miércoles, 19 de junio de 2013

¡No te alejes de Dios!


Para todos aquellos que durante la vida tuvieron el corazón alejado de Dios, la muerte es horrible.
¡Horrible para los que se dedicaron a deleitar sus sentidos!
Nunca jamás podrán los ojos volverse a cosas bellas, o a objetos lascivos; se verán envueltos en una niebla flotante, augurio de las tinieblas eternas.
La garganta experimentará náuseas y abrasada por la fiebre no sentirá la frescura del agua que bebe.
Los pies rígidos no podrán encaminarse a las reuniones mundanas, a las diversiones y bailes; y las manos no podrán ya tocar cosa alguna.
¿Conservará entonces la belleza del cuerpo?
¡Horrible para los que sólo cultivaron amistades mundanas!
Los amigos que te indujeron al mal, que te apartaron de los Sacramentos, no te podrán ayudar lo más mínimo en aquel trance. Te hallarás solo, enteramente solo: sin hijos, sin mujer, sin parientes, abandonado delante de Dios.
¡Horrible para los que confiaron en las riquezas!
Cuanto ganaste y acumulaste con tu trabajo; cuanto conservaste con zozobra, lo perderás con gran desesperación de tu alma.
¿Qué te aprovechará entonces haber trabajado los domingos, haber defraudado al prójimo y dejado incumplidas tus promesas? Todo lo perderás.
¡Horrible para los que desperdiciaron el tiempo!
El que lo perdió durante la vida, es difícil que lo halle a la hora de la muerte. No consentirá el demonio que se le escape una presa a la que tuvo amarrada durante la vida. El alma, espantada ante el misterioso porvenir, temblará desesperada, y sus labios no podrán articular una plegaria, y el corazón sobresaltado no podrá realizar un acto de contrición.
Todo dependerá de la vida que llevemos...

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