miércoles, 11 de diciembre de 2013

De nuevo, San José.



Paseaba con mi marido, mientras por aquella rendija del alma, entretenida y divertida, miraba al cielo viendo cómo se movían las nubes de un lado a otro. Parecían velos de tules blancos que fueran a vestir las novias envolviéndose con ellos en un auténtico desfile de moda; y es que el entretenimiento y la diversión son como preparar una buena comida; una virtud, que para otros, puede que sea un defecto,  por aquello de mantenerse en la línea en un maldito régimen que se hace eterno.

Y así soñando con volar hacia aquellos vaporosos tules, fuimos haciendo camino sin apresurarnos; a paso medio y en silencio, sin prestar atención a nada más que a la danza que se producía en el cielo.

No puedo ser feliz todo el día, pensé, y cerré los ojos para abrir los del alma por un momento, y...fui mucho más feliz.

Fue entonces, al mirar hacia abajo, cuando mi vista se detuvo ante una mota muy, muy  pequeñita que resplandecía, ¿dorada?, sí, dorada. Brillaba entre el polvo del asfalto. Me agaché y vi que era una diminuta medallita planísima del tamaño de un hueso de aceituna. Parecía que fuese S. José con el Niño. No se apreciaban  los rasgos de ninguno de los dos, sí, su silueta pero estaba sucísima y había sido pisada por un montón de personas que no habían reparado nunca en ella. Me fijé bien y era S. José sin lugar a duda.

Una vez más ahí estaba él custodiándome y yo con Ellos dos, ¡ah! y mi marido.


+Capuchino de Silos


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