sábado, 3 de noviembre de 2012

...un Monasterio de puertas entornadas

 

“Ni es una plaza pública, un areópago de intemperie —como están llamados tantos en la Iglesia a hacer las veces de proclamantes del tejado— ni es la clausurada cripta, el huerto concluso donde guardar mi secreto para mí —imprescindible también en el Cuerpo—.

Puertas entornadas alude a un modo de preservar un clima, un ritmo de vida profundamente nazareno y contemplativo... pero abierto a que el sediento de Dios pueda asomarse, pasar, y ligar un vaso de agua. Eso sí: nada de botellita envasada; la invitación justamente es a pasar, inclinarse sobre el Surgente, y con ambas manos en cuenco llevarse a la boca un poco del Agua viva, de esa que mana y corre, inatrapable.

Puertas entornadas dice: “no rompo el secreto: lo comparto”. Parto mi secreto sin disminución alguna: quedando todo entero en cada parte, como se canta de la Eucaristía.
Lo entornado es un silente ademán invitatorio a dejar el desguarnecido afuera y acceder al cálido e íntimo adentro, que es “lo secreto” como ámbito de Dios, donde el Padre ve.
Si el monje abre el portón del todo: el Misterio se le pulveriza entre los dedos y la fuente se seca. Si el monje del Cristo Orante lo cierre del todo, un lacerante “estuve sediento y no me diste de beber” atormentará sus oídos... y el surgente, de manar aguas dulces y salutíferas, se tornará amargo y salitroso; y brotará hasta anegar el yermo y ahogarlo en su encierro” 



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