martes, 29 de marzo de 2016

Carta de San Jerónimo a los estúpidos como tú.





"En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes..."

+ San Jerónimo. 



Yo no te tiraría un peñasco, te tiraría cuatro o más.

Tú te has condenado por quitarle la vida a una personita indefensa. ¡¡¡Cruel, asesino infame!!! Tú sí tienes el demonio dentro.




miércoles, 23 de marzo de 2016

El velo, un honor para la mujer

El velo es un símbolo tan relevante como la sotana del sacerdote y el hábito de la religiosa.
El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (por ej. Núm. 5, 12-18; Is. 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca hubiera ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la Iglesia Católica.
AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO
Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Dios glorificado.
Se cubren con un velo porque son sagradas, y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, obsérvese cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde champú hasta autos usados.
Las mujeres necesitan entender el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.
Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de sus maridos y de Dios, las mujeres se someten a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo (“que se haga en mí según Tu palabra”); el velo es un signo tan poderoso -y hermoso- como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.
Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento: ¡el Santo de los Santos!
Leemos en Hebreos 9, 1-8:
También el primer pacto tenía reglamento para el culto y un santuario terrestre; puesto que fue establecido un tabernáculo, el primero, en que se hallaban el candelabro y la mesa y los panes de la proposición —éste se llamaba el Santo—;  y detrás del segundo velo, un tabernáculo que se llamaba el Santísimo,  el cual contenía un altar de oro para incienso y el Arca de la Alianza, cubierta toda ella de oro, en la cual estaba un vaso de oro con el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas de la Alianza;  y sobre ella, Querubines de gloria que hacían sombra al propiciatorio, acerca de lo cual nada hay que decir ahora en particular. Dispuestas así estas cosas, en el primer tabernáculo entran siempre los sacerdotes para cumplir las funciones del culto; más en el segundo una sola vez al año el Sumo Sacerdote, solo y no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando con esto a entender el Espíritu Santo no hallarse todavía manifiesto el camino del Santuario, mientras subsiste el primer tabernáculo.
El Arca de la Antigua Alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos.
Y en la Santa Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el vaso sagrado que contendrá la Preciosísima Sangre.
Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo?
El Copón en el Sagrario, el vaso sagrado que contiene el mismo Cuerpo de Cristo.
Estos vasos de vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.
¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María.
Al usar el velo, las mujeres la imitan y se afirman como mujeres, como vasos de vida.
Este solo acto, superficialmente pequeño, de cubrirse la cabeza con un velo, es:
·        Riquísimo en simbolismo: de sumisión a la autoridad; de entrega a Dios; de imitación a Nuestra Señora que expresó su ‘fiat’; de cubrir la gloria propia por la gloria de Dios; de modestia; castidad; de vasos de vida, como el Cáliz, el Copón y, especialmente, la Santísima Virgen María.
·        Una ordenanza apostólica –con profundas raíces en el Antiguo Testamento– y, por lo tanto, un asunto de intrínseca Tradición.
·        La forma en que las mujeres católicas han rendido culto durante dos milenios (y, aun cuando no sea una cuestión de la Sagrada Tradición en un sentido intrínseco, es, al menos, una cuestión de tradición eclesial, que debería también ser conservada). Es nuestra herencia, una parte de la cultura católica.
San Ambrosio, en su Tratado sobre la Virginidad, relata el hecho histórico de una joven de la nobleza forzada por su familia al matrimonio. La joven huye hacia la iglesia, y junto al altar suplica al sacerdote que pronuncie sobre ella la oración de consagración de las vírgenes y le imponga como velo el lienzo del altar.
Él será para la joven el signo de su desposorio con Cristo. Ese velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubrirá el nuevo altar del corazón de la joven, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad como ofrenda de suave olor al Padre eterno.
¿Por qué el velo en la mujer?
Ya le hemos considerado, pero quiero apuntar, entre otras, tres razones:
1ª. Porque ella es hermosa. El velo le recuerda que no debe dejarse llevar por la concupiscencia de la belleza, ni arrastrar a otros. El velo es signo del pudor y recato, de la modestia en el ornato con que siempre ha de vivir y presentarse ante Dios.
2ª. Porque ella es madre. De una forma especial la mujer ha sido unida a la obra creadora de Dios por su propia maternidad. El velo le recuerda que su maternidad es sagrada, y por ello se cubre, para indicar que, al estar cubierta, el mundo no puede dañarla ni ella dejarse. Y, además, todo lo sagrado se cubre.
3ª. Por su maternidad espiritual. Este es un aspecto importantísimo y desconocido por la mujer. La mujer pudorosamente vestida, cubierta con su velo, en silencio orante, es fiel reflejo de la imagen de la Santísima Virgen que, con su silencio y su velo, oraba incesantemente por su Hijo y meditaba su obra redentora.
Con el signo distintivo de su velo, el recogimiento de la mujer dentro de la iglesia tiene un fruto riquísimo para la Iglesia, para la santidad sacerdotal, el sostenimiento moral y espiritual del clero y para el fomento de las vocaciones.
La maternidad espiritual es una grandísima y hermosísima vocación femenina, muy desconocida desgraciadamente, pero de un valor que me atrevería a decir de “estratégico” dentro de la Iglesia.
Nuestros tiempos hacen la renuncia explícita de esos tres valores.
Renuncia a la belleza, reemplazada por lo feo, lo carente de armonía, lo provocador, lo disonante, lo oscuro, lo agresivo.
La maternidad física es desplazada y despreciada, relegada por el éxito material, profesional, temporal, académico, económico. La maternidad es suplantada por el confort, la figura, la comodidad, el bienestar, los caprichos.
La maternidad espiritual es ignorada, y en su lugar queda una profunda e insondable esterilidad y frigidez espiritual que se encubre de activismo hueco que no deja huella en el alma de nadie.
Asistimos hoy al proceso de destrucción de la familia, la sociedad y la cultura. Un tiempo que desafía a Dios y repite y grita en cada gesto y en cada acción: “No queremos que este reine sobre nosotros”.
Todos sabemos hasta qué punto el ataque a la mujer, a su verdadero ser y condición es la causa de esta destrucción a la que asistimos. Toda tarea de restauración de la familia, la sociedad y la cultura deberá pasar por la recuperación del verdadero rol y dignidad de la mujer.
Pensemos en aquella tremenda y magnífica profecía de Santa Hildegarda de Bingen, fuerte en su plasticidad y significación, cuando escribe:
Vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas (…). Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: “Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados (…). Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad” Y escuché una voz del cielo que decía: “Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»”.
Su rostro, el que debía estar cubierto por un velo, está cubierto de polvo. ¿Ha perdido el pudor que la reservaba, la sacralidad que la preservaba? La imagen como dice Santa Hildegarda, es representación de la Iglesia, pero ¿podría ser también representación de la mujer caída de la dignidad que le otorgaba el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios?
Pensemos en tantas “desveladas”, conocidas y desconocidas, cuyo mayor esfuerzo es, precisamente, la ruptura del orden, la ruptura de la fidelidad, la ruptura de la misión. Desveladas para no velar por nada que valga la pena; desveladas para impedir que otras tantas mujeres sean altar del Creador y lleven en su seno al fruto de verdadero amor.
Desde los años ’60 cundieron por el mundo, tanto en el campo liberal como en el socialista, las ideas de la “liberación” femenina. ¿Liberación de qué? Del rol principalísimo de la mujer como esposa y madre (no es casual que los años ‘60s fueran los años de la explosión de la píldora).
Liberación de la maternidad, liberación de la ternura, liberación de su lugar y su papel exclusivo, que nadie podría reemplazar. También a la Iglesia afectó esa idea, y la liberación tuvo su signo en la abolición práctica del velo. Sólo las religiosas lo mantuvieron (¡y ni tanto!) como signo de la maternidad espiritual (hoy también asistimos al “desvelamiento” de las religiosas; y el tiempo nos va diciendo de su infecundidad espiritual).
Pensemos en el significado de estar velada, cubierta, solemne, subrayando el misterio que se oculta debajo del velo. Pensemos en el desprecio de nuestros tiempos por el misterio hondo, alto. Todo debe ser explícito, todo debe ser mostrado.
Pero el ansia infantil de misterio, el afán del asombro y de la admiración existe; y entonces es suplantado por una caricatura: la literatura y el cine de misterio, suspenso, terror.
El misterio verdadero que oculta el velo, es el de esa mujer velada que somete libremente su voluntad, se entrega como la novia ante el altar y allí en lo secreto ofrece sus muchos y variados desvelos por el hijo, por cada hijo, por el esposo, por la vida que aún no late, por la vida que va creciendo y toma su rumbo, por los hijos espirituales, por los amigos.
El velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubre el altar del corazón de la mujer, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad o de su maternidad, el sacrificio diario de su fecundidad espiritual.
El falso feminismo, al que muchas mujeres han cedido, aparta a la mujer de su verdadera vocación a la maternidad y a la familia.
¡Cuánto daño sobrevino a la mujer y a la santidad de la Iglesia aquel día en que por primera vez entró sin su velo la mujer a la iglesia! Al quitarse el velo ya no pudo evitar quitarse otras prendas de su vestido. Y hoy vemos, con rubor y tristeza, la absoluta falta de pudor con que muchas mujeres entran en la iglesia.
Y como consecuencia desapareció aquel apoyo espiritual, aquella maternidad espiritual.
Mujer, mira el velo como el paño del altar de tu corazón; donde has de ofrecer cada día al Señor el sacrificio de tu vida entregada a tu familia; donde ofrezcas las ofrendas de tu pudor y modestia en el vestir; donde ofrezcas las ofrendas de tu maternidad o de tu virginidad, y en ambos casos las ofrendas de tu maternidad espiritual.
El velo es un honor para la mujer.
El velo es un honor para ti.

+Adelante la fe


'

sábado, 19 de marzo de 2016

Cuando en mi alma se hace el silencio…


Hoy no es como ayer. Ayer hablaba, sonreía; sonreía con esa sonrisa de alma enloquecida, inflamada, llena de ternura. Un amor que llegaba a mi garganta como un grito apagado que permanecía dentro de mí sin poder salir. Nadie, ni nada, era capaz de romper aquella envoltura. Así pasaron horas y horas.

Llegó la tarde, llegó la noche y…hoy, a pesar de ser el día de San José, tan preciado para mí, estoy más que callada. Hay silencio; un silencio que no me deja articular palabra. Si hablara, rompería el silencio que hay en mi alma que es todo un grito sin sonido y sin palabra. Es, como decía Juan Ramón Jiménez, “una música callada”. Una música que canta para ser oída desde dentro; desde ese rincón escondido del alma, con el aroma que me llega sólo a mí. Motivos no me faltan. Son aluviones de recuerdos que de su mano me trajo San José. ¡Bendito sea por siempre!

+Capuchino de Silos

Oración a San José:
A vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación, y después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y, por el paterno amor conque abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades. Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad. Amén.

Papa León XIII

'

lunes, 14 de marzo de 2016

Las trampas



Es verdad que el sueño es reparador para el cuerpo, pero también es verdad que, mientras dormimos, hay Alguien que “carga” nuestra alma de sentimientos nobles y hermosos. La bella mañana que nos llega al despertar nos hace sonreír de felicidad: la primera oración del día sale de nuestra alma cargada de esperanza, de fe, de caridad, de bellos propósitos que en la noche habíamos colocado en manos de nuestro Padre para que los administrara como Él quisiese e hiciese su voluntad.
Si tuviésemos la oportunidad de poder ver nuestra alma en esos momentos con nuestros propios ojos, la encontraríamos tan saturada y enriquecida que nos haría enloquecer de dicha.
Pero poco a poco nos van llegando las trampas del enemigo. Esas trampas sutiles que no percibimos pero que nos atraen y nos retiran del verdadero camino que hemos de seguir. Las trampas de las obligaciones. Las trampas de las ocupaciones. Falsas ideas todas que nos roban el tiempo del Señor. Ese tiempo que sólo a Él pertenece, pues todo el tiempo suyo nos lo ha dedicado por entero desde que el mundo es mundo. Son esas falsas ideas las que tratan de convencernos que debemos sentirnos ocupados y preocupados por las cosas del mundo dejando a un lado nuestra verdadera salud espiritual. La salud espiritual y sobrenatural que a Él, sólo a Él, pertenece.
Todo nuestro tiempo debe ser para Él.

+Capuchino de Silos



Consejos de un santo
“Procure inclinarse siempre:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo que es trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no a andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo.”
San Juan de la Cruz






'

sábado, 12 de marzo de 2016

…porque lo llena.

Me gustaría brillar como lo hace un relámpago, o una estrella en el cielo, o el sol que enciende la mañana… Sí, me gustaría. Me gustaría brillar en el fondo de ese azul que en la noche debo limpiar del polvo que le ha caído a lo largo del día. ¡Cuánto polvo le llega! Todo hace arruinar lo que en la mañana resplandece como la luz más bella. Poco a poco se va empobreciendo con una suciedad que se hunde por todos los rincones. No consigo hacer magia para que ese polvo desaparezca y el cuadro brille con todo su esplendor.

Sabrá el cielo por qué ocurre que lo va llenando de luz cada madrugada…porque Alguien lo llena.

+Capuchino de Silos

Oración
Señor y dueño de mi vida,
alegra de mí el espíritu de pereza y de abatimiento,
de ambición y de vana palabrería.
Concédeme a mí, tu siervo,
espíritu de castidad, de humildad,
de paciencia y de amor;
sí Señor y Rey mío.
concédeme poder ver mis pecados
y no juzgar a mi hermano
porque Tú eres bendito por los siglos de los siglos.
Amén

Monasterio del Cristo Orante



'

jueves, 10 de marzo de 2016

Bienaventurado el hombre que conoce su propia debilidad.


Bienaventurado el hombre que conoce su propia debilidad, pues este conocimiento se convierte para él en fundamento, raíz y principio de todo bien. Pues cuando un hombre ha aprendido a conocer y a sentir verdaderamente su propia debilidad, reafirma su alma contra el relajamiento que oscurece su conocimiento y aumenta su vigilancia. Pero nadie puede experimentar su propia debilidad, si no le ha sido dado, por poco que esto sea, sufrir algunas pruebas que afligen al cuerpo o al alma. Colocando entonces en frente su debilidad y la ayuda de Dios, conocerá inmediatamente la grandeza de esta. Cuando considere en efecto todos los esfuerzos que ha desplegado con la esperanza de devolver la confianza a su alma, estando vigilante, continente, protegiéndola y rodeándola de cuidados, sin alcanzarlo; o cuando él compruebe que su corazón teme y tiembla, privado de toda serenidad, debe entonces comprender que este temor que experimenta su corazón significa y revela que tiene absoluta necesidad de la ayuda de otro. Su corazón testimonia interiormente, por el temor que ha provocado en él el combate interior, mostrándole así que carece de algunas cosas. El hombre debe desde entonces reconocer que no puede establecerse por él mismo en una confiada seguridad. Está escrito que sólo el auxilio de Dios puede salvar (cf. Sal 59, 13; 107, 13, etc).
Cuando un hombre sabe que tiene necesidad del auxilio divino multiplica sus oraciones. Y mientras más ora, más su corazón se vuelve humilde. Pues no se puede orar y pedir sin hacerse humilde. “Un corazón triturado y humilde, Dios no lo desprecia” (Sal 50, 17). Mientras que el corazón no se haga humilde, le es imposible, en efecto, escapar de las distracciones. Pues es la humildad que reúne al corazón. Cuando el hombre se ha hecho humilde, inmediatamente la misericordia de Dios lo rodea y el corazón experimenta el auxilio divino. Descubre que sube en él una fuerza que le establece en la confianza. Cuando el hombre experimenta así el auxilio divino, cuando él experimenta que Él está presente para venir en su ayuda, su corazón inmediatamente se llena de confianza y comprende entonces que la oración es el refugio donde encuentra el auxilio, la fuente de salvación, el tesoro de la confianza, la puerta donde se protege de la tempestad, la luz de los que están en tinieblas, las fuerzas de los débiles, la protección en el momento de las pruebas, la ayuda más fuerte para la enfermedad, el escudo que salva en los combates, la flecha lanzada contra el enemigo. En una palabra, la oración es la puerta por la cual llegan a él todos estos bienes.
Él encuentra desde ahora sus delicias en una oración llena de fe. Su corazón está iluminado por la confianza. Está lejos de su ceguera de antes y de su oración  pronunciada sólo con los labios. Desde el momento en que él ha comprendido todo esto, posee la oración en su alma como un tesoro. Y tan grande es su alegría que su oración se ha cambiado en grito de acción de gracias. Esto es lo que dijo quien dio una definición de cada aspecto de la vida espiritual: “la oración es una alegría que suscita la acción de gracias”. Aquí habla de la oración que se presupone ha recibido el conocimiento de Dios, es decir, que viene de Dios. El hombre reza desde ahora sin pena ni trabajo, como le sucedía antes de que él recibiera esta gracia, y en la alegría del corazón y en el asombro, sin cesar nace en él movimientos de acción de gracias, sin cesar él se postra silenciosamente. Tomado por el asombro y el estupor ante la experiencia de la gracia de Dios, él eleva súbitamente la voz, alabando y glorificando a Dios, hace subir la acción de gracias y deja hablar a su lengua en un extremo de asombro.
El que ha llegado a este estado, y no en su imaginación, y que ha observado todo esto en él mismo y ha advertido los diversos aspectos gracias a su gran experiencia, conoce esto de lo que hablo y sabe que no hay nada contrario a la verdad. Que él cese desde ahora de pensar en cosas vanas y permanezca con Dios por una oración continua, lleno de temor y terror piense de lo que es estar privado de la abundancia de su auxilio.
Todos estos bienes vienen, para el hombre, del reconocimiento de su propia debilidad. En efecto, en su gran deseo de socorro divino, él se aproxima a Dios, perseverando en la oración. Y en la misma medida en que él se aproxima a Dios por su disposición interior, Dios se aproxima a él por sus dones, y él no rechaza su gracia, a causa de su gran humildad. Pues es como la viuda que no dejaba de perseguir al juez con sus gritos para que él le haga justicia contra su adversario (Lc 18,15). Dios, lleno de compasión, espera para otorgarle sus gracias, para que este retraso incite al hombre a aproximarse y a permanecer, oprimido por la necesidad, junto a Él que es la fuente de donde brota el auxilio. Dios otorga sin embargo ciertos pedidos, diría yo, sin los cuales el hombre no podría salvarse. Pero hay otros a los cuales Dios tarda en responder. En algunos casos, extingue y repele lejos de él los dardos inflamados del enemigo. En otros casos, permite que el hombre sea tentado, para que éste pruebe la necesidad de aproximarse a él, como he dicho, y para que la experiencia de las tentaciones lo instruya. Lo que dice la Escritura: “El Señor, en lugar de expulsar inmediatamente a esas naciones, las dejó en paz y no las entregó en manos de Josué. El Señor dejó que sobrevivieran algunas naciones, para poner a prueba por medio de ellas a Israel, a todos aquellos que no habían intervenido en la guerra de Canaán. Lo hizo solamente para enseñar a combatir a los que no lo habían hecho antes, a las nuevas generaciones de israelitas.” (Jueces 2, 23 ss).
Pues el justo que no tiene consciencia de su propia debilidad se mantiene sobre el filo de la espada y no está lejos de la caída ni del león feroz, es decir el demonio del orgullo. Quien no conoce su propia debilidad le falta en efecto humildad. Luego, a quien le falta humildad carece de perfección. Y a quien le falta perfección está siempre en el temor. Pues su ciudad no está fundada sobre columnas de hierro ni sobre bases de bronce, es decir sobre las de la humildad. Nadie puede adquirir humildad de otra manera que empleando los medios que le son apropiados, los cuales nos procuran un corazón quebrado y que aniquila los pensamientos de presunción. A menudo, en efecto, el enemigo encuentra en nosotros puntos débiles que le permiten desviarnos del camino. Sin la humildad, es imposible al hombre conducir a la perfección su trabajo espiritual. El sello del Espíritu no puede ser colocado sobre su carta de liberación, sobre todo mientras él permanezca esclavo y que, en su trabajo, no supere el temor. Pues como nadie realiza bien su trabajo sin humildad, luego nadie puede ser educado de otra manera más que por las pruebas y sin esta educación no se pude adquirir la humildad.
Es por esto que el Señor otorga a los santos los medios para adquirir la humildad, teniendo un corazón quebrado y una oración ardiente, para que los que le aman puedan aproximarse a él por esta humildad. A menudo les asusta por las pasiones naturales, por las caídas provocadas por los pensamientos vergonzosos y sucios; a menudo también por las ofensas, las injurias y los golpes infligidos por los hombres; a veces por las enfermedades y las indisposiciones del cuerpo; a veces también por la pobreza y la falta de lo necesario; a veces finalmente, por los tormentos de un temor excesivo, por el abandono, por la guerra abierta producida por el diablo, que les inspira terror; a veces también por medio de otras cosas temibles. Todo esto llega para que los hombres tengan los medios para volverse humildes, y para que no se ablanden en la negligencia. Puede tratarse tanto de cosas de las cuales el luchador tenga que sufrir en el presente o del temor a las cosas futuras. De todas maneras, las pruebas son necesarias y útiles para los hombres.
San Isaac el Sirio



'