martes, 18 de octubre de 2016

No quiero que entre Lutero en el Vaticano


"Queridos hermanos, escribo estas líneas en viernes, el día por excelencia dedicado a meditar la Sagrada Pasión de nuestro Señor Jesucristo.  La belleza indescriptible del cuerpo de nuestro Señor, queda transformada en un cuerpo que sangra desde la cabeza  hasta los pies. No hay una sola parte de su bendito cuerpo que no esté llagado y dolorido. Lo abofetearon, lo escupieron, lo apedrearon, lo flagelaron sin misericordia. Le traspasaron las manos y los pies. Desde la frente a los pies todo era un baño de sangre. Y todo Él sigue siendo hoy en día  un baño sangre.
Y desde lo alto de la Cruz se oye la voz del Señor:
¿Quiénes son los que me crucifican? ¡NO  QUIERO QUE ENTRE LUTERO EN EL VATICANO!
¿Qué podemos hacer? El Señor responde: Permaneced a los pies de la Cruz.Permaneced fieles a Mi Iglesia, al depósito de la fe. A la enseñanza tradicional de la Iglesia.
El Señor quiere a sus hijos fieles al pie de la Cruz, acompañándole mientras ahora se le sigue crucificando. Contemplando lo que hicieron y contemplando lo que le hacen ahora sus propios hijos  predilectos. Hay muy pocos al pie de la Cruz. Faltan muchísimos. ¿Dónde están los Príncipes de la Iglesia? ¿Dónde los miembros del Colegio episcopal? ¿Dónde el clero? ¿Dónde los miembros de las Congregaciones religiosas? ¿Dónde los fieles católicos?
¿Estarán distraídos alargando su mano para tirar la piedra al rostro del Señor, quizá lo estarán escupiendo, o empujando? ¡Porque no están al pie de la Cruz! ¿Dónde están?
El Señor repite una vez más: ¡NO QUIERO QUE ENTRE LUTERO EN EL VATICANO! Pero muy pocos somos los que le oímos, únicamente los que estamos al pie de la Cruz. Por esta razón estoy al pie de la Cruz, para oír al Señor y obedecerle. No Señor, tampoco este sacerdote que escribe quiere que entre Lutero en el VaticanoNo quiero que entre el hombre más impío y hereje de todos los tiempos. El que más odio ha tenido a Tu Iglesia y el que más daño le ha causado, y, por tanto, a Ti mismo.
No podemos imaginarnos lo que supone la corona de espinas en la frente del Señor. Con esa Corona reina desde el árbol de la Cruz. Es la Corona del dolor por la infidelidad de sus hijos predilectos. Es la Corona oprobio para los hombres pero de gloria para  Dios Padre. Son las espinas de nuestros pecados que atraviesan Su santa cabeza. Y todo por nuestra salvación eterna. Pero, al pie de la Cruz sigue habiendo muy pocos hijos predilectos que contemplen estremecidos tal imagen de  tal Rey, el único y verdadero Rey de todos los hombres.
La Santísima Virgen sigue llorando al pie de la Cruz por Su Hijo amado,  el mismo que llevó en su bendito vientre, y que ahora lo entrega para la salvación del mundo. ¿Quién la consuela? ¿Quiénes están con Juan consolando a la Divina Madre? Son muy pocos los que la consuelan, son muy pocos los que están al pie de la Cruz.
Queridos hermanos, la imagen de nuestro Señor crucificado en nuestra alma nos mantendrá firmes en el Calvario, fieles a la fe de la Iglesia, a la tradición, a no dejarnos deslumbrar por el error y el engaño que se ciernen sobre la Iglesia, y la oscurece envolviéndola en tinieblas.
Por tercera vez, el Señor dice: ¡NO QUIERO QUE ENTRE LUTERO EN ELVATICANO! ¿Cómo impedirlo?, respondemos. Permaneciendo al pie de la Cruz, nos contesta el Señor. No dejándole solo. Acompañándole en Su agonía. Ofreciendo nuestros dolores y sufrimientos con el Suyo, de valor infinito, y el de Su Santísima Madre, para la salvación eterna de las almas. Permanecer en el Calvario es permanecer en la Iglesia de Cristo, la única que existe, la que hemos recibido de la tradición. La que condenó al hereje Lutero, que  impío vivió e impío murió.
El gran y único milagro, el más indescriptible e inimaginable e inexplicable, el milagro por encima de todos los milagros, ese glorioso milagro del que se mofó el mil veces impío Lutero,  el milagro de la Transubstanciación es la fuerza que tenemos los sacerdotes para permanecer al pie de la Cruz. Porque es el milagro que hace presente el Calvario, del cual no queremos separarnos, para acompañar al Señor y a Su afligida Madre. Con el santo Sacrificio de la Misa permanecemos fieles al Señor y a sus enseñanzas dadas a Su Iglesia.
Bendito y adorable Santo Sacrificio que nos santifica, que santifica a la Iglesia, que ilumina al mundo y lo sostiene, que es la esperanza de los pecadores y su único camino de salvación. Fuera del Calvario sólo se encuentra la oscuridad, la misma en la que vivió y murió el impío Lutero.
Quiero unirme a la Pasión de nuestro Señor, y unir mis sufrimientos y angustias por Su actual crucifixión en Su Iglesia, para la salvación de los pecadores."
Ave María Purísima.
Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa


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