugar de ir enseñando virtudes. El pobre se fue formando sobre arena en lugar de cimentar su casa sobre roca que hace que ésta sea ninguna cosa buena y en lugar de adoctrinar daña el negocio propio y el ajeno. Digno de lástima es.
Recemos por él y su congregación.

¡Qué diría Santa Teresa!



+Capuchino de Silos

martes, 24 de octubre de 2017

El consejo.


De nuevo, por ser domingo, nos fuimos al parque.
Le conté lo que me ocurrió el día anterior; era el segundo resbalón que daba en aquel sitio.
Ayer precisamente, comenzó a decirme, leía que siempre hemos de tener como maestro aquel que más nos convenga a cada uno. Tenemos necesidad de aprender lo que no se sabe; buscar quien pueda enseñarnos y huir de los que no aportan ninguna riqueza; sentir la necesidad de buscar virtudes. Estar atentos con los oídos del alma, tenerlos bien abiertos e investigar el consejo del más sabio.
Me equivoqué, le dije. No tenía que haber ido.
Comprendo cómo debes sentirte cuando en el lugar del sabio/maestro/confesor, te encontraras con un mameluco alejado de Dios.
Por eso es tan necesario el recogimiento y leer buenos libros. El recogimiento mueve mucho el corazón y lo que no halles en los libros lo encontrarás en ese buen maestro/confesor/director o como lo quieras llamar. Después será el maestro divino quien ponga esa pizca de sal que le falte al guiso y tener a Dios en todo momento. Pedirle que enderece nuestro camino, que podamos recogernos y apartarnos de esas personas que son fulleras, engañosas y embusteras. Con ese pequeño lote de conflictos sería muy difícil encontrar la paz que el alma necesita para tener a Dios con nosotros.  
Hay que generar un amor entre discípulo y maestro, que casi como a Dios, has de temer y amar al mismo tiempo para no ofender al verdadero Maestro y como a Él obedecer en todo momento.
Si queremos ser verdaderamente buenos discípulos debemos buscar quien nos lo pueda enseñar tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. No creamos que por nosotros mismos pudiésemos encontrar nada. El camino a la obediencia es la senda más eficaz y real que nos puede llevar a lo más alto de la escalera dónde el Señor nos espera y encuentra. No menospreciar ser un pequeño discípulo, aunque seamos viejos y la persona que te enseñe sea tan joven que pudiese llegar a ser casi un niño. Ahí está la verdadera virtud de la humildad.

Siempre lo haces fácil, pero no lo es, le contesté.

Terminamos en un vivero comprando preciosas flores.




+Capuchino de Silos





.

viernes, 13 de octubre de 2017

En el parque




-Qué afortunadas somos. Me lo decía mi amiga mientras caminábamos por el parque en un día realmente precioso.
Nos fuimos a “las palomas” recordando otros tiempos de uniformes de colegio cuando íbamos al Parque de María Luisa los jueves por las tardes si no llovía. Siempre, desde niñas, nos gustó sentir el revoloteo de las palomas y el picoteo de sus picos en nuestras manos al darles de comer arvejones que nos vendían en los puestos de chuches.
-Qué felicidad poder disfrutar de tanta belleza y delicia.
Mira: ellas hacen su oficio. Vuelan, anidan entre palmeras, viven entre árboles, comen y duermen. Son santos animales que cumplen su misión cada día. Viven para Dios.
Cuando empiezas a hablar nadie te calla, le dije.
-Me gustaría tener ojos de paloma para no mirar maliciosamente a nadie; no mirar los males ajenos; ni siquiera imaginar los males que tuviere. Caemos, con frecuencia, en esas debilidades porque los hombres no somos como los ángeles; nos hacemos jueces de todo y todos en lugar de fijarnos en lo que nos puede aprovechar si lo hacemos con ojos de paloma. Todos los hombres tienen algo bueno que podemos aprovechar como virtud para nosotros. Deberíamos mirar sólo lo bueno y ponerlo sobre nuestro cielo particular como verdaderas estrellas. Unos tienen la virtud de la humildad, en otros brilla la pobreza, en otros la discreción, el respeto, en otros el menosprecio de sí mismo o la diligencia, en otros la ternura o la compasión. Todas las virtudes se verán repartidas como se presentan en las mejores joyerías las piedras preciosas. Todos y cada uno de ellos pueden ser verdaderos maestros para nosotros e imitarlos. Si sólo miramos los vicios y defectos de los demás, no sólo quedaremos ciegos, sino que dejaremos el caudal de las virtudes que pueden enriquecer nuestras almas.

-¡¡¡Ufff!!! Muy buena lección. ¿Algo más?
- No. Vamos a tomarnos un refresco.

+Capuchino de Silos




 .  

lunes, 25 de septiembre de 2017

Colores del verano.



Muchos años, quizás desde antes de nacer, decía mi amiga algo turbada por el comentario, estuvo rezando sin parar de rezar mirando fijamente a nuestra Señora y a su Santísimo Padre. Siempre los tuvo en su corazón con los ojos bien abiertos y ese recogimiento que debe tener todo cristiano que se precie. Ese recogimiento lo aprovechaba y lo aprovecha cada día y lo guardaba y guarda para sí muy bien escondido. Hoy, calla y esconde esa gracia porque sabe que a los que reciben esa gracia deben esconderla como un gran tesoro y cubrirla con los siete sellos para que nadie pueda abrir ese gran caudal. Sería de ser ingrato mostrar esos bienes celestiales y revelar las obras que regala Dios. Es mucho mejor guardarlos para sí.
Ese es el recogimiento que quisiera para mí, le contesté.
Si, pienso igual. Él va siempre delante de nosotros y regala esos granos de trigo que nace de la buena tierra bien abonada para que el fruto se multiplique en otros.
Por eso nos da Dios la gracia de hablar, la desenvoltura de las manos, la fuerza del cuerpo, y la claridad del entendimiento, para que usemos esos dones que es bueno para nuestra salud y el provecho del prójimo.
Tanta fue la caridad del Señor, siguió diciendo, que nos regala lo que conviene para el bien y la salvación de nuestras almas.
Con esas palabras seguimos caminando contándome todas las historias del sereno y luminoso verano.

+Capuchino de Silos




jueves, 27 de julio de 2017

Volviéndote ángel.




Venía hacia mí casi corriendo y nada más sentarse a mi lado dijo: “El que no recoge conmigo, derrama”
Qué querrá decir, me pregunté. Estaba sentada en la arena mirando como jugaban unos niños en el mar, y lo que menos podía imagina es que saliera con aquello; pero siguió hablando y hablando sin parar.
Lo recogido que es el recogimiento, siguió diciendo. No es para que uno pierda las fuerzas, ni llegue a desmayarse, sino para que se ciña de fortaleza; para que el brazo, la mano y los dedos aprieten bien el lienzo y se cojan las hebras de una en una. Es un ejercicio; ir recogiéndote, poco a poco tú y esos deseos buenos que están dentro de uno.
Ahora te estoy entendiendo, le dije. Es como recoger el corazón. Sería la mejor señal que la gracia que se recibe, va depositándose en el alma y va lanzando al aire lo superfluo y lo inútil. Sí, se debe frecuentar la meditación o recogimiento (como tú lo llamas), porque en lo más íntimo de nuestro corazón sale el goce, la alegría, la delicia, la misma gloria. Nadie se hace experto en ningún arte si no lo frecuenta y cuanto más se frecuenta, más entendido se hace, porque la ciencia nunca acaba de llegar.
Eso. Si queremos edificar la morada de la meditación se debe hacer ese intento que aprovechará mucho el alma. Decía el libro, que en el monte de Betel, (que quiere decir casa de Dios), hay muchas moradas y la más baja es la de cada uno.
Hasta en la labores de casa y manualidades, podemos estar recogidos, como están los monjes cuando están de rodillas en lugares alejados y secretos. Es lo mejor cuando estamos con menos devoción. Recogerse en cualquier lugar, pues se gana fortaleza y poco a poco te vas volviendo ángel.
Entendí sus primeras palabras. Eran del Señor.



+Capuchino de Silos




.

martes, 25 de julio de 2017

Un 7 de Mayo




Hoy recordé, como tantos otros días después de Misa, aquella mañana del 7 de Mayo.
Tenía 7 años casi recién cumplidos.  Las monjas del colegio nos habían estado preparando para hacer la Primera Comunión… y hoy, y tantos otros días, recordaba ese momento único que viví sabiendo quién era mi Dios y Señor que iba a recibir en mi corazón; comprendía ya, el por qué en casa se comentaba que era el día más importante y más feliz de mi vida. Era, nada más y nada menos que Dios el que se hacía pequeño, sin dejar de ser grande para poder entrar en tantos corazones y, que, por esas cosas de Dios, siempre, desde entonces, tuve la certeza que cada día en las Misas se obraba el maravilloso gran milagro.
Aquella mañana de Mayo, se estrenaba un aire nuevo de pureza blanca como la Sagrada Hostia, porque bajaba Cristo a las almas de aquellas chiquillas con velos y trajes blanquísimos como blancas eran todas sus almas.
Soñaba, como sueñan las niñas, con ese velo de tul largo y traje de organdí blanco lleno de jaretas, como las verdaderas princesas de cuentos que iban a recibir a su Rey; guantes estrechísimos que alargaban sus deditos para sostener un misal de nácar con cantos dorados, precioso, y el santo rosario. Todavía los conservo.
Mi madre, que lo adivinaba todo, sabía lo que yo podría sentir por dentro en aquellos días previos y lo que quería a mis siete años cumplidos dos meses antes. Lo había dejado todo en manos de ella porque lo sabía al dedillo.
Pero todo no podía ser perfecto. Amanecí con el ojo izquierdo (tenía que ser el izquierdo), con un orzuelo gordo como un garbanzo, lleno de supuración, que me hinchó el carrillo y me lo puso rojo como un tomate. Cuando me miré al espejo comencé a llorar como una Magdalena y me negué a hacer la Comunión en semejante estado. “Voy a ser la más fea” le decía a mi madre. Las madres que están en todo, me puso compresas de manzanilla y me alivió con sus preciosas palabras piadosas convenciéndome y haciéndome olvidar el dolor y el disgusto.
Sonaba el órgano y el coro del colegio cuando en una fila perfecta entrábamos de dos en dos en la preciosa capilla toda iluminada; cabeza y ojos bajos, manos juntas sosteniendo el misal de nácar y el rosario. Era una turbación tan grande que mis ojos manaron las primeras lágrimas de piedad. ¡Qué emocionante y piadoso acto de amor al Señor! Lo recordaré siempre.
La fila caminaba hacia el altar mayor con nerviosismo, timidez y deseo. Era mucho mi deseo, lo recuerdo. Todo iba saliendo como la monja de turno nos había enseñado anteriormente; la respiración tenía que ser lenta y casi no rozábamos los zapatos con el suelo al caminar para que no se percibieran nuestros andares; al llegar a nuestros respectivos lugares, antes de entrar en los bancos vestidos igualmente de blancos, se hacía la genuflexión de dos en dos, con un pequeño movimiento de cabeza hacia abajo y nos colocábamos de rodillas en nuestros lugares. Unas íbamos hacia la derecha y otras hacia la izquierda en orden riguroso. Yo, quedé la penúltima del segundo y último banco por mi altura.
Recuerdo que la capilla olía diferente a los demás días. Todos los cirios del altar estaban encendidos y a mí me parecía que era incomparable, inmenso, irrepetible como mamá me había repetido tantas veces. Los nervios se calmaron cuando comenzó la Santa Misa y me encontré muy encogida como un caracol en mi sitio, sin moverme, con las manos muy juntas sin quererlas separar;  una suave ternura llegó a mí en el momento ansiado del gran misterio de la Sagrada Comunión.
Recuerdo, como si fuese ayer, el momento de la Comunión. No se me olvidará nunca. Me arrodillé en el reclinatorio blanquísimo con mucha devoción y vergüenza. Al principio hice un largo silencio para que el Señor se acomodara y empecé a pedirle mucho, mucho, y por muchos.
Recé hasta que me dejaron. 
Acabó la Santa Misa y fuimos saliendo hacia el patio con otro orden menos riguroso.


+Capuchino de Silos


.



domingo, 23 de julio de 2017

El reino color mostaza.


"Además de semillas de mostaza, nubes, gallinas, peces, lirios, puertas y arados… solía darnos a probar cortezas y auroras, cebollas y gaviotas, faros, acantilados, rizos de pelo, almendras y aljibes; ovaladas gotas de lluvia pendiendo de un alero, minuciosas nervaduras de hojas o las rosadas encías de algún felino.
Cada una de estas palabras en su Boca no era inferior al Universo. Y cuando las enhebraba juntas, cuando leía el poema completo, de corrido, surgía inmenso y majestuoso el diminuto Reino color mostaza, como lúdicamente gustábamos llamarlo sin que Él lo tomara a mal.

No es que Él, ingeniosamente, inventara analogías, como quien asocia el relinchar de un potranco con la rompiente de una ola. La invención era inversa en todo caso: cada veta de madera hecha por Sus increadas Manos había sido pensada, diseñada y elaborada en orden a expresar el Reino. Había gramática y sintaxis en la elección de cada textura, de cada aroma, de cada color…
Y de ese intenso y extenso poema cósmico emanaba un sinfín de perfumes y sabores, que había que aprender a catar y a deletrear. En muchas expresiones se daba una sutil fragancia a “todo termina bien”. En el paladar, incontables signos avisaban “hay lágrimas en las cosas”. Como era inevitable percibir el “¡cambia tu vida!” modulado desde un cielo rojizo o una nieve impoluta.
Pero por sobre todo, cada piedra, cada rostro, cada viento, cada fuego cantaba la Gloria de Dios, su Amor desmesurado y gratuito.
Las clases de cata con frecuencia se arremolinaban en un asunto que al Señor le importaba mucho y que no nos resultaba fácil captar… Se trataba de un sabor, de una astringencia delicada, muy difícil de verbalizar. O, antes que eso: difícil de percibir.
Era el sabor del infinito diminuto. Una extrañísima y paradojal amplificación sin límites por encogimiento, por achicamiento. Como una implosión que deviene inmensidad. Enormidad infinitesimal…
Y todo esto lo podía decir paladeando la flor de una violeta, un pompón de panadero o lo que era su varietal favorito: unos inasibles granos de mostaza".
Diego de Jesús. El reino color mostaza.


+&



.

domingo, 16 de julio de 2017

El recogimiento




Todo esto es justo lo contrario al recogimiento; después de estar leyendo sobre él, no hay nada más hermoso que poderlo vivir; así que hacerse ermitaño debe ser cosa muy buena y sana. Seguro que sí, pero en otro lugar dónde se puedan guardar los sentidos.
Se lo pregunté a mi amiga allí donde se encontraba; no me respondió y tomé la palabra.
Recoger los sentidos en éste lugar y en ésta época, le dije, es como querer que por la mañana salga la luna.
El sol está radiante, el mar busca los mejores colores para estar bellísimo, las plantas lucen con todo su esplendor… así que, buscar un lugar oscuro, recoger los sentidos y cerrar las ventanas por no derramar los ojos, es… ¡imposible!, querida.
Estos días he tomado el libro y leyendo estaba sobre el recogimiento y desear ver a Dios con el corazón. Fácil lo tenían Isaac y Elías, le dije, que se iban al monte para huir de las gentes donde no había ni discordias ni contrariedades.
El recogimiento lleva a la devoción, buscar la perfección en las virtudes y llegar estrechamente a Dios. Es lo antepuesto a los reinos y las riquezas. No se le puede comparar con nada; ni siquiera con las piedras preciosas, porque, el mismo oro en su comparación es arena. Es más que la salud y la hermosura. Es luz que alumbra los sentidos y nadie puede apagar. El recogimiento es la madre de todos los bienes sin envidia alguna. Es todo un tesoro que usan los verdaderos amigos de Dios. Es un rosal de virtudes. Es sacerdote real para que los hombres se puedan ofrecer a Dios. Es un silencio que en el cielo de nuestra alma se hace. Es un servicio que se hace a Dios adorando su divina Majestad y sillón para que se detenga en nuestra casa interior a descansar. Es tienda de campaña para andar por el desierto. Es vaso de oro para guardar las delicias en nuestro pecho. Es valle donde abunda el mejor trigo. Es viña que se ha de guardar en vigilancia para poder gustar sus deliciosos frutos. Es huerto cerrado y sólo Dios tiene la llave para que entre cuando quiera. Es, entre otras muchísimas cosas, ascensión espiritual con Cristo.






+Capuchino de Silos



.

jueves, 6 de julio de 2017

El escondimiento




Hoy llueve sobre mi ciudad. El día amanece con aire fresco que apetece como cuando era invierno y despierta emociones de ayer opuestas y contrarias a las de hoy. Llueve como si fuese a morir alguien o en realidad haya muerto. No sé. A veces me despido de personas en vida porque pasan antes de pasar.
Pensando esto estoy, cuando surge mi amiga bajo un paraguas transparente, quizás, para no llamar la atención.
Con este paraguas me mojo, dice, porque el agua salpica al estrellarse en el plástico y algo, siempre, te llega. Pero no importa. ¡Qué día tan bello! Siempre me he dicho que el agua de la lluvia es la gracia que el Señor derrama sobre la tierra y me alegro. Siempre es mucha su gracia.
Hace un gesto para coger el libro y nos sentamos, pero es ella la que primero lee y continúa hablando. 
Finalizábamos el otro día con el secreto escondimiento. ¿Recuerda? ¡Claro que lo recuerdo!, le dije
El escondimiento, por lo visto, es un ejercicio. ¿Ves? Me mostraba el libro que estábamos leyendo. 
Por lo visto es un ejercicio dónde Dios se esconde en lo más secreto del corazón de nosotros. Allí se esconde Cristo con las almas, que son, más devotas. Con las suyas. Con las que más quiere. Allí, en su misma casa, en su mismo templo. En ese pequeño santuario que tenemos cada uno de nosotros es dónde nuestro Padre celestial ve lo que más le agrada de nuestra alma.  Cuando las puertas de los sentidos están más que cerradas y limpias, viene el Señor y es allí en ese profundo y escondido lugar, dónde dice Dios la palabra escondida de su secreta amistad.
Déjame seguir un poco a mí, le digo. 
Dios es una locura infinita. Una locura de amor para toda la eternidad. No nos podemos esconder de Él nunca, jamás; y está mucho mejor con nosotros cuando lo deseamos y cuando lo amamos desesperadamente. Está en el pesebre de nuestra conciencia como cuando nació. En el establo de nuestro corazón y nos esconde en ese escondimiento de una manera oculta bellísima. 
En realidad nos ayuda a que le amemos. ¿No crees? 
Como dicen en las novelas...
Continuará.
Siempre terminas tú, pero no me importa.


+Capuchino de Silos


.


lunes, 3 de julio de 2017

En recogimiento




Como me había dicho el día anterior, a mí también me marcó y mucho; tampoco se lo había comentado, pero no se le pasó por alto.
Si te soy sincera, le dije, preferiría que hablásemos de lo que acabamos de leer que parece muy interesante.
Prosiguió hablando con sus ojos vuelto hacia sí.
Dejando a un lado a los malos hombres que su tarea y oficio es frecuentar e inventar nuevos pecados para ofender a Dios, hay otros, que resisten a sus trabajos y molestias como expiación y penitencia por los muchos pecados del mundo; así, muchos, se educan en exclusividad para formarse en el recogimiento apartándose de los hombres y de tanto pecado. Ellos están muy cerca de los ángeles y viven sólo para Dios.
Fue lo que más me atrajo del colegio, prosiguió. Ver en esas monjitas un celo especial y grande para estar con el Señor día y noche; con tanta quietud de ánimo y tranquilidad que supuse que tocaban la felicidad con solo entrar en la capilla y correr alegres con sus tocas al vuelo por aquellos corredores del colegio o cuando jugábamos con ellas en el recreo. Era una auténtica alegría verlas y saberlas felices. Tenían lo mejor que se puede esperar de este mundo. No había nada mejor. Eso era indudable, y yo, lo quería para mí. 
Él no se hizo hombre por sí, continuaba diciéndome; se hizo hombre por todos nosotros; razón más que suficiente para enclaustrarte y darle lo mejor de ti. Era como un monte muy alto que había que subir, de muy alta perfección, que se les mostraba para que tomasen ejemplo y provocar en ellas el poder seguirLo, frecuentar el recogimiento y ensayarlas en su uso.
Era una vida escondida y el secreto escondimiento, se lo enseñaba todo un Maestro. 
¡Cuánto se le quiere!


+Capuchino de Silos


.


domingo, 2 de julio de 2017

Un lugar para siempre.




Hoy no quiero guardar un rato para el Señor por obligación, por ser domingo. Hoy deseo estar con Él, quiero quedarme con Él, orar con Él. Mirarle, amarle en esa soledad donde siempre nos espera, me decía mientras íbamos a comprar unas patatas fritas para el aperitivo camino de casa. Quisiera vivir, continuaba, en auténtico recogimiento espiritual como si viviese un día sólo para Él. Meditar, meditar, meditar con verdadero recogimiento de la mañana a la noche, cómo hacía Él. ¿No era su costumbre alejarse, retirarse y orar al Padre celestial?
Aparentaba debilidad al decirlo. Yo sabía que era imposible con todo el trajín que tenía en su casa, precisamente ese día. Sintiéndome valiente y animada le pregunté: ¿te hubiese gustado ser monja?
Somos amigas desde muy pequeñitas. Nos conocemos perfectamente. Sabemos muchísimos la una de la otra. Nos hemos contado nuestra vida en activa, pasiva y perifrástica, pero por prudencia y discreción nunca le hice esa pregunta tan directa.
Tardó tiempo en contestar. Respiró hondo y luego pausadamente empezó a decir:
Cuando estábamos en el colegio, al prepararnos para hacer la Primera Comunión sentí muchísimos deseos de serlo y después, cuando nuestras comuniones fueron más frecuentes muchísimo más. Se me quedó el alma allí, en la preciosa y devota capilla del colegio. Muchas veces lo he pensado a lo largo de mi vida. Aquel día tan inmensamente especial para las dos y tan importante, sentí un deseo enorme de quedarme en aquel lugar para siempre. Creo que aquel día reconocí algo mucho más bello que nuestro precioso traje blanco y nuestra pureza de alma. 
Reconocí a nuestro Dios y Señor. 
A ti, pienso, que también te marcó.


+Capuchino de Silos


.


sábado, 1 de julio de 2017

Esas gracias...




Esas últimas palabras llegaron a mí con claridad luminosa y un ardor convertido en ternura.
Sí, dije yo. Esas gracias producen algunas veces, un gran descanso y amor; amor en retiro monacal; otras veces alumbran el ingenio; otras, una gran alegría; otras, abren las fuentes de los ojos que emanan aguas dulces de las fuentes del Señor; así, tantas y tantas gracias que gustan tanto que uno no puede resistir de emoción. Parece como si despertases de un bello sueño muy placentero. Si se comparasen con otros tiempos, estos, parecieran que fuesen muertos o manchados con trazas de carbón.
¿Te acordarás retener lo que te voy a decir? Me miró como si recordase algo importante.
Cuando sople ese aliento del Espíritu Santo, encendido con el amor de nuestro Dios deberíamos tener presente cuatro cosas. Cuando leí lo que te voy a decir se me quedó grabado para siempre.
Hay que formar muy bien las aficiones, limpiar las vivencias diarias, pulgar las palabras para que por ellas broten nuevos tallos y filtrar los pensamientos que son los que peores secuelas dejan en el alma.
Hallaremos entonces, muchas imperfecciones en todas nuestras obras, tanto exteriores como interiores que se han de ir depurando. Las intenciones se harán más rectas y las virtudes más refinadas y delicadas. Las palabras al prójimo más amables, y los pensamientos mucho más limpios y puros. Si queremos tener el medio, examinaremos el interior con Dios y el exterior con los hombres. 
Buenos, ¿no? Añadí yo.
Sí, claro. Así dispondremos nuestro entendimiento y nuestra voluntad para con todas nuestras obras; las tendremos presente como un precioso despertar de nuestras emociones diarias repletas de sangre que se cuelan por todos los poros, de calor, como una amenaza persistente en combate, y de luz que romperá el aire sombrío y lúgubre.



+Capuchino de Silos



http://capuchinodesilo.blogspot.com.es/view/flipcard
.


viernes, 30 de junio de 2017

La gracia, esa fruta dulce.




Venía hablando y andaba deprisa; el silbar del viento hacía imposible oírla. Las últimas palabras sí pude escucharlas. Tengo poco tiempo; a media tarde médico y comprar ciruelas. Era casi telegráfico. Lo dejamos para mañana, le dije. ¡Imposible! El Señor está antes que nada y este momento le pertenece.
Graciosamente, como si se tratase de una exquisita bailarina, se colocó en el tronco del árbol que había en el jardín invitándome a sentarme.
Los deseos de la divina dulzura convierten a muchos pecadores comenzó a decir, pues no hay nada imposible para nuestro Dios y Señor. Inclusive, hoy, muchos de ellos estarán en el infierno, aunque, anteriormente, hubiesen sido amigos y hayan tenido grandes goces, su caridad y su gracia.
¿Me quieres decir, continué yo, que Dios me puede enviar al infierno pues lo merece la multitud de pecados cometidos a lo largo y ancho de mi vida? Me quedé muerta.
A mí, le dije, Dios me da cada día nueva gracia, pero sin conocimiento alguno. Esa gracia es como si fuese un melón sin catar, me lo deja guardado secretamente para que solamente me llegue su aroma. Imagino que eso mismo hará con tantas almas que finalmente caen entre las llamas del fuego eterno porque no saben qué hacer. Te las tienes que averiguar tú sola. Su ayuda es el melón que te ha dejado lleno de pepitas, que, además, tienes que tirar a la basura y no tienes a nadie que te ayude a seleccionar cuál es buena y cuáles no. Son muchos los melones y muchas las pepitas.
Mientras más te murieres y perecieres, tanto mejor, dijo resuelta. Es entonces cuando tu alma se encontrará aliviada del peso, aunque el cuerpo pueda desfallecer. Todas las cosas que ocurren vienen de la mano del Señor y no queramos saber qué cosas son las que causan más o menos cansancio en nosotros. Debemos confiar plenamente en Él y soportar el peso de los melones. Él llevó la cruz mucho más pesada. Además, tenemos su ayuda que, en ningún momento, nos faltará. Si esto no lo hacemos así, perderemos toda la gracia que nos deja cada día. Debemos poner en ella los ojos para conocerla, nuestras manos para abrazarla, nuestros oídos para obedecer, nuestra boca para gustarla y nuestro cuerpo y nuestra alma para recibirla.


+Capuchino de Silo


.


martes, 27 de junio de 2017

"Cajas para la vida"




Mi marido dice que soy la “tonta de las cajas” y es verdad. Las tengo de todo tipo y tamaños. No sé cuántas repartidas por toda la casa. Para mí son auténticos tesoros. No conozco el alma de ninguna; ¿felicidad?, ¿soledad?, ¿magia, tal vez? Hasta hice una exposición con ellas. Un amigo me consiguió un montón. Así pude hacer la exposición “Cajas para la vida”. Todo fue a parar a Provida. Se expusieron en un patio precioso de Córdoba en la calle Capuchino, que después, con algo más, sería el nombre de este blog.
Cada día gozaba con ellas. Salpiqué mi vida de alegría ensimismada…iba disfrazándolas de papel, pintura y otras técnicas llenas de júbilo intenso e inexplicable.
Todos los sentidos de la imaginación se llenaban de colores y de formas, de naturalidad, de sinceridad, de confianza…la cascada de papel llovía sobre sus tapas dándoles formas a la exigencia de cada una.
Supe, desde pequeña, cuál era mi vocación. Las musas de la pintura me han acompañado desde mi más tierna infancia  y entiendes que has nacido para eso.
Recuerdo la hoja blanca que encontré encima de la mesa donde estudiaba de pequeña. Puse encima un espejo donde reflejé mi rostro e hice mi primer autorretrato. Tenía menos de 13 años. Mis padres lo miraron con los ojos muy abiertos.
Ese mismo día tuve conciencia de mi verdadera vocación.


+Capuchino de Silos

.

domingo, 25 de junio de 2017

El panal




Las calles viven solitarias. Hay mucho silencio. El sol cae sordo, mudo y seco con un calor de justicia como único amigo. No deja respirar y sientes apretar mil ideas que fluyen de un lado a otro como perdidas en una piedad inexistente. La ilusión en peligro. Pero..., nada puede gustar más que no poder respirar en ese momento, sabiendo vas a compartir ideas que aprisionas con esa amiga firme como una roca para poder beber esa última gota del último libro que tiene entre sus manos y las mías.
La veo llegar sofocada y jadeante. Entramos en su portal que es todo arte en estado puro, fresco y sombrío.
Con un recogimiento que me llega emocionante, cierra los ojos para volverlos abrir; me mira y susurra dulcemente: la ternura, la delicadeza y el deleite de las cosas celestiales, es uno de los dones del Espíritu Santo que guarda para sus amigos. Si entre todas las virtudes, la caridad es la principal, la sabiduría se cuenta entre los dones como el más importante. Es la que da de comer a las almas que viven suspirando por la vida eterna. Reconforta y tonifica el alma. El gusto de esas cosas espirituales que da el Espíritu Santo es señal de vida eterna, es señal de su gloria. Es un pequeño desayuno reconfortante a los que trabajan para el Señor como gota de miel -me mira y guiña un ojo- con el palo de la cruz para pelear entre las bestias y animales feroces que nos encontremos. Ese gusto espiritual es el reino de los cielos, el cual debemos comprar con buenas obras. Vemos como vende Dios para luego pagar. Nada más nos dará; nada más, hasta que acabe nuestra vida terrenal. Será suficiente, nos bastará; eso es seguro. Sería como un panal; proseguía: la cera para alumbrarnos y poder ver a Dios. La miel, que tanto gusta, que nos mantendrá, corresponde al deleite, a ese gusto espiritual…Los vasitos de la miel donde se retiene la miel. Si estos vasitos se rompiesen la miel se iría con ellos. Me miró. Esa gota de miel que tanto gusta se la da el Señor a quien la merece, a quien la solicita, a quien la ruega.
Nos sentamos. 
Ese rato, sabíamos, no nos pertenecía a ninguna de las dos.


+Capuchino de Silos


.


viernes, 23 de junio de 2017

...O llegar.






Alguien, en cierta ocasión, me dijo una frase que la recordaré siempre. “Mientras tengas camino, puedes volver. O llegar”
Me encontraba como esas rosas que se dejan de regar y que, al regarlas, vuelven a crecer con ese brillo suave que da al beber un solo sorbito de agua. Así.
Pero hoy no. Hoy me acompaña el mismo brillo que puede tener la rosa más aterciopelada. Es un día bellísimo que está dejando en mi alma un bálsamo de flor piadoso y una fuente de agua clara para poder seguir bebiendo en la primera hora de la mañana.
Y, sin quererlo, escuché sus pasos rozando en el asfalto con sus zapatillas de lona vieja. No dijo ni hola.
Nos tenemos que hacer expertas para tomar experiencia, dijo de repente. Hay que buscar quien las enseñe, o el libro donde estén escritas, para que preguntando o leyendo, sepamos y andemos ese camino del que hablabas antes y poder llegar al lugar que quieres. Puede ser también, que se puedan leer en el libro de la rutina diaria. Sí, le contesté. Entre la experiencia y los libros, podemos llegar peor o mejor. La cuestión es escoger bien el camino y poder llegar. Bueno, decía ella, pero poco apetitosa y gustosa será la lección de los libros, si no tomas del corazón la reflexión y el sentido devoto y espiritual provechoso; porque Dios da el don de la gracia, pero otra cosa muy diferente, es el conocimiento de ese don. Sucede, la mayor parte de las veces, que no sabes por qué te ha dado la gracia y qué cosa quiere de uno, y lo que te puede ocurrir, es que llores por todos los rincones como le pasaba a San Juan. Bien es verdad, que no se pierden las esperanzas de esos obsequios que el Señor nos da que son como el tarro de miel para que tomemos alguna gota de su gloria. Prosiguió su discurso haciendo saber qué quería decir. Cuando vas creciendo en esa gracia, tanto se dilata el alma que amas con más ardor y esperanza, aunque sientas que algo mucho te falta; pero eso no importa. Esa es la gran señal y el mejor testimonio del amor de Dios de cómo nos comunica sus santos dones espirituales y nos hace ver cuánto nos ama en cada momento, aunque estemos a falta de conocimientos. 
No te olvides, concluía, que la gracia de la devoción la da Dios algunas veces, sólo, temporalmente. En estos casos y en todos, no dejes de suplicarle y rogarle.


+Capuchino de Silos


.


martes, 20 de junio de 2017

Los geranios de mi madre.



Hoy he soñado con los geranios de mi madre y el pan con chocolate que nos daba de merienda mientras la observaba después de la siesta. No los perdía de vista un solo instante. Los geranios, digo. Los miraba, les hablaba, como si fuesen, (que eran), lo más hermoso de la casa. Mirar cualquier rincón de “mi respiro” como ella lo llamaba, era un sueño en colores. Sólo, como un rey de los de nunca, en un espacio suficiente para prestarle toda atención, había un jazmín bello como un adonis y cuidadísimo que echaba unos jazmines tan grandes que parecían margaritas del campo. El jazmín era de mi padre exclusivamente; lo adoraba. Cada día lo regaba con verdadero culto y cuidado. Era todo un rito. Recogía los jazmines para su estampa del Sagrado Corazón que tenía debajo del cristal de su mesa y con esas pequeñitas flores blancas perfumaba las noches calurosas del verano. También había una jaula grande donde vivían gozando dos periquitos; ellos también les pertenecían, y, cuando vio en el suelo de la jaula el primer huevo, lanzó tal grito que mi madre tuvo que sentarse del susto.
Pero hablaba del sueño de los geranios. De los geranios que muchos tenían, pero no tantos como tenía ella. Siempre que me invitaba a salir era por puro interés, y yo consentía porque me gustaba tanto como a ella. Nos íbamos a Triana, un barrio sonado y querido de Sevilla como sonada y querida es Sevilla. Los trianeros dicen que quieren a la Virgen más que nadie, porque los trianeros quieren más que nadie a la Virgen. Cuidan la sevillanía y a sus gentes más que nadie, porque los trianeros cuidan la sevillanía y sus gentes más que nadie, y mi madre que lo sabía bien, estaba al corriente que los balcones más bellos de Sevilla estaban en Triana; porque eran y son de Triana. Allí no falta de “na”.
Íbamos las dos caminando y mirando los balcones.
Ah, mira, me decía, ese no lo tengo. Así que yo subía a la casa y le pedía a la señora de turno: un “tallito” para mi madre que le gustan los geranios; ya antes le había puesto por las nubes su balcón que lucía como el más bonito y mejor cuidado de Triana.
Así, pudo reunir en casa más de ciento y pico de geranios. No los más bonitos de Triana. Los más bonitos de Sevilla. 
Lástima, porque solo los conocimos nosotros.


+Capuchino de Silos


.