miércoles, 21 de octubre de 2015

¡Cómo iba a dejar de amarte!



No quería más que su infinita gracia para hacerlo. Al paso iría recogiendo todos esos pequeñitos tesoros que van apareciendo en mi jardín para entregárselos. ¡Qué horrible hubiera sido no haberle podido dar  nada! Deseaba recibirle en mi pequeña casa toda limpia y desempolvada; retirando y desechando lo inútil e innecesario. Que fuese un lugar diferente y radiante. Quería desligarme de todas las cosas terrenas, cosa bastante difícil para una pobre soñadora de deseos todos mundanos. Lo más insignificante puede ser especial para mí. Oh Dios mío, cómo podría depositarte mi casa, mi jardín para hacerlo firme como una roca y que no pudiera hundirse en el fango y en la miseria.
Todo fue serenidad, sosiego, silencio y dulzura cuando lo recibí; nada entorpecía esos deliciosos minutos. Cuando se obedece, todo llega y deleita como el mejor manjar.




+Capuchino de Silos


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