sábado, 14 de marzo de 2015

Hace unos años



Fue una tarde de hace ya unos años, y por estas fechas, cuando mi amiga María accedió a venir con nosotros a Misa, no sin antes refunfuñar de tantas cosas que ella veía y sobre todo refunfuñando de los curas a los que iba poniendo, literalmente, verde. Que si uno iba vestido de pantalón vaquero; que si otro decía la Misa con botines de deporte en un santiamén mirando a los fieles; que si otro no prestaba atención al importantísimo acto que tenía entre sus manos; que a ninguno le importaba lo más mínimo que se recibiera al Señor de pie, en la mano y sin confesar. “Todo ha cambiado”, me decía; “a los curas les da lo mismo una cosa o la contraria”. Comentaba otras muchas cosas que no voy a reproducir aquí y llena de dolor. “Que la Iglesia ya no era la misma que conoció y que parecía que hasta el evangelio lo habían querido cambiar”.

Seguimos hablando del nuestro colegio y de las preciosas experiencias que habíamos vivido juntas. Todo el camino hasta la iglesia fue un auténtico desahogo. Yo la escuchaba con la máxima atención e interiormente le daba la razón sin querérsela dar. Creo que la ocasión lo merecía. Habían venido a casa como tantas veces, y les invitamos a que nos acompañaran a Misa. Tenía un pálpito en el corazón que me decía que la cosa marcharía. Y así fue.

¡Qué bonita alma tan desperdiciada era aquella de mi querida amiga! ¡Qué lástima que se alejara del Señor, de la Niña María, de la Iglesia...! Recuerdo en el colegio cómo se distinguía por su piedad y su mucho amor. Pero...aquella llamita preciosa que lloraba delante del Santísimo Sacramento cuando se arrodillaba, se fue apagando poco a poco hasta que terminó por morir.  Aquellas y tantas otras cosas, me decía sin parar de llorar camino de la iglesia, fueron las que me llevaron a este maldito estado. Nuestros maridos detrás ignoraban la escena que se estaba produciendo.

Lo cierto y verdad  era, que habíamos llegado a la iglesia. Se arrodilló y, como entonces, sus lágrimas fueron cayendo. Me apretó el brazo en señal de gratitud. Yo, también me emocioné y rezamos las dos en compañía del Nuestro Señor. Le pedí que la Santa Misa le calara hasta las entrañas.

Y... ¡Cómo le caló! ¡Vaya que sí le caló!

A los pocos días, recuerdo que era el aniversario del Papa Benedicto, recibí por la mañana un correo de ella que decía así: 

"Querida Capuchino: Gracias a ti he podido conocer al sacerdote que me ha llevado hasta el Señor después de haber estado separada de Él por motivos de snobismo que no vienen al caso. Un día, hablando, como tantas veces lo hemos hecho, me aconsejaste que asistiera contigo a la Misa que daba en tu Parroquia el padre José Antonio. A regañadientes, te acompañé juntamente con mi marido, y por un orgullo estúpido, no os comenté a la salida, que la Misa que aquél sacerdote había celebrado, había sido una Misa muy especial. Que había sido una Misa que había calado en lo más profundo de mi alma. Durante la celebración, se me saltaron las lágrimas varias veces al darme cuenta que ese sacerdote debía querer inmensamente al Señor cuando articula cada palabra con un amor infinito hacia Él. Se apreciaba que lo adoraba, que estaba muy cerca de Él. Empecé a ir cada domingo a partir de aquel día. Todas las Misas eran diferentes, únicas y maravillosas. Cada Misa ofrecida en ese altar, por el padre José Antonio, me transportaban al mismo cielo y fui acercándome cada vez más al Señor.
Una tarde, estando sola en casa, decidí acercarme a la Iglesia. Asistí a una Misa que ya no era dominical. Se celebraba en el Sagrario. Éramos muy poquitos. Todo era silencio y recogimiento absoluto. La Misa me pareció muchísimo más bella. En ella pude encontrar al Señor por primera vez y lloré de alegría. Tuve sentimientos nunca sentidos.
Desde ese día asisto a diario a la Santa Misa. No he faltado un día. En la Santa Misa de hoy le he prometido al Señor no abandonarle nunca más.
Me he enamorado de Nuestro Señor, gracias al padre José Antonio.
Muchas gracias, a ti, mi querida amiga por llevarme aquel día a Misa".

Hoy, después de algunos años y recordando estas fechas tan especiales..., desde este rincón perdido del mundo, personalmente les doy las gracias a Dios, a San José y a ese buen sacerdote José Antonio en nombre de ella.  

María, mi íntima amiga del alma María, no lo puede hacer. Recemos por ella que está atravesando una “mala racha”
+Capuchino de Silos

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