sábado, 26 de enero de 2013

Flores blancas...

 

La foto la he encontrado en internet y me he enamorado de ella nada más verla. Mientras la miro le he puesto música, una música romántica como su compositor. Escucho los Impromptus de Schubert, porque a una cosa tan bella hay que ponerle música bella como es la música de Schubert. La música me hace viajar a mundos recónditos y la envuelvo con bellos paisajes.

Me pregunto cómo una planta tan femenina y delicada ha podido florecer con tanta energía en un ambiente tan gélido y con tanta nieve que casi la cubre por entero. Sus flores son tan blancas como la nevada que viste bajo sus pies; son casi capullitos que miran hacia abajo con la misma humildad que las violetas de Santa Ángela que nacen a raíz del suelo. Sus hojas, al contrario, remontan erguidas, fuertes y firmes de donde reciben del cielo todo mimo y cuidado y sus tallos y hojas crecen y crecen sin parar aunque estén atrapadas por la helada.

Me pregunto, si la luna, posiblemente, las esté iluminando y protegiendo, por eso, quizás, sus flores estén semicerradas y la noche las esté cubriendo con sus estrellas gesticulando entre sí para custodiarlas, mientras el campo, con los brillos de la nieve, se agarra a las piedras añorando ese fuego que las abrigue. El duro invierno ya llegó con su rigor quedando muy lejos aquel otoño con sus teñidas hojas azules.

+Capuchino de Silos