lunes, 28 de octubre de 2013

¿Por qué... ¡Dios mío! por qué?


Parecía que se había ido la lluvia y el sol era poco amable, pero a pesar de todo decidí  dar un largo paseo por el parque, cerca del río; mi río, mi precioso río. El único navegable, pensé. Atrás quedaba aquella mi calle de tantos años, el colegio y las praderas rodeadas de jóvenes jacarandas a punto de dar flores. Algunas, tímidamente, sobresalían con su color lila.

Al llegar al parque escuché algunos gemidos.

¡Pobre!, me dije.

Allí, en el único banco que yo veía, gemía calladamente una mujer. Sus lágrimas caían como gotas de lluvia sobre su cara.

Me senté con mucho cuidado a su lado y le ofrecí las fresas que, momentos antes, había comprado en el super, pero no quiso aceptar ninguna.

-Si no te importa, le dije, me iré cuando te encuentres mejor. Asintió con la cabeza apretando mi mano en actitud de gratitud sin dejar de llorar.

Esperé verle más calmada.

-¿Puedo ayudarte en algo? Negó con la cabeza.

-Después de mucho meditar - me dijo-  he llegado a la conclusión que no se puede ser medianamente buena. No se puede ser agradecida, ni caritativa, ni sensible, ni delicada. Hoy día, nada de eso se lleva y si lo haces, te lo malinterpretan; ¿Por qué... ¡Dios mío! por qué?

Esperé un poco y le dije:

-No hagas caso a nadie. Sigue siendo como eres; siempre, donde el corazón te lleve. Tira las piedras que te han hecho daño al río. No son necesarias, sólo pesan en el alma y el alma debe estar ligera como una pluma.

+Capuchino de Silos

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