lunes, 28 de septiembre de 2015

No hay vuelta atrás



El tiempo pasaba volando y se hacía muy corta, cortísima, mi oración ante el Señor. Pensaba en mi misma, en mis sufrimientos; y mi Señor se encontraba allí, sólo, muy sólo, esperando mis rezos, mi acción de gracia, mi ruego de perdón por esa falta de humildad y tanto egoísmo. Nada de lo que tenía que haber sido le estaba llegando.
Breves fueron los minutos siguientes para pedirle piedad y querer sufrir por todos sus dolores y no por los míos, por tanto olvido incluyendo el propio. ¿Qué representaba yo sino mi propio egoísmo? ¡Ay, Dios mío!
En lugar de preocuparme por mis sufrimientos, me hubiese querido preocupar en amarlo, en serle fiel con mis propias miserias y sufrimientos y ponerlos todos a los pies de su bendita cruz.
“Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, sucediera lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare...” Esas palabras de la santa más grande que eran las de Teresa de Jesús llenaban mi alma.
Ese amor debía renovarlo cada día para crecer y crecer hasta convertirlo en un ardor que hiciera temblar todo mi ser para cambiar mi vida sin buscar nada más que la vida eterna.



+Capuchino de Silos


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