miércoles, 30 de abril de 2014

Evitar las dicusiones interiores



"Observa, un solo día, el curso de tus pensamientos. Su sorprendente frecuencia y la viveza de tus discusiones interiores con interlocutores imaginarios, te sorprenderán.

Y esto será sólo si lo referimos en relación para con las personas que te rodean. ¿Cuál es su fuente habitual?
Nuestros disgustos acerca de personas que no nos quieren, que no nos estiman, que no nos comprenden; son severos, injustos o muy estrictos respecto de nosotros, o de otros que llamamos: “oprimidos”. Disgustos con nuestros hermanos “incomprensivos”, obstinados, desenvueltos, enredosos o insultantes...
Se erige un tribunal en nuestro espíritu, donde somos procurador, presidente, juez y jurado; raramente abogado, si no es para nuestra propia causa. Se exponen los agravios; se sopesan las razones; se pleitea; uno se justifica; pero se condena al ausente. Quizás se elaboran planes de revancha o tretas vengativas. Tiempos y fuerzas perdidas para quien todo es nada, fuera del amor de Dios. En el fondo, sobresaltos del amor propio, juicios prematuros y temerarios, agitación pasional que se paga con la pérdida de la paz interior, una disminución de la estima de nuestros hermanos, una consolidación lamentable de la estima que tenemos de nosotros mismos. Grave error; perjuicio cierto.
Tratándote mal, en realidad nadie te perjudica, créelo. Es amargo, sin duda.
Ama ser desconocido y menospreciado. Tú eres Cristo bajo el ultraje y la irrisión.
Acepta con un alma dulce y silenciosa, todo mal tratamiento que recibas. El hombre no es más que un instrumento; es la mano amante y fuerte de Dios la que lo guía y, la que por ella, busca quebrar tu soberbia; doblar tu espinazo. Abstente de dialogar en tu interior, ni siquiera un segundo, con propósito deliberado, sobre los que te hacen algún mal. Nada útil sale de ese pretorio clandestino.
En el de Jerusalén Jesús callaba. Cuando se levante la tempestad de tu
indignación, repite con apacible dulzura: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Abísmate en el amor, la gloria, el gozo de las divinas Personas; niégate toda mirada sobre ti mismo. Nada turba la radiante e impasible felicidad de la Stmª. Trinidad. La opinión de los hombres no tiene valor ni interés: tú eres, únicamente, lo que ante Dios eres. ¿No es una alegría indecible el que Él sea el único en juzgar lo más hermoso y puro de ti mismo?
¡Oh hermano, si pudieras comprender y gustar la dulzura de ser conocido sólo de Dios! Sé dichoso al irradiar a Cristo, pero no te turbes lo más mínimo porque esa irradiación sea aún demasiado discreta. ¿No estás suficientemente cansado de conversar con los hombres, que aún los evocas en tu espíritu para contarles tus razones?
¡Sólo con Dios solo! Él lo sabe todo. Él lo puede todo. Él te ama. Si supieses lo bueno que es tener la cabeza vacía de toda criatura para no admitir más que la imagen de Jesús-Cristo y de María, los reflejos creados más puros del Invisible. Habla con ellos: eso se hace sin ruido de palabras. Las palabras sirven de poco: ve, mira, contempla. ¿Los miembros no son el honor de la cabeza? No apartes los ojos del divino Rostro del Cuerpo Místico. Es tu papel contemplativo.
Nuestras discusiones interiores no son, frecuentemente, más que la consecuencia de los altercados del día. Créeme: no discutas jamás con nadie; no sirve para nada.
Cada uno está seguro de llevar la razón y busca menos ser aclarado en sus dudas que vencer en una disputa de palabras. Se retiran disgustados, atrincherados en sus posiciones, y la disputa continúa por dentro. Se acabó el silencio y la paz.
Si no lo tienes que hacer por tu cargo, no intentes convencer. Pero si quieres permanecer tranquilo, pasa la página apenas se inicie la controversia. Acepta ser derribado al primer golpe y ruega dulcemente a Dios que haga triunfar su verdad en ti mismo y en los otros; y, a otra cosa: tu alma no es un fórum, sino un santuario. Se trata para ti, no de tener razón, sino de embalsamar a tu alrededor con el perfume de tu amor. La verdad de tu vida testificará la de tu doctrina. Mira a Jesús en su proceso: “callaba” (Mt 26 63), aceptando las injurias; ahora Él es Luz para todo hombre que viene a este mundo.
 (Cf. Jn 1, 9 )"

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