lunes, 30 de diciembre de 2013

En la octava de Navidad

Visiones del Nacimiento de Jesús

He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no era ya visible. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.
Vi a nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla.
La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho.
Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.
Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra.
Se acercó, postergándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.
María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi al, María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"
He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía.
Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.
José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada.
+Ana Catalina Emmerick
'

jueves, 26 de diciembre de 2013

En plena Navidad





Hace unos días leía ésta historia que me pareció bonita para dejarla escrita.
Un anciano llama a su hijo en Nueva York y le dice: " Odio arruinar estos días festivos, pero tengo que decirte que tu madre y yo nos vamos a divorciar. ¡45 a...años de matrimonio... y tanta miseria ya es suficiente!” 
"Papá, ¿qué estás diciendo? " grita el hijo. 
"No podemos seguir juntos, la convivencia se ha vuelto insoportable ", explicó el viejo padre. "Estamos hartos el uno del otro" 
"¿Por qué papá?, !si estaban de maravilla la última vez que fui a visitarlos!" 
!Hijo, ya estoy harto de hablar de esto y es caro hacerlo por teléfono!, por favor avísale a tu hermana que está en Hong Kong"
Frenético, el hijo llama a su hermana, y ésta al enterarse explota en el teléfono. "Como diablos se están divorciando, " grita ella: "Yo me encargo de esto". 
Ella llama a su anciano padre de inmediato, y le grita: "No se divorcien aún. No hagan una sola cosa hasta que yo llegue. Voy a llamar a mi hermano de vuelta y los dos estaremos allí mañana. Hasta entonces, no hagan nada, ¿me oyes? "  -gritó mientras colgaba el teléfono. 
El anciano cuelga el teléfono y se dirige a su esposa. "Lo logramos, nuestros hijos estarán aquí en Navidad y se pagarán ellos el pasaje. Te amo."

+Anónima


'

lunes, 23 de diciembre de 2013

A vosotros





Alejandro De Fez.
Gosspi. 
MariCarmen. 
Pepe Lasala. 
Marian. 
María Nancy.
Eligelavida.
Magda .
Nip. 
Alma. 
Rosario. 
José Ramón.




'

jueves, 19 de diciembre de 2013

"El Belén que puso Dios"



"Al principio quiso Dios poner un belén, y creó el universo para adornar la cuna. Primero inventó el tiempo, y lo dividió en meses, en semanas, en días. Los días estaban formados por millones de años, que son como instantes para Dios.
Y empezó su trabajo.
Hizo el cielo, y lo llenó de estrellas y de pájaros.
Hizo la luz, y luego el sol (así lo cuenta la Biblia, aunque parezca raro), y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús; no fuesen a equivocarse los ángeles de la Nochebuena.
Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de águilas y de nieve.
Hizo mares y océanos de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.
Después llamó a la más pequeña de todas las estrellas (apenas tenía 6 millones de hipergigavatios), y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara sobre las playas de Arabia a la vista de los Magos de Oriente.
Todo esto no fue muy difícil para Yahvé. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado, y alfombró de musgo las orillas de los ríos. También hizo crecer los árboles, que, al desperezarse, agitaron el aire y formaron la brisa y los vendavales. Ahora dicen que es el viento quien mueve los árboles y no al revés, pero esto habría que demostrarlo.
Del viento nacieron las dunas y la música primera del campo.
Luego Dios hizo una pausa, y pensó dónde poner su belén. Y decidió que en Belén. Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavanderas, los pastores... Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos... Cientos de vidas para crear cada vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura exacta del belén de Dios.
Pensó en su Madre: toda la eternidad soñó con Ella. Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que había de brotar a su tiempo.
Igual que un artista que persiguiera tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios. Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre. Hasta que un día nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, su obra maestra. Y la colocó en el belén junto a la cuna, con Jesús, que, por ser sólo de María, era su vivo retrato.
Y vio Dios todo lo que había hecho. Y era muy bueno; más aún, estupendo. Y tanto le gustó que decidió transmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia, y a todos los corazones que tuvieran sitio para un belén. Así inventó la Navidad.
La Navidad no es un aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es sólo un sentimiento. Es el día en que Dios pone un belén en cada alma. A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón limpio; que nos lavemos las orejas para oír el villancico de los ángeles en la Nochebuena; que nos quitemos la roña acumulada, acudiendo al estupendo detergente de la Penitencia; que abramos las ventanas y miremos al Cielo por si pasaran de nuevo los Magos; que son verdad, que existen, y vienen siguiendo la estrella de entonces, camino del mismo portal.
Aunque tal vez veamos sólo a un matrimonio joven de inmigrantes que acaban de llegar a la ciudad. No traen el borrico, porque la especie está en peligro de extinción, sino una moto desvencijada que sabe Dios cómo sigue funcionando todavía. No encontrarán sitio en los hoteles, y ella deberá dar a luz en el Metro. Difícil lo tendrá la estrella para entrar allí abajo y situarse en el andén sin permiso de la policía municipal.
Si pasan por tu puerta, no les digas que tienes la casa llena de huéspedes. Ellos se conforman con el establo de tu corazón. Ábreselo de par en par, y, como es Navidad, disponte a jugar a muñecos con María. Déjame que te acompañe: te prestaré el corcho de las montañas, mi castillo de Herodes, un borrico con la oreja rota, la plata para el río y un racimo de ángeles, que nos enseñarán canciones de cuna para el Niño del pesebre"
+E. Monasterio


'


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Del pesebre a la cruz




“ Cristo no recorrió un camino de glorias y grandezas, de disfrutes y riquezas; por el contrario, el camino del pesebre a la cruz fue de pobreza, trabajo, sacrificio y donación. En el pesebre tuvo menos de lo indispensable, también en la cruz, sólo un paño para cubrir su desnudez y la Madre, siempre la Madre a su lado hasta el final. En el pesebre hubo soledad, llanto y frío, igual en la cruz como resultado de su entrega total. En el pesebre aparentemente faltaba todo, lo mismo que en la cruz cuando sintió el abandono del Padre, pero en realidad nada hacía falta, porque del pesebre a la cruz hubo AMOR y el AMOR ES TODO. No queramos recorrer otro camino, vayamos con Cristo del pesebre a la cruz, con sacrificio y amor”


+P. José Vicente



miércoles, 11 de diciembre de 2013

De nuevo, San José.



Paseaba con mi marido, mientras por aquella rendija del alma, entretenida y divertida, miraba al cielo viendo cómo se movían las nubes de un lado a otro. Parecían velos de tules blancos que fueran a vestir las novias envolviéndose con ellos en un auténtico desfile de moda; y es que el entretenimiento y la diversión son como preparar una buena comida; una virtud, que para otros, puede que sea un defecto,  por aquello de mantenerse en la línea en un maldito régimen que se hace eterno.

Y así soñando con volar hacia aquellos vaporosos tules, fuimos haciendo camino sin apresurarnos; a paso medio y en silencio, sin prestar atención a nada más que a la danza que se producía en el cielo.

No puedo ser feliz todo el día, pensé, y cerré los ojos para abrir los del alma por un momento, y...fui mucho más feliz.

Fue entonces, al mirar hacia abajo, cuando mi vista se detuvo ante una mota muy, muy  pequeñita que resplandecía, ¿dorada?, sí, dorada. Brillaba entre el polvo del asfalto. Me agaché y vi que era una diminuta medallita planísima del tamaño de un hueso de aceituna. Parecía que fuese S. José con el Niño. No se apreciaban  los rasgos de ninguno de los dos, sí, su silueta pero estaba sucísima y había sido pisada por un montón de personas que no habían reparado nunca en ella. Me fijé bien y era S. José sin lugar a duda.

Una vez más ahí estaba él custodiándome y yo con Ellos dos, ¡ah! y mi marido.


+Capuchino de Silos


'

domingo, 8 de diciembre de 2013

Inmaculada mía


 
Llevada por ti, hacia ti me veo,
y atrapo sin dejar escapar un hilo
de tu luminoso rastro entre las nubes,
para llevarte donde guardarte,
al canto de tus coros, en tu dulce y santa cercanía.


+Capuchino de Silos