jueves, 21 de enero de 2016


Bienaventurado el hombre que conoce su propia debilidad, pues este conocimiento se convierte para él en fundamento, raíz y principio de todo bien. Pues cuando un hombre ha aprendido [a conocer] y a sentir verdaderamente su propia debilidad, reafirma su alma contra el relajamiento que oscurece su conocimiento y aumenta su vigilancia. Pero nadie puede experimentar su propia debilidad, si no le ha sido dado, por poco que esto sea, sufrir algunas pruebas que afligen al cuerpo o al alma. Colocando entonces en frente su debilidad y la ayuda de Dios, conocerá inmediatamente la grandeza de esta. Cuando considere en efecto todos los esfuerzos que ha desplegado con la esperanza de devolver la confianza a su alma, estando vigilante, continente, protegiéndola y rodeándola de cuidados, sin alcanzarlo; o cuando él compruebe que su corazón teme y tiembla, privado de toda serenidad, debe entonces comprender que este temor que experimenta su corazón significa y revela que tiene absoluta necesidad de la ayuda de otro. Su corazón testimonia interiormente, por el temor que ha provocado en él el combate interior, mostrándole así que carece de algunas cosas. El hombre debe desde entonces reconocer que no puede establecerse [por él mismo] en una confiada seguridad. Está escrito que sólo el auxilio de Dios puede salvar (cf. Sal 59, 13; 107, 13, etc).
Cuando un hombre sabe que tiene necesidad del auxilio divino multiplica sus oraciones. Y mientras más ora, más su corazón se vuelve humilde. Pues no se puede orar y pedir sin hacerse humilde. “Un corazón triturado y humilde, Dios no lo desprecia” (Sal 50, 17). Mientras que el corazón no se haga humilde, le es imposible, en efecto, escapar de las distracciones. Pues es la humildad que reúne al corazón. Cuando el hombre se ha hecho humilde, inmediatamente la misericordia [de Dios] lo rodea y el corazón experimenta el auxilio divino. Descubre que sube en él una fuerza que le establece en la confianza. Cuando el hombre experimenta así el auxilio divino, cuando él experimenta que Él está presente para venir en su ayuda, su corazón inmediatamente se llena de confianza y comprende entonces que la oración es el refugio donde encuentra el auxilio, la fuente de salvación, el tesoro de la confianza, la puerta donde se protege de la tempestad, la luz de los que están en tinieblas, las fuerzas de los débiles, la protección en el momento de las pruebas, la ayuda más fuerte para la enfermedad, el escudo que salva en los combates, la flecha lanzada contra el enemigo. En una palabra, la oración es la puerta por la cual llegan a él todos estos bienes.
Él encuentra desde ahora sus delicias en una oración llena de fe. Su corazón está iluminado por la confianza. Está lejos de su ceguera de antes y de su oración [pronunciada] sólo con los labios. Desde el momento en que él ha comprendido todo esto, posee la oración en su alma como un tesoro. Y tan grande es su alegría que su oración se ha cambiado en grito de acción de gracias. Esto es lo que dijo quien dio una definición de cada aspecto de la vida espiritual: “la oración es una alegría que suscita la acción de gracias”. Aquí habla de la oración que se presupone ha recibido el conocimiento de Dios, es decir, que viene de Dios. El hombre reza desde ahora sin pena ni trabajo, como le sucedía antes de que él recibiera esta gracia, y en la alegría del corazón y en el asombro, sin cesar nace en él movimientos de acción de gracias, sin cesar él se postra silenciosamente. Tomado por el asombro y el estupor ante la experiencia de la gracia de Dios, él eleva súbitamente la voz, alabando y glorificando a Dios, hace subir la acción de gracias y deja hablar a su lengua en un extremo de asombro.
El que ha llegado a este estado, y no en su imaginación, y que ha observado todo esto en él mismo y a advertido los diversos aspectos gracias a su gran experiencia, conoce esto de lo que hablo y sabe que no hay nada contrario a la verdad. Que él cese desde ahora de pensar en cosas vanas y permanezca con Dios por una oración continua, lleno de temor y terror piense de lo que es estar privado de la abundancia de su auxilio.
Todos estos bienes vienen, para el hombre, del reconocimiento de su propia debilidad. En efecto, en su gran deseo de socorro divino, él se aproxima a Dios, perseverando en la oración. Y en la misma medida en que él se aproxima a Dios por su disposición interior, Dios se aproxima a él por sus dones, y él no rechaza su gracia, a causa de su gran humildad. Pues es como la viuda que no dejaba de perseguir al juez con sus gritos para que él le haga justicia contra su adversario (Lc 18,15). Dios, lleno de compasión, espera para otorgarle sus gracias, para que este retraso incite al hombre a aproximarse y a permanecer, oprimido por la necesidad, junto a Él que es la fuente de donde brota el auxilio. Dios otorga sin embargo ciertos pedidos, diría yo, sin los cuales el hombre no podría salvarse. Pero hay otros a los cuales Dios tarda en responder. En algunos casos, extingue y repele lejos de él los dardos inflamados del enemigo. En otros casos, permite que el hombre sea tentado, para que éste pruebe la necesidad de aproximarse a él, como he dicho, y para que la experiencia de las tentaciones lo instruya. Lo que dice la Escritura: “El Señor, en lugar de expulsar inmediatamente a esas naciones, las dejó en paz y no las entregó en manos de Josué. El Señor dejó que sobrevivieran algunas naciones, para poner a prueba por medio de ellas a Israel, a todos aquellos que no habían intervenido en la guerra de Canaán. Lo hizo solamente para enseñar a combatir a los que no lo habían hecho antes, a las nuevas generaciones de israelitas.” (Jueces 2, 23 ss).
Pues el justo que no tiene consciencia de su propia debilidad se mantiene sobre el filo de la espada y no está lejos de la caída ni del león feroz, es decir el demonio del orgullo. Quien no conoce su propia debilidad le falta en efecto humildad. Luego, a quien le falta humildad carece de perfección. Y a quien le falta perfección está siempre en el temor. Pues su ciudad no está fundada sobre columnas de hierro ni sobre bases de bronce, es decir sobre las de la humildad. Nadie puede adquirir humildad de otra manera que empleando los medios que le son apropiados, los cuales nos procuran un corazón quebrado y que aniquila los pensamientos de presunción. A menudo, en efecto, el enemigo encuentra en nosotros puntos débiles que le permiten desviarnos del camino. Sin la humildad, es imposible al hombre conducir a la perfección su trabajo [espiritual]. El sello del Espíritu no puede ser colocado sobre su carta de liberación, sobre todo mientras él permanezca esclavo y que, en su trabajo, no supere el temor. Pues como nadie realiza bien su trabajo sin humildad, luego nadie puede ser educado de otra manera más que por las pruebas y sin esta educación no se pude adquirir la humildad.
Es por esto que el Señor otorga a los santos los medios para adquirir la humildad, teniendo un corazón quebrado y una oración ardiente, para que los que le aman puedan aproximarse a él por esta humildad. A menudo les asusta por las pasiones naturales, por las caídas provocadas por los pensamientos vergonzosos y sucios; a menudo también por las ofensas, las injurias y los golpes infligidos por los hombres; a veces por las enfermedades y las indisposiciones del cuerpo; a veces también por la pobreza y la falta de lo necesario; a veces finalmente, por los tormentos de un temor excesivo, por el abandono, por la guerra abierta producida por el diablo, que les inspira terror; a veces también por medio de otras cosas temibles. Todo esto llega para que los hombres tengan los medios para volverse humildes, y para que no se ablanden en la negligencia. Puede tratarse tanto de cosas de las cuales el luchador tenga que sufrir en el presente o del temor a las cosas futuras. De todas maneras, las pruebas son necesarias y útiles para los hombres.
San Isaac el Sirio
Discours ascétiques selon la versión grecque.



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