martes, 20 de mayo de 2014

Carta de santa Gema Galgani.


Padre mío: no puede imaginarse la de veces es que en estos días habré tomado la pluma en la mano para escribirle. Me parece que son muchas las cosas que tengo que decirle, pero siento tal repugnancia en decirlas, que no se lo puede figurar. Y hace más de diez días, padre mío, que he recibido que Jesús el mandato de decirle estas cosas que quiero decirle, pero que ni aún a Jesús obedezco.
Antes de todo he pedido a las muchas almas buenas que rezasen a Jesús, para que Jesús antes que nada me diese fuerzas para escribir cosas que tanta repugnancia me causan; luego, que preparase el corazón de mi padre (si es verdaderamente Jesús) para que esté dispuesto a contentar al Corazón Sacratísimo de mi Jesús, y a darle la satisfacción que este Corazón tanto demanda; además... oh, padre, padre, ahora mismo es tal mi repugnancia, que me parece imposible seguir adelante. Acabo de estar con monseñor, que me ha dado permiso para escribirle con toda libertad…
No sé por dónde empezar pero Jesús me ayudará. Hace varios días que después de la Sagrada Comunión Se deja sentir de tal manera que apenas puedo resistirlo, y me siento morir; me habla de ciertas cosas, que ha sido necesario toda la buena voluntad de Jesús para hacérmelas entender. Hará unos diez días que, apenas recibido, me hizo esta pregunta: "Dime, hija, ¿me amas mucho?"... ¿Y que responder a esto, padre mío?... El corazón respondió con sus palpitaciones. "Y si me amas -añadió-, ¿harás cuanto Yo quiero?”... También a esto el corazón respondió, manifestando el deseo que tenía. “Es un negocio importante, hija mía: tienes que comunicar cosas grandes a tu director”… A lo que, padre mío, respondí con estas palabras: “¡Oh, Jesús! –le dije- por caridad: no mandéis que vaya a monseñor; ya sabéis bien, ¡oh, buen Jesús! que éste no hace caso de las cosas de mi fantasía”. Y Jesús entonces: “No, no; quiero que te dirijas a tu padre (su director espiritual el P. Germán). Espero que él ha de dar a mi Corazón la satisfacción que deseo”.
Y me parece que siguió diciendo: “Hija mía –exclamó suspirando- ¡cuánta ingratitud y malicia hay en el mundo! Los pecadores siguen viviendo en la pertinaz obstinación de sus pecados. Mi Padre no les puede tolerar por más tiempo. Las almas viles y flacas no se hacen ninguna violencia para vencer la carne. Las almas afligidas se amedrentan y desesperan. Las almas fervorosas poco a poco van cayendo en la tibieza. Los ministros de mi santuario…” Al decir estas palabras Jesús se paró, y luego prosiguió: “A ellos a quienes he confiado la continuación de la obra de la Redención…” Jesús se volvió a callar de nuevo… “A esos tampoco mi Padre puede tolerarlos ya. Yo les doy continuamente luz y fuerza, pero ellos… Ellos, a quienes yo he tratado siempre con particular predilección; ellos, a los que siempre he mirado como a la pupila de mis ojos”… Jesús se volvió a callar y suspiró. “Constantemente, sólo recibo de las criaturas ingratitud y malos tratos; la indiferencia va cada día en aumento, nadie se arrepiente. Y Yo, en cambio, desde el cielo, no hago sino dispensar gracias y favores a todas las criaturas; luz y vida a la Iglesia; virtud y poder a quien la dirige; sabiduría a los encargados de ilustrar a las almas envueltas en tinieblas; constancia y fortaleza a las que deben seguirme; gracias de todas clases a cuantos justos y aún pecadores yacen escondidos en sus antos tenebrosos; hasta allá dentro hago yo llegarles mi Luz, allí les enternezco y hago lo posible para convertirles… Más ellos… ¿Cuál es el fruto de mis afanes? ¿Qué correspondencia hallo en las criaturas por mí tan amadas? Al ver lo que veo, me siento traspar de nuevo el corazón”… ¡Oh Jesús! Pero vayamos adelante, padre mío… “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”…
Jesús habría continuado, pero yo me vi obligada a exclamar: “Jesús, Jesús, yo no puedo más!... ¡Si pudiese!...”
Jesús estaba conmovido; se paró un poco, y luego prosiguió dulcemente: “Hija, tengo necesidad de almas que Me consuelen, cuando son tantas las que Me disgustan. Tengo necesidad de víctimas, pero víctimas de verdad. Para calmar la ira divina y justa de mi Padre celestial, necesito almas que con sus padecimientos, tribulaciones y asperezas, satisfagan por los pecadores y los ingratos. ¡Oh, si pudiera hacer comprender a todos cuan irritado está mi divino Padre contra el mundo!... Nada hay capaz de contenerlo. Esta preparando un castigo terrible para todo el género humano. ¡Cuántas veces he tratado de calmarlo! La vista de mi cruz y mis padecimientos no son ya bastante a contenerlo. Muchas veces Le he calmado presentándole un grupo de almas escogidas, de víctimas heróicas. Sus penitencias, sus asperezas y sus actos heróicos Le han aplacado. También ahora para aplacarlo Le he presentado alguna de estas almas, pero Él me dice: “ No, no puedo más.” Y es que estas almas, hija mía, no pueden bastar para tanto. Son pocas.”
Se me ocurrió entonces preguntarle: “¿Y cuales son esas almas?” A lo que Jesús: “Las hijas de mi Pasión.” Quedé asombrada, porque yo pensaba si serían las sepultadas vivas, por ser las más escondidas. Jesús continuó. “Si supieras, hija mía, cuántas veces he visto calmarse a mi Padre, presentándole estas almas!.. pero ahora son muy pocas, no son suficientes.”
Yo callaba: “Hija mía –me dijo- escribe inmediatamente a tu padre y dile que vaya a Roma, que exponga este deseo mío al Santo Padre, que le diga que un gran castigo amenaza al mundo, y que necesito víctimas. Mi padre celestial está sobremanera indignado. Yo os aseguro que si dan a mi corazón la satisfacción de hacer aquí en Lucas una nueva fundación de religiosas Pasionistas, aumentando así el número de estas almas, las presentaré a mi Padre, y Él se aplacará. Dile que éstas son mis palabras, y que será el último aviso que Yo le doy, habiendo manifestado sobradamente mi voluntad. Di a tu padre que me de esta satisfacción.”


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