sábado, 27 de febrero de 2016

La devoción y la caridad




La caridad y la devoción sólo se diferencian entre
sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad
un fuego espiritual, cuando está bien encendida se
llama devoción, de manera que la devoción nada
añade al fuego de la caridad, fuera de la llama
que hace a la caridad pronta, activa y diligente
no sólo en la observancia de los mandamientos de
Dios, sino también en la práctica de los consejos
y de las inspiraciones celestiales.


+S. Fcº de Sales




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domingo, 21 de febrero de 2016

El gran peligro que causan los malos pensamientos.

Debemos guardarnos con toda cautela de los malos pensamientos, que son abominables al Señor, según se lee en los ProverbiosSe llaman así, porque como dice el santo Concilio de Trento, los malos pensamientos, especialmente los que son contra el nono y décimo precepto, causan tal vez más daño al alma y son más peligrosos que el mismo pecado consumado.  Son más peligrosos por muchas razones:Porque los pecados de pensamiento son más fáciles de cometerse que los de obra. A los de obra les falta la ocasión muchas veces; pero los malos pensamientos se tienen aun cuando no haya ocasión. Además, cuando el corazón ha vuelto las espaldas a Dios, está continuamente  queriendo el mal que le deleita, y así comete pecados sin número.
A la hora de la muerte no se pueden cometer pecados de obra, pero pueden cometerse de pensamiento, y es fácil que los cometa quien durante su vida se acostumbró a fomentarlos en su imaginación. Y mucho más entonces, cuando son más violentas las tentaciones del demonio, el cual; viendo que le queda poco tiempo para engañar a aquella alma, la tienta con mayor fuerza y furor, como dice San Juan en el Apocalipsis. Estando San Eleazaro en peligro de muerte, cuenta Surio, que tuvo tales tentaciones y malos pensamientos, que dijo después de haber sanado de la enfermedad; “¡Oh, qué grande es la fuerza del demonio a la hora de la muerte! El santo venció las tentaciones, porque tenía la costumbre de rechazar los malos pensamientos; pero ¡hay de aquellos que se han habituado a deleitarse con ellos! El padre Segneri refiere, que hubo un pecador que se acostumbró mientras vivió a deleitarse con los malos pensamientos: viéndose próximo a la muerte, confesó sus pecados con verdadero dolor; pero se apareció después de su muerte a una persona, diciéndole que se había condenado. Y confesó, que su confesión había sido buena, y que Dios le había perdonado ya; pero que antes de morir, el demonio le representó que sería una ingratitud si curaba de aquella enfermedad, abandonar a cierta mujer que le amaba mucho, Él rechazó esta primera tentación: vino la segunda, y consintió en ella, y ésta fue la causa de haberse condenado para siempre.



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sábado, 6 de febrero de 2016

Cuando es pecado el pensamiento malo

1. De todos modos se engañan los hombres acerca de los malos pensamientos: algunos, que temen a Dios, pero se hallan dotados de poco entendimiento y son escrupulosos, temen también que todo mal pensamiento que se cebe en su imaginación es pecado. Lo cual es un error porque no son pecados los malos pensamientos, sino los pensamientos malos a los cuales presentamos nuestro consentimiento. Toda la malicia del pecado mortal consiste en la mala voluntad, es decir, en el asentimiento que damos al pecado o en la voluntad que concebimos  de pecar, con plena advertencia de que aquella obra o acción que queremos practicar es mala. Así lo enseña San Agustín, cuando dice que: “si la voluntad no consiente en ella, no puede haber pecado”.Por grave, pues, que sea la tentación y la rebelión de los sentidos, y los movimientos malos de la parte inferior o del cuerpo contra la superior o espiritual, no habrá pecado, si no hay antes consentimiento; porque según San Bernardo, “no daña el sentido o la tentación, sino consiente la voluntad”
2. Hasta los santos son atormentados por las tentaciones. Y aún digo más: mucho más se afana el demonio para hacer caer a los santos, que a los pecadores, porque haciendo caer a los primeros, piensa apoderarse de una presa más importante y de mejor valía. Por eso dice el profeta Habacuc, que: “los santos son el manjar que prefiere el enemigo” Y luego añade que: “el maligno contra todos tiene tendida su red barredera, y no perdona a ninguno, con el fin de despojarlos de la vida de la gracia”. Hasta el mismo San Pablo, después que fue hecho vaso de elección, gemía afligido, viéndose acosado de las tentaciones deshonestas, como él mismo lo confiesa. Sobre lo cual por tres veces pidió al Señor que le librase de ellas; pero el Señor le respondió: “Bástate mi gracia”. Dios permite que hasta sus siervos sean tentados, ya para probarlos, ya para purificarlos de sus imperfecciones. Y aquí voy a exponer una doctrina para consuelo de las almas timoratas y escrupulosas, doctrina que enseñan comúnmente los teólogos. Dicen éstos, que cuando un alma temerosa de Dios y enemiga del pecado, duda si consintió o no en el mal pensamiento, no está obligada a confesarlo, porque es moralmente cierto, que no consintió en él: pues, si realmente hubiese caído en un pecado grave, no dudaría, siendo el pecado mortal un monstruo tan horrible para el hombre temeroso de dios, que es imposible cometerle, u hospedarle en su alma sin conocerlo.
3. Otros, que no son escrupulosos, sino ignorantes y de poca conciencia, piensan que no es pecado grave el mal pensamiento una vez consentido, cuando no se pone por obra. Este error es peor todavía que el primero. Lo que no se puede hacer, tampoco puede desearse; y por esto, el mal pensamiento, una vez consentido, tiene la misma malicia que si se pone en ejecución, porque lo mismo nos hacen enemigos de Dios las malas obras, que los malos deseos. “Los pensamientos perversos -dice el Sabio- apartan de Dios”. Y así como a Dios le están patentes las obras malas, lo están también los malos pensamientos, que son condenados y castigados por Él.
4. Más ni todos los malos pensamientos son culpables, ni todos los culpables lo son igualmente. En el mal pensamiento pueden concurrir tres cosas, a saber: la sugestión, la delectación y el consentimiento. La sugestión es aquel pensamiento malo que primeramente hiere nuestra imaginación; y esto no es pecado, antes nos sirve de mérito cuando le desechamos; porque, como dice San Antonino, “Cuantas veces resistimos, conseguimos una victoria”. Viene después la delectación, cuando el hombre tentado piensa en aquel mal pensamiento y se deleita con sus atractivos. Hasta que la voluntad no consiente no hay pecado; hallase empero en peligro de consentir sino resiste a la tentación. Sin embargo, cuando este peligro no es próximo, el no resistir, positivamente no será pecado mortal. Pero es preciso advertir aquí, que cuando el pensamiento que deleita es de materia torpe, dicen comúnmente los doctores, que estamos obligados, bajo culpa grave, a resistir positivamente a la delectación, por el peligro que hay, si no resistimos, de que arrastre nuestra voluntad a darle el consentimiento, como dice San Anselmo: “Si no desechamos la delectación, ésta se convierte en consentimiento, y mata al alma”. He ahí porque aun cuando no se consienta en el pecado, se peca mortalmente por el peligro próximo en que se pone de consentir, mientras se deleita con el objeto obsceno y no procura resistir. El profeta Jeremías dice a este propósito:. “¿Hasta cuándo tendrán acogida en ti los pensamientos, nocivos, sin procurar desterrarlos de tu corazón?” Dios quiere que guardemos el corazón con toda vigilancia, porque del corazón, esto es, de la voluntad, depende nuestra vida espiritual. Finalmente; el consentimiento, que es el que convierte la tentación en pecado, tiene efecto cuando el hombre sabe claramente, que aquella tentación, o aquel mal pensamiento, es culpa grave, y, no obstante, la abraza con su voluntad y desea practicarla. 
5. De dos modos se peca gravemente de pensamiento: con el deseo, y con la complacencia. Se peca con el deseo, cuando la persona quiere hacer el mal que desea, o querría hacerlo si se le presentase la ocasión; y entonces el deseo es culpa leve o grave, según fuere la cosa que se desea. Sin embargo, es cierto que el pecado consumado, siempre aumenta la malicia de la voluntad, por la mayor complacencia que, ordinariamente, hay en el acto externo consumado, o al menos, por la mayor duración del deleite; y así debe explicarse siempre en la confesión, si al deseo se siguió el acto. Se peca por complacencia, cuando el hombre no quiere cometer el pecado; pero se complace pensando en él, como realmente le cometiera. A esta complacencia llamamos delectación morosa; y se llama así, no por razón del tiempo en que la imaginación se deleita con aquél acto impúdico, sino por la razón de la voluntad que se entretiene y deleita con aquél pensamiento, y, por lo tanto, el pecado de complacencia se puede cometer en un momento. Pero, para cometerlo, es necesario que la voluntad se detenga en el mal pensamiento con gusto, como enseña Santo Tomás; hago esta advertencia, para quitar el escrúpulo a las personas timoratas, que tal vez experimenten algunas delectaciones contra su voluntad, aunque se violenten para desterrarlas de la imaginación. Deben haber, pues esos timoratos que aunque la naturaleza experimente cierto deleite mientras dure la tentación, no se comete pecado grave hasta que la voluntad consiente en ella; “Porque no hay pecado, donde no hay voluntad”, dice San Agustín. Aconsejan los maestros espirituales, que cuando uno no puede desterrar de su imaginación la idea impúdica, o la delectación, vale más ocupar la imaginación en algún objeto espiritual, que cansarse en desechar el mal pensamiento. En las demás tentaciones conviene combatir el mal pensamiento, luchando con él frente a frente; pero en las de impureza es preciso evitar las ocasiones, si queremos obtener la victoria.




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