miércoles, 5 de junio de 2013

La Oración



“Aquel que no ora no puede esperar recibir del Señor directivas, cambios, renovaciones, gracias, salvación. Quien no ora está librado a su propia voluntad, a los inconexos movimientos espontáneos de su espíritu, a las caprichosas inclinaciones de su corazón, como quien expresamente rechazara la intervención de Cristo o sustrajera su alma de la incumbencia de Dios… No hace falta que el necio diga para sí “no hay Dios”: alcanza con que lo diga con elocuencia su no-plegaria.
Por la ORACIÓN no es que atraigamos a Cristo desde los Cielos: lo descubrimos en el fondo de nosotros mismos. A causa de su Amor desmesurado, de su misericordia extrema  y de la irrevocable ofrenda hecha de Sí mismo por mi salvación, ha querido habitar, por el bautismo, en las profundidades de nuestro hombre nuevo. Es en la ORACIÓN que lo encontramos, muy de pie, a la puerta de nuestro corazón, golpeando suave pero ininterrumpidamente, hasta que nos dignemos abrirle (Ap. 3,20). Cuando, por la plegaria, tímidamente le abrimos, Él irrumpe, avanza resuelto, habita por completo nuestra vida y de inmediato nos libera del lóbrego mundo de tinieblas y realiza nuestra resurrección”.  

+P. Matta:


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