viernes, 18 de septiembre de 2015

La importancia de un solo pecado





 "No, hermanos míos, no debéis pensar que domináis a la misericordia divina, simplemente porque la falta que ahora cometéis parece pequeña. El último pecado no es siempre el pecado mayor. Además, no podéis calcular cuál va a ser vuestro último pecado en base al número de los que han tenido lugar antes: ni siquiera aunque pudierais contarlos, pues el número varía según la persona. Esta es otra grave consideración. Podéis haber cometido uno o dos pecados, y descubrir que estáis perdidos irremisiblemente, mientras que otros que han faltado más veces no lo están. La causa solo es conocida por Dios, que muestra misericordia y concede su gracia a todos, y que muestra mayor misericordia y concede más gracia a un hombre que a otro. 
El Señor da a todos gracia suficiente para su salvación; a todos concede más de lo que tienen derecho a esperar, pero concede a algunos más que a otros. Nos dice El mismo que si los habitantes de Tiro y Sidón hubieran visto los prodigios realizados en Corozaín, habrían hecho penitencia. Es decir, habría algo que podía haberlos convertido, y no se les concedió. Hasta que no consideremos esto, no podremos alcanzar una idea correcta del pecado en sí mismo, y de nuestro destino si vivimos en él. Así como Dios establece para cada hombre la medida de su estatura, las características de su mente, y el número de sus días, que no son iguales para todos, dispone también que un hijo de Adán viva un día y que otro cumpla ochenta años; que un hombre llegue a su pecado numero ochenta y que otro cometa solamente el primero. No sabemos por qué ocurre así, pero es similar a lo que se verifica en asuntos humanos sin provocar sorpresa alguna.
A veces entre dos condenados por la justicia, uno logra el perdón y el otro es entregado al cumplimiento de la pena; y esto se hace donde nada invita a elegir entre la culpabilidad de uno o de otro, y las razones que determinan la diferencia de trato son puramente accidentales y externas a los dos individuos. Del mismo modo oímos a veces como se diezman prisioneros, es decir, cómo se procede a ejecutar uno de cada diez, y se deja el resto. Así sucede, salvadas las distancias, con los juicios de Dios, aunque no podemos averiguar sus razones. El Señor no está obligado a librar a ningún pecador. Podría sentenciar a todos.
Lo indico solamente para mostrar cómo nuestros criterios de justicia aquí abajo no eliminan diferencias con el tratamiento dispensado a unos hombres o a otros. El creador concede tiempo a un hombre para que se convierta, y se lleva a otro mediante una muerte repentina. Permite que uno muera en los últimos sacramentos, mientras que otro muere sin un sacerdote que reciba su imperfecta contrición y lo absuelva. Uno muere perdonado y el otro tal vez no. Nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá en su propio caso. Nadie puede prometerse tiempo seguro para el arrepentimiento, o que, si dispone de tiempo, se verá movido sobrenaturalmente a Dios, o que tendrá un sacerdote que le absuelva.
¿Quiénes somos para que Dios aguarde por más tiempo nuestro arrepentimiento, cuando no esperó a juzgar a quienes pecaron menos que nosotros?"


+John Henry Newman.



'